No es un fenómeno exclusivamente colombiano. De hecho, en nuestro país apenas empiezan a registrarse los primeros síntomas de un problema que ha tenido gravísimas consecuencias en otras naciones, como los Estados Unidos, España y el Reino Unido.

Se trata de los indignaditos como acertadamente los ha definido el líder del partido político español VOX, don Santiago Abascal.

Se trata de una generación de personas insatisfechas que han visto en la corriente de la ‘corrección política’ una bella oportunidad para, con el argumento de hacer valer sus ideas, perseguir, maltratar, agobiar y -en no pocas oportunidades- agredir físicamente a quienes no comparten sus ideas.

Esos, los indignaditos se presentan así mismos como demócratas puros pero aquel que se salga del código de comportamiento ‘progresista’ será sometido al peor de los escarnios. El problema ha sido objeto de estudio de prominentes académicos, como los profesores Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, quienes recientemente publicaron el libro ‘The coddling of the american mind’, en el que se refieren detalladamente a la catástrofe social que está generándose en los Estados Unidos por cuenta de esa hipersensibilidad frente a lo que no esté radicalmente inscrito en el ‘reglamento’ progre.

En la edad media se impuso la quema de libros y personas. En los tiempos que corren, si bien es cierto que los escritos y las gentes no son enviadas a la hoguera, no menos lo es que, a través de maniobras “de choque” las reputaciones son destrozadas y los textos censurados.

En un colegio privado español, la biblioteca retiró de sus estantes los ejemplares de Blancanieves y los 7 enanitos luego de que un padre de familia -muy progre él- alegara que ese cuento era una oda a la “cosificación” de la mujer.

Prestigiosos y aquilatados profesores universitarios, sistemáticamente son sometidos a linchamientos a través de redes sociales, por cuenta de que algún alumno que no comparta alguna de sus teorías o planteamientos académicos, ponga en marcha una “indignada” campaña para reivindicar cualquier cosa.

Hoy por hoy, cualquier persona es frágil y potencial víctima.

Victimización es el nombre del juego. Prefabricar situaciones se ha convertido en pan de cada día por parte de los indignaditos que, celular en mano, provocan situaciones para luego acudir a las redes sociales y mostrar su vulnerabilidad.

La fórmula parece imbatible. El indignadito provoca a quien cree que es su victimario -por razones ideológicas o sociales-. Si el provocado no cae en la trampa y se zafa de la situación, automáticamente es presentado como un ‘cobarde’ que no es capaz de confrontar al pobre indignadito. Pero si la persona es agarrada fuera de base y reacciona tal y como el provocador espera, ¡quién dijo miedo! El indignadito tendrá a su disposición un banquete de opciones para realzar su condición de ‘pobre’ víctima de un representante del grupo opresor que lo persigue y lo agobia.

En resumidas cuentas, estamos ante un mundo de personas cuya profesión es ser ‘víctimas’ de lo que sea, hasta del clima o de la comida.

En investigaciones como la de los profesores Haidt y Lukianoff, o del periodista británico Douglas Murray –‘The madness of crowds’-, o del filósofo chileno Axel Kaisser –‘La neoinquisición’-, abundan los ejemplos de la manera como el contemporáneo es un mundo en el que crecen, como la maleza, las hordas de personas que centran su existencia en culpar a otros por sus carencias y traumas, como si estuviéramos en la era del resentimiento.

Los valores de la democracia liberal se hacen agua. Se creía que experiencias abominables como las de los ‘camisas pardas’, que era el grupo de choque de Adolf Hitler hacían parte de un pasado vergonzoso para la humanidad.

Los ‘camisas pardas’ contemporáneos no rompen vidrios, pero sí acaban con la reputación de todos los que no estén de su lado. No muelen a palos a sus víctimas, pero sí los acosan implacablemente a través de las redes sociales, hasta llevarlos -en no pocos casos- a puntos de no retorno como el suicidio.

Decíase que la justicia era el mecanismo civilizado para resolver controversias. Pero esta se ha instrumentalizado para enredar al que no está del mismo lado de los indignaditos. Quien se opone a ellos es un ser despreciable que debe ser encarcelado por el resto de sus vidas.

En su monumental obra 1984, George Orwell narra cómo el régimen totalitario comunista impuso la ‘neolengua’. Aquello, que parecía ser un asunto de la ficción del autor inglés, es una realidad en los tiempos que corren.

Es motivo de descalificación y repudio no utilizar el denominado “lenguaje inclusivo”. No hacerlo se convierte en vitamina para los indignaditos que hasta en la no utilización de los prefijos “las y los”, encuentran una maravillosa oportunidad para darle rienda suelta a su iracundia.

Lo cierto es que estamos de cara a una farsa, a una puesta en escena. Puras majaderías de los socialcomunistas para -por utilizar un término de Marx- ‘alienar’ despistados que caen en la trampa de creer que es colosalmente efectivo vivir en condición de víctimas que exhiben y monetizan su dolor a través de las redes sociales, pareciéndose mucho a las meretrices que se ofrecen en las vitrinas de la Reeperbahn de Ámsterdam.

@IrreverentesCol

Publicado: febrero 28 de 2021