El presidente Santos pretende limpiar la destruida imagen de su gobierno valiéndose de la visita a Colombia del Papa Francisco.

Aunque en el papel, Colombia es un Estado laico, la realidad es que el nuestro es un país firmemente creyente. La Iglesia ha jugado un rolde primera línea a lo largo de nuestra historia republicana y, hoy por hoy, es una entidad a la que se recurre, sobre todo, en los momentos de dificultad.

Gracias a la Iglesia, se han tendido puentes hacia la pacificación. Valga recordar que gracias al clero, en el gobierno del presidente Uribe se pudo avanzar exitosamente hacia la desmovilización de la totalidad de las estructuras armadas ilegales que integraban a las denominadas autodefensas unidas de Colombia, AUC.

En efecto, los primeros acercamientos con ese grupo se dieron cuando finalizaba el gobierno de Andrés Pastrana, a través de algunos jerarcas del episcopado colombiano, particularmente monseñor Germán García –Q.E.P.D-, quien se desempeñaba como obispo de Apartadó, Antioquia y de monseñor Julio César Vidal, quien en aquella época estaba a la cabeza de la diócesis de Montería.

Uribe asumió la presidencia de la República y encontró que el proceso tendiente a la desmovilización de las AUC, estaba bastante avanzado, razón por la que decidió avanzar sobre el camino que la Iglesia Católica había construido, fijando unas condiciones adicionales que se constituyeron en inamovibles, como era el cese de hostilidades unilateral decretado por las autodefensas, como requisito sine qua non para continuar en la negociación.

Si hoy Colombia no padece el flagelo armado de las AUC, es gracias al papel decidido, leal y discreto que la Iglesia jugó en dicho proceso.

El comisionado de paz de la época, Luis Carlos Restrepo, contó con el apoyo de la Iglesia, sobre todo en los momentos de mayor dificultad durante las difíciles jornadas de negociación. No era una tarea fácil convencer a los jefes de las AUC para que acogieran las exigencias del gobierno. Los comandantes de aquellas estructuras se sentían victoriosos. Al comienzo, no estaban dispuestos a ir a la cárcel, ni a reparar a sus víctimas. Mucho menos querían entregar sus bienes ni reconocer en los estrados judiciales su responsabilidad.

Mucho le debe Colombia a la Iglesia. Además de su admirable labor pastoral, haciendo presencia en los rincones más olvidados de la geografía nacional, ésta ha sido una leal y prudente aliada de los intereses de la sociedad, al margen de las coyunturas políticas.

Por eso, molesta que el gobierno de Santos, tremendamente impopular, imbuido en uno de los más estruendosos escándalos de corrupción de que haya memoria, politice la visita de Su Santidad, el Papa Francisco a nuestro país.

La estadía del hombre más importante de la Iglesia en Colombia, debe ser asumida como bálsamo para el alma de los creyentes y de los no creyentes que expresan respeto por lo que él representa. Pero Santos, equivocadamente, ha querido convertir el viaje papal en un elemento para lustrar su mancillado gobierno. El Papa Francisco no viene a salvar al desprestigiado gobierno, sino a traer un mensaje puramente espiritual, a ratificar la validez del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo, plasmado en los Santos Evangelios.

Bueno sería que el gobierno le diera un manejo a la visita del Papa, similar al que en su momento le dio el presidente Uribe a la Iglesia, cuando ésta jugó un papel clave para alcanzar la reconciliación entre los colombianos. Un manejo respetuoso, pero sobre todo discreto.

Al fin y al cabo, lo que se requería era eficacia y no protagonismo, como ahora está haciendo el oportunista gobierno de Juan Manuel Santos.

@IrreverentesCol

Publicado: septiembre 6 de 2017