Al margen del resultado en el plebiscito, a las Farc hay que seguirlas tratando como una banda de terroristas.

Hace un par de días, la Casa de Nariño emitió la orden prohibiéndole a todos los miembros de la Fuerza Pública que les digan terroristas a los miembros de las Farc. El Ejecutivo se había demorado en hacerlo.

Poco a poco y con cierto éxito, Santos se ha dedicado a limpiar el pasado criminal de las Farc, manipulando la historia y minimizando las barbáricas acciones criminales que ha cometido esa estructura mafiosa cuyos principales cabecillas no son más que unos vulgares extraditables con cuentas pendientes con la justicia de los Estados Unidos.

Hace 10 años, en Colombia existía un consenso sobre la naturaleza criminal y el rechazo social respecto de esa banda que tenía verdaderos campos de concentración atestados militares, policías y civiles secuestrados, amarrados de pies y manos, encadenados por el cuello y tirados a la intemperie como si fueran trastos en desuso.

Santos, valiéndose de los medios de comunicación que tuvo a su alcance, ha manipulado a la sociedad colombiana mostrando a las Farc como un grupo político y no como una banda de narcotraficantes dedicada al terrorismo en nombre de Marx. ¿O alguien puede creer que la bomba de El Nogal fue una manifestación política? ¿Acaso lo fue el secuestro en pleno vuelo del avión de Aires a comienzos de 2002? ¿Es un acto de rebelión la masacre de civiles que estaban refugiándose en la iglesia de Bojayá o la violación sistemática de niñas reclutadas forzosamente? ¿Alguien encuentra una diferencia entre Timochenko y el sanguinario líder de Boko Haram?

Santos entiende a la política como una emulación en la que hay vencedores y vencidos. En 2014, él venció y se ha dedicado a lo suyo, a imponer con sus mayorías la agenda que, para usar sus palabras, le ha “dado la gana”, aplastando a la oposición.

Por eso, nos tiene a un paso de convertir a las Farc en un partido político cuyos integrantes serán beneficiarios de una amplia amnistía y unos castigos menores para los perpetradores de los peores crímenes contra la humanidad.

Los soldados y policías, que deben observar respeto y disciplina republicana, tendrán que aceptar la orden de Santos y en adelante referirse a los cabecillas de las Farc llamándolos “señores” y “doctores”. Pero la semántica juega un papel muy importante en la reivindicación histórica. Al margen de lo que suceda con el plebiscito el próximo 2 de octubre, quienes estén en desacuerdo con que las Farc se conviertan en una colectividad democrática sin que medie castigo alguno, deben considerar seriamente continuar llamándolos como lo que son: una caterva de terroristas de la peor laya.

El castigo social es la alternativa que nos queda a quienes nos asqueamos con la impunidad que se les va a conceder a esos bandidos que tanto dolor le han causado a nuestro país. Podrán estar aposentados en sus curules en el Congreso, pero eso no es óbice para que tengamos de presente que por sus cabezas pesan millonarias recompensas ofrecidas por el gobierno de los Estados Unidos que los busca por los delitos de narcotráfico, secuestro y homicidio de ciudadanos norteamericanos.

El presidente no demorará en decir que Timochenko es su nuevo mejor amigo. Nosotros nos encargaremos de recordar por siempre y para siempre que el más salvaje de los enemigos que ha tenido el pueblo colombiano es, precisamente, el cabecilla máximo de la organización terrorista Farc.

@ernestoyamhure