Desde hace más de 6 meses el doctor Óscar Iván Zuluaga viene diciendo que ha renunciado a la dirección del Centro Democrático, pero sigue aferrado al cargo, haciéndole un daño tremendo a la colectividad fundada por el expresidente Uribe.

Por regla general, en los partidos políticos de las democracias desarrolladas, cuando un candidato es derrotado la misma maquinaria partidista se encarga de obligarlo a dar un paso al costado para efectos de abrirle espacio a nuevos liderazgos que tengan capacidad de llevar a la colectividad hacia la victoria en las siguientes elecciones.

Por ejemplo, en los Estados Unidos rara vez un candidato derrotado en las presidenciales repite en las siguientes. El caso más claro es el de Al Gore quien enfrentó a George Bush obteniendo más votos populares que él (cerca de 600 mil), pero obtuvo 5 votos del colegio electoral menos que su rival y eso le costó la victoria.

No obstante el capital político de Gore quien literalmente perdió ganando, él en las elecciones de 2004 dio un paso al costado y no presentó su nombre como candidato del partido Demócrata.

El caso de Óscar Iván rompe todos los moldes. Perdió las elecciones de 2014. Mientras Uribe aseguraba que hubo fraude, él se apresuró a reconocer la victoria de Santos en “franca lid”, en clara desautorización y contradicción con el jefe natural y real del Centro Democrático.

A pesar de la derrota, en vez de haber dado un paso al costado pues su nombre genera rechazo en un sector significativo del uribismo, se mantuvo al acecho esperando que le dieran algún “premio” de consolación. Y lo logró. Hizo que lo nombraran director del partido.

Desde allí, se tomó el presupuesto de la colectividad para nombrar en los cargos directivos a fichas políticas suyas con el objeto de convertir al Centro Democrático en un directorio del zuluaguismo, en detrimento de los intereses generales del partido.

Así llegó a las elecciones regionales de 2015 cuyo resultado es deprimente. El uribismo sufrió una derrota inmarcesible. La mayoría de los candidatos a los cargos más importantes fueron impuestos por Zuluaga y su entorno y el resultado salta a la vista: ni una sola alcaldía o gobernación importante fue para el Centro Democrático.

Y frente a esa derrota, cuando el decoro y el honor obligaban a que Zuluaga diera un paso al costado, la reacción fue la de atornillarse aún más al cargo. Sus defensores dicen que lo hace por amor al partido y a la patria. Sus detractores, en cambio, aseguran que se mantiene allí por temor a que una vez por fuera del Centro Democrático tenga que ponerle la cara a la justicia para responder por el bochornoso caso del hacker Sepúlveda quien se ha confirmado realizó interceptaciones ilegales contra algunos miembros destacados de la campaña de Francisco Santos, cuando éste era rival de Zuluaga en 2014.

Un importante dirigente del uribismo le comentó a LOS IRREVERENTES que “Zuluaga debe irse. El común denominador de él es la derrota. Él no puede arrastrar con el partido y echar por la borda este esfuerzo colectivo que hemos hecho para consolidarnos como una opción política para Colombia”.

Lo cierto es que se ha demostrado que los candidatos perdedores fraccionan y lesionan a los partidos. Horacio Serpa condujo al liberalismo a 3 derrotas consecutivas y el daño que se le hizo a aquella colectividad es tal vez irreparable.

Zuluaga, como cualquier otro uribista, tiene todo el derecho a aspirar a ser presidente de Colombia. Nadie puede impedirle que someta su nombre a la consideración de sus copartidarios, pero lo que sí está claro es que él tuvo su oportunidad y no la supo aprovechar. Ese es el triste destino que la vida le depara a quienes pierden en la política.

@IrreverentesCol