3 certámenes electorales que tuvieron lugar entre junio y noviembre de este año pusieron de manifiesto una realidad que se ha intentado ocultar de todas las formas posibles: el declive de los medios de comunicación tradicionales y el empoderamiento de los medios digitales alternativos que sustentan su existencia en una estrecha relación con sus lectores y seguidores.

Hasta hace no mucho tiempo, cuando se hablaba de medios de comunicación de forma inmediata se hacía una correlación con poderosos grupos económicos. Los grandes periódicos y cadenas de radio y televisión son, en efecto, de sólidos conglomerados empresariales. Ejemplo de ello es el New York Times,  diario de mayor importancia a nivel mundial cuya mayoría accionaria le pertenece al magnate mexicano Carlos Slim.

Por no ir muy lejos, en Colombia Caracol televisión y El Espectador son de propiedad de la familia Santodomingo, RCN de los Ardila y el El Tiempo de Luis Carlos Sarmiento. El músculo económico y la capacidad de influencia de los dueños de esos medios hacía que éstos tuvieran influencia infinita en la sociedad.

Un editorial de El Tiempo, un artículo de tal o cual columnista o una denuncia de determinada “unidad investigativa” otrora eran suficientes para inclinar de manera irreversible la balanza de la opinión pública.

Las emisoras ponían y quitaban candidatos presidenciales. Inflaban y marchitaban líderes. Basta con recordar los casos del general Harold Bedoya y el exfiscal Alfonso Valdivieso quienes en el proceso 8000 fueron convertidos por los medios en una suerte de “héroes nacionales”. Cuando salieron de sus respectivos cargos, convencidos de su “trascendencia” cometieron el error de presentarse como candidatos presidenciales. Esos mismos medios que los habían inflado se encargaron de eclipsarlos y hasta ridiculizarlos, tal y como sucedió con el general Bedoya.

La era digital acabó con el monopolio de la información. A través de redes sociales, opiniones, mensajes, conceptos y análisis circulan de manera expedita por todos los rincones del planeta.

La difusión, que antes era de propiedad exclusiva de las grandes empresas informativas ahora le pertenece a cualquier persona que tenga acceso a una red de internet y a un computador o unteléfono inteligente.

Como cualquier otro imperio de la historia de la humanidad, los medios de comunicación convencionales tuvieron su auge y ahora están experimentando una acelerada caída. Los ciudadanos son cada vez más escépticos y difíciles de convencer. A mayor flujo de información, menor es la capacidad de manipulación. Antes, la voz cantante la tenían los editoriales de los periódicos de circulación nacional. Ahora, frente a las coyunturas son muchas más las voces y las opiniones que se ponen a disposición de la ciudadanía y aquello, por supuesto, ha hecho que se le pierda esa suerte de respeto reverencial que antes se le tenía a las grandes casas editoriales.

Los medios tradicionales ya no interpretan el sentir de la gente y aquello se puso de manifiesto en la Gran Bretaña en junio de este año con ocasión de la votación del referéndum en el que se le preguntó a la ciudadanía si el Reino Unido debía permanecer en la Unión Europea. Los grandes periódicos y principales cadenas de radio y televisión se la jugaron a fondo por la opción de que el “imperio donde nunca se oculta el sol” permaneciera en UE. Publicaron encuestas en las que daban por seguro la victoria del sector que encabezaba el entonces Primer Ministro David Cameron y que propendía por la permanencia.

Durante la campaña se consolidó una fuerte masa crítica cuya opinión no era tenida en cuenta por los grandes medios de comunicación. A través de portales de contenido político ese sector de la ciudadanía difundió silenciosa pero eficazmente su mensaje. A falta de rotativas y emisoras, las redes sociales se convirtieron en sus voceadores y parlantes. Cadenas de posts, foros de discusión, columnas y análisis, 17.4 millones de ciudadanos británicos se impusieron. Derrotaron a la clase política que apoyada en los grandes medios hizo campaña por la permanencia en la Unión Europea.

En el plebiscito colombiano sucedió algo muy parecido. Todos los medios convencionales, televisados, radiales y escritos se rindieron a los pies del gobierno. La cosa llegó al extremo que muchos de ellos “decoraron” sus imágenes institucionales con mensajes alusivos a la paz. Unos de forma directa y otros con alguna sutileza se dieron a la tarea de crear la sensación de que aquellos que estaban con el NO eran enemigos de la paz.

Decenas de miles de millones de pesos del erario fueron destinados a la pauta del SÍ. Aquel fue un aliciente para que los medios convencionales radicalizaran su militancia a favor de la refrendación de los acuerdos entre Santos y las Farc.

Mientras las grandes cadenas y los poderosos periódicos hicieron campaña desmedida a favor del SÍ, los opositores encontraron en las redes sociales y en los medios alternativos una herramienta de gran utilidad para hacer su campaña.

El caso de LOS IRREVERENTES es muy diciente. Este medio empezó a funcionar en mayo. Desde entonces y hasta el mes de agosto su número de visitas mensuales oscilaba entre los 500 y los 600 mil visitantes al mes. A partir de septiembre, cuando empezó en forma la campaña plebiscitaria en la que este portal recogió de manera permanente las voces que propugnaban por el NO el número de visitantes se duplicó llegando en septiembre a un millón y en octubre a un millón cien mil personas que a través de los distintos canales digitales de difusión de nuestros artículos, investigaciones, columnas y entrevistas pudieron conocer el contenido de LOS IRREVERENTES.

Confirmada la inesperada victoria del candidato republicano Donald Trump en las pasadas elecciones del 8 de noviembre, se ha dicho que además de Hillary Clinton, los grandes medios de los Estados Unidos también fueron derrotados. De acuerdo con un estudio adelantado por la universidad George Washington, 657 medios de comunicación convencionales respaldaron a la candidata demócrata, mientras que solamente 13 apoyaron a Trump.

A lo largo de la campaña presidencial, los medios se dedicaron a hacer lo que comúnmente se conoce como una campaña negra contra Trump. El objetivo era el de eclipsarlo y mostrarlo como un aspirante inviable y el resultado fue contrario al esperado. Trump se creció de tal manera que en las primarias republicanas dejó tendidos sobre la arena a competidores con demasiado peso específico como el exgobernador de la Florida Jeb Bush o al gobernador de Ohio John Kasich.

Sus partidarios hicieron uso de las redes sociales. Mientras un post cualquiera de Hillary Clinton en Facebook tenía mil likes, uno de Trump fácilmente podía llegar al millón.

Su cuenta de Twitter, en la que tiene 14.5 millones de seguidores se convirtió en su “periódico” o su “emisora”.

Portales de ideología de derecha como Breitbart News se ganaron un espacio destacado en la campaña por su sintonía ideológica con millones de norteamericanos que no tenían conexión con las publicaciones hechas por los forjadores de opinión tradicionales. De hecho, Trump nombró como estratega de la Casa Blanca al editor de Breitbart, Steve Bannon, hecho hace creer que el nuevo presidente de los Estados Unidos se va a enfocar en fortalecer su diálogo con la ciudadanía a través de medios alternativos.

De nada sirvieron las amenazas de artistas que aseguraban que un triunfo de Trump los obligaría a irse de los Estados Unidos. Al fin y al cabo a nadie le importa dónde quiera vivir tal o cual actriz de Hollywood, ni los anuncios apocalípticos de aquellos que decían que el triunfo del magnate republicano significaría el colapso de la gran nación americana.

Univisión, la principal cadena de noticias de habla hispana en los Estados Unidos se convirtió, sin rubor alguno, en militante activo de la causa demócrata. El principal presentador de esa cadena Jorge Ramos puso a su hija a trabajar con Hillary Clinton y él, por su lado, se quitó el micrófono de periodista para ponerse el de agitador de masas.

Con total soberbia aseguraban que la votación hispana se volcaría íntegramente hacia la aspiración de la exsecretaria de Estado, confundiendo a los electores con borregos sin criterio ni ideas propias. Las cosas no resultaron como pronosticaron en los cuarteles generales de Univisión: el día de las elecciones el 29% de los latinos votaron por Trump.

El denominado cuarto poder, el de los medios, sigue existiendo. Pero el control del mismo ya no está en las pocas manos de antes. Ahora ese poder le pertenece a muchos, se ha democratizado, no es excluyente. Todos pueden participar en el mismo. Aquello de que un editorial de El Tiempo puede tumbar a un ministro es cosa del pasado. Ahora lo hacen los portales definidos ideológicamente y los ciudadanos a través de las redes sociales.

@IrreverentesCol