No es necesario un crecimiento económico por encima del 4.0%, tampoco es importante la inversión porque privatiza las empresas del Estado, no es interesante mantener un sistema empresarial articulado, bien organizado y con capacidad para generar empleos de calidad, esto sería explotar la mano de obra.

No existen las propuestas económicas que dinamicen el desarrollo del país, ya que, crecer no importa, finalmente todas las economías crecen según su criterio. Tampoco existen las fórmulas sobre política monetaria, fiscal y comercial, son demasiado cargadas de imperialismo (como dirían), el banco central más bien debería dedicarse a imprimir dinero para financiar los gastos del Estado.

En un país como el que quiere la oposición, la crítica anti sistema es la filosofía diaria del descontento social que en coro predican los agitadores en cada esquina. Por lo tanto, nada es suficiente para promover políticas públicas que fortalezcan el bienestar social. No hay un consenso en macroeconomía que prevea los cambios mundiales para hacer ajustes a la dinámica del consumo, a las fuerzas de oferta y demanda, a la expansión del producto, a la recuperación de la frontera de posibilidades de producción, tan siquiera, al riesgo de los ciclos económicos que pueden afectar el país.

En un país como el que quiere la oposición, las marcas son importantes, consumir es lo ideal, mantener privilegios es fundamental, la comodidad es una prioridad y los bienes públicos se convierten en la forma de acaparar intereses sociales. En este tipo de país, las instituciones deben decidir entre ser justas y severas con cualquier forma de control para luego ser criticadas y debilitadas o deben responder en silencio a los actos de corrupción, decisiones privilegiadas y altos costos de operación.

En un país como el que quiere la oposición, no existen agendas, dicen concertar todo, ese todo del que nadie escucha una coordinación efectiva sobre los cambios de la política pública, dicen promulgar las libertades, esas libertades donde el odio es la razón de la existencia y la fuerza de la lucha social, dicen ser coherentes, la misma coherencia que prevalece cuando la misma oposición impone trabajas a delitos como el abuso sexual de menores. Dicen hacer leyes, cuando en el Congreso, las iniciativas de desarrollo son criticadas y mal interpretadas.

En un país como el que quiere la oposición, la utopía misma de su expresión, implica la revolución personal que, con arengas, monopoliza el sentir nacional. La coyuntura explota entre la precarización de las condiciones de bienestar y la importancia de las instituciones deja de ser una preocupación. En un país de este tipo no hay soluciones, no hay concertaciones, no hay acuerdos, no hay entendimientos. Hay voluntades particulares.

En un país como el que quiere la oposición, las fuerzas de destrucción institucional son mayores a las de concertación y coordinación, la fuerza pública es el enemigo del pueblo, los bienes públicos son destruidos, la función Estatal es mermada, el clientelismo absurdo de la voluntad particular es usado como fuerza popular.

Si así es el país que quiere la oposición se están equivocando, no pueden ser los garantistas del caos público, no deben ser los destructores de democracias sanas. En su lugar, mantener el orden, la estabilidad institucional, el equilibrio económico, la concertación empresarial y los efectos positivos de la política pública para la superación de barreras para el desarrollo económico no son propuestas de la oposición, no existen en el papel, no son sino un simple esbozo de la autocrítica infundada caracterizada por antagonismos como el paquetazo, el cacerolazo, el inconformismo puro sobre lo que no se quiere porque no se conoce.

Prevalecerá el orden institucional y las garantías democráticas en nuestro país ya que un país como el que quiere la oposición es la utopía radical de lo que no puede ser porque no hay elementos racionales que revistan su discurso populista de la desigualdad sin solución.

@CIROARAMIREZ

Publicado: noviembre 28 de 2019