A los 92 años, falleció el dirigente conservador Enrique Gómez Hurtado, un campeón de la democracia colombiana y uno de los grandes exponentes del ideario conservador en las últimas décadas. 

Como si fuera un presagio del destino, en un día como hoy, pero en 1965, murió su padre, el señor expresidente de la República, doctor Laureano Gómez Castro. 

Llegó al Senado en 1991, luego de que se suscribiera la nueva constitución, y desde el primer momento en el Congreso, se consolidó como el faro moral de la República.

Denunció los actos ilícitos de uno de los senadores más corruptos de nuestra historia, el nariñense Samuel Alberto Escrucería Manzi, un ladrón profesional que terminó perdiendo su curul, como consecuencia de los señalamientos y revelaciones del doctor Gómez Hurtado.

Enrique era un hombre con carácter. Siempre estuvo en la comisión segunda, encargada de la seguridad nacional y las relaciones internacionales. Entendía, como pocos, los problemas de Colombia y siempre, absolutamente siempre, hizo propuestas inteligentes, sensatas y aplicables. 

El 2 de noviembre de 1995, un grupo de sicarios del narcotráfico, haciéndole un mandado al gobierno de Ernesto Samper, acabó con la vida de su hermano, el dirigente Álvaro Gómez Hurtado. El más vil de los magnicidios que se haya cometido en los tiempos recientes de Colombia.

Como es natural, el liberalismo -que ha monopolizado a la justicia del país-, se encargó de enredar la investigación. Han pasado 24 años y los responsables del crimen, continúan impunes. 

Una de las últimas empresas emprendidas por Enrique Gómez fue, precisamente, la de aclarar el asesinato de su hermano mayor. No desfalleció. No se amilanó con las amenazas en su contra y en contra de sus hijos. Para la historia quedará ese estupendo libro –¿Por qué lo mataron?-, que contiene todas las pistas de la acción demencial, a todas luces ordenada desde el alto gobierno de la época, en cabeza del narcopresidente Ernesto Samper Pizano-.

Enrique Gómez Hurtado no fue uno más en la historia de Colombia. Él, el último gran conservador de nuestro país, marcó con letras diamantinas el libro de la historia nacional. 

Su legado quedará para siempre. Quienes tuvieron el privilegio de conocerlo, de aprender de él, de acompañarlo en la brega política, podrán repetir henchidos de orgullo, que tuvieron como jefe y mentor político a un colombiano estupendo, culto, pulcro y, sobre todo, muy coherente.   

Dios reciba en Su gloria al alma del doctor Enrique Gómez Hurtado. Su ausencia será notoria, pues en Colombia hay muy pocas personas decentes, y cuando una de ellas culmina su paso por la Tierra, el vacío es insoportable.

A su esposa, doña María Ángela Martínez de Gómez y sus hijos María Ángela, Enrique, Miguel y Rafael -este último columnista de LOS IRREVERENTES– un saludo de condolencia, acompañándolos en este duro momento. Les queda la satisfacción de haber tenido como esposo y padre, a un hombre colosal.

@IrreverentesCol

Publicado: julio 13 de 2019