Define la RAE “encarnizar” como: “mostrarse cruel y despiadado con alguien, especialmente al cebarse en la crítica o en la recriminación”. Cuando ocurre en la medicina, yo prefiero llamarlo “obstinación” en la insistencia de seguir tratamientos que no impactan sobre la calidad de vida del ser humano que tratamos. Creo que el término médico adecuado es “distanasia”, que significa tomar acciones fútiles ante un paciente sin futuro. El “remedio es peor que la enfermedad”, reza el sonajero popular.

Quizás la razón principal para que ello ocurra, es que nos enfocamos más en las enfermedades que en la persona. No aceptamos el fracaso terapéutico ni las contingencias del acto médico. En ocasiones, la debilidad del pronóstico, la edad, la responsabilidad y hasta el temor a una demanda se convierten en motores de la obstinación terapéutica. Porque las demandas llegan cuando no se actúa; nunca cuando se practican medidas exageradas. “Haga hasta lo imposible”, le dicen los familiares al médico ante un evento súbito y catastrófico. 

El documento de voluntad anticipada firmado por el paciente estando en sus cinco sentidos, es el instrumento de apoyo para que la calidad médica y el comportamiento ético no violenten sus derechos. Tan importante es este documento, que, si el enfermo llega inconsciente, el grupo médico está en la obligación de respetar su voluntad plasmada en él.

En mi ejercicio he conocido pares que “juegan a ser Dios”, y esa soberbia lastima al enfermo como persona. No se asimila la línea divisoria entre lo que es paciente terminal (expectativa de vida menor de seis meses) y paciente crítico (inestable que requiere soporte vital o al que se le ha agudizado una enfermedad oncológica susceptible de controlar con una buena calidad de vida). Otras motivaciones se caen de su propio peso, y desgastar a una familia negociando ilusión merece la mayor recriminación ética.

Esta experiencia de práctica no se enseña en las aulas, pero el currículo debería señalar a sus estudiantes la importancia de este tipo de determinaciones, y la necesidad de acudir sin reserva alguna a consulta para decisiones colegiadas.

Es posible comparar a este tipo de encarnizamiento con el hostigamiento escolar que sufren a diario los niños en forma de agresiones físicas, verbales y psicológicas, intencionadas y repetidas de un victimario y su grupo. Es el maltrato sistemático y el juego de poder, donde la balanza golpea siempre a la víctima.

Las repercusiones emocionales son de largo alcance: depresión y tristeza, miedo del entorno, pérdida de la autoestima y aislamiento. La víctima no encuentra dónde refugiarse y la virtualidad derriba las paredes del encerramiento. Los casos de suicidio para evadir al agresor se convierten así en la máxima irresponsabilidad social.

Y qué decir del acoso judicial enfocado en réditos políticos, esos transitorios dividendos obtenidos a expensas de la estructura psíquica del ciudadano que se juzga. Se comportan los tribunales y los jueces bajo el encarnizamiento definido así: “cebar a los perros con la caza para que se hagan fieros”. Instrucción virtual, “dummy” o imagen deformada de la víctima y condicionamiento para culpabilidad anticipada hacen parte de los entrenamientos, de forma tal que las sentencias se hagan indiscutibles. De la majestad a la montería revanchista.

Diptongo: una palabra para definir al presidente Uribe: longanimidad.

@Rembertoburgose

Publicado: noviembre 26 de 2021