A lo largo de los últimos años, se ha visto un patrón de comportamiento similar de victimización  en el candidato chavista Gustavo Petro. Coherentemente con su talante totalitarista, Petro, como Stalin, Mao, el norcoreano Kim o el propio Hugo Chávez, ve conspiraciones y complots en su contra por todos los frentes.

Las teorías conspirativas son el combustible que alienta a los discursos extremistas como el de Gustavo Petro. Gracias a teorías y conspiraciones imaginarias, sus seguidores se convencen de que el “enemigo externo” los acecha para impedir su ascenso o su permanencia en el poder.

En consecuencia, Petro habilidosamente se ha encargado de construir la percepción en sus seguidores de que todo aquel que no se sume a su campaña es un “mafioso” o “paramilitar”.

Lo ocurrido la semana pasada en la ciudad de Cúcuta es el reflejo perfecto del proceder manipulador y engañoso de Petro y sus más obsecuentes segundones. No es admisible, desde ningún punto de vista, que un candidato a la presidencia sea recibido a pedradas. Pero es aún menos admisible que quien las recibe sea tan irresponsable de aseverar –en vivo y en directo- que las piedras son balas, como en efecto hizo el libretista y promotor de la pornomiseria criolla, el hoy candidato al senado Gustavo Bolívar, quien acompañaba a Petro en esa gira proselitista.

La fiscalía ha dicho que investigará las agresiones de que fueron objeto las campañas de Petro y del presidente Uribe quien fue atacado en la ciudad de Popayán. Ya que la fiscalía va a tomar cartas en este asunto, bien podría investigar el pánico y la consecuente incitación a las vías de hecho promovidas por el señor Bolívar, quien desde su transmisión a través de las redes sociales aseveró sin prueba alguna que hubo, en palabras suyas “un atentado a bala”.

¿Qué pretenden las turbas petrochavistas al convertir una pedrea en una balacera? Es evidente que su objetivo es el de incitar a sus seguidores, no propiamente para que se queden en sus casas cruzados de brazos, sino para que pasen a la acción.

Gustavo Bolívar, así mismo, llegó al extremo inaceptable de ofender a toda la sociedad cucuteña al calificar a esa ciudad como la “capital del paramilitarismo”.

Petro, que se ha dedicado a sembrar vientos, ahora cosecha las tempestades. Su discurso de odio, que motiva la lucha de clases, que incita a que unos actúen contra otros, es gasolina pura en medio de una conflagración. Él y su gente son unos perfectos irresponsables que se están encargando de manipular a personas sin mayor capacidad de discernimiento, incitándolos a emprender un peligroso camino cuyos efectos pueden ser nefandos.

Petro, forjado en las filas del terrorismo y la ilegalidad no ha aprendido que la vida en democracia obliga a que sus líderes promuevan la calma y el sosiego. Él, desde los cargos que le ha otorgado generosamente la democracia, se ha encargado de hacer todo lo contrario. Y ahora, como candidato con alguna opción de victoria, ha exacerbado ese discurso en el que se destila odio y rencor a granel.

Lo de Cúcuta no fue una balacera. Aquella sentencia era tan ridícula que el propio Petro, experto en asuntos bélicos, tuvo que reconocerlo a través de su cuenta de Twitter, mientras que sus obsecuentes seguidores seguían insistiendo en confundir a la opinión pública haciéndole creer que un pedazo de ladrillo era en realidad una bala.

El daño que el petrochavismo le está ocasionando a nuestra sociedad es gravísimo. Así no se debe hacer política. Así no se puede conseguir votos. Promoviendo el odio, la censura, inventando atentados y recreando conspiraciones donde no existen, Gustavo Petro le hace un muy flaco servicio a la democracia que no hace muchos años resolvió perdonarle todos los crímenes que cometió en su condición de miembro de la banda terrorista M-19.

@IrreverentesCol

Publicado: marzo 5 de 2018