El padre del liberalismo-conservadurismo británico, de mediados del siglo XX, Edmund Burke lo dijo: “Para que triunfe el mal, solo es necesario que los buenos no hagan nada”. En Venezuela hay hombres y mujeres valerosos y valientes, venezolanos que el miércoles pasado marcharon y que el viernes, día en que se pública está columna, lo harán de nuevo. Su valentía conmueve y representa la esperanza de un futuro mejor para ese país, aunque ese panorama se ve aún distante. Es por eso que mi invitación hoy es a que no los dejemos solos.

La última vez que los venezolanos marcharon hacia Miraflores, 19 personas perdieron la vida. Esta vez la marcha no pretende derrocar directamente al dictador, como sucedió en 2002. En efecto, la marcha exige un referéndum revocatorio y busca que se le devuelva la soberanía al pueblo.

En Venezuela no hay democracia hace muchos años.  A lo mejor era necesario que la Asamblea, el equivalente venezolano de nuestro congreso, contara con una mayoría opositora para que se hiciera evidente el drama incuestionable de quienes han tenido que salir del país vecino, exiliados y perseguidos, por el régimen chavista.

Repito: ¡No hay democracia en el país vecino! No hay democracia porque no se respetan las opiniones de las minorías, ni se respeta la voluntad de las mayorías. No hay democracia porque no hay un respeto por derechos fundamentales como la libertad de expresión. No hay democracia porque la única libertad que existe y que no encuentra límites es la del dictador.

El gobierno de Santos se ha ufanado de haber recuperado las relaciones diplomáticas con Venezuela. Pero, ¿es justificable reclamar este hecho como un logro? Nuestra frontera duró un año entera cerrada por decisión de la dictadura vecina; nuestros nacionales fueron desplazados y expulsado masivamente; y ante esto nuestro gobierno calló. Lo irónico es que con nuestras relaciones diplomáticas intactas, nuestra frontera sufre como nunca en la historia reciente.

Lo peor es que el gobierno venezolano sirve de acompañante en nuestras negociaciones de paz. Y es justo aquí donde me pregunto: ¿vale la pena esa complacencia con la dictadura venezolana, a cambio de nuestro proceso de paz? Esta, indudablemente, es una posición cobarde debe cambiar.

El Papa Francisco llamó a diálogos el pasado lunes, pero la oposición respondió que no hay diálogo posible con el gobierno. Y esto no es falso: ¿qué diálogo democrático es posible con una dictadura? Leopoldo López, uno de los dos líderes más importantes de la oposición, es prisionero político desde febrero de 2014. Su esposa, a quien quiero manifestar mi absoluta admiración, es hoy la personificación viva de la resistencia civil, del coraje dentro de la democracia.

Sin embargo, cuando se acepta la imposibilidad del dialogo, una pregunta surge inevitablemente: ¿qué camino queda? La polarización en nuestro país hermano es tan real, que amenaza el comienzo de una verdadera violencia.

Como representante de los valores democráticos de la ciudadanía en la Cámara de Representantes, encuentro conflictivo que nuestro proceso de paz con las Farc cuente con la participación del gobierno venezolano que, con premura, calla la divergencia e irrespeta la legitimidad de las instituciones. Yo hago un llamado a la cordura a todos los parlamentarios para que no aceptemos, por ningún motivo, que las renegociaciones que puedan derivar de las reuniones en La Habana, se vean opacadas por nuestra permisividad y legitimación hacía enemigos de la democracia. Dios no permita que la situación de nuestro país hermano llegue a tanto, pero nuestra paz no debe comenzar a la sombra y en complicidad con el comienzo de la violencia venezolana.

@Tatacabello