Hachette publicó hace años en su colección Génies et Réalités un precioso libro titulado “Jésus”. Es una obra colectiva con valiosos aportes de Jean Guitton, el cardenal Daniélou, Robert Aron y otros prestigiosos intelectuales franceses. El libro estuvo mucho tiempo en mi biblioteca y logró sobrevivir a su liquidación. Ahora le llegó el tiempo de leerlo, tarea que he emprendido con evidente provecho.

Destaco el ensayo del pastor Georges Casalis sobre el mensaje de Cristo, titulado “Nadie ha hablado como este hombre”.

A su juicio, tres son los elementos fundamentales de este mensaje venido del Cielo: el Reino de Dios, la paternidad Divina, la fraternidad humana.

El tercer misterio luminoso agregado al Rosario por el papa Juan Pablo II, hoy santo, versa sobre la proclamación del Reino de Dios. 

Es tema central de los Evangelios. Como le respondió Nuestro Señor a Pilato, no es un reino de este mundo. Su naturaleza es eminentemente espiritual y anida en el corazón de cada ser humano. Ya está entre nosotros, dice Lucas 7:21. ¿Cómo? En todas las personas de buena voluntad que sienten el llamado del espíritu y se aplican a obrar con sentido de trascendencia superando sus condicionamientos naturales que, en buena medida, las atan al pecado, imponiéndoles la peor esclavitud (Juan 8:31-36; Mateo 24: 45-51). Todas esas personas de buena voluntad son como los granos de mostaza o la levadura de que habla el Evangelio, que a partir de lo pequeño o menudo se van expandiendo hasta hacerse visibles. Al principio eran 12, pronto fueron 72, ahora son centenares de millones.  Pero, no obstante ello, la mies es mucha y pocos son los operarios que están dispuestos a llevar a todo el mundo la Buena Nueva, no sólo por la predicación, sino ante todo por el ejemplo de sus buenas obras. El Reino de Dios está en construcción día a día. Sólo estará finiquitado en la plenitud de los tiempos.

Dios es Señor de la Creación. Pero, ante todo, es Padre, Abba. Cuando nos dirigimos a Él le decimos: Padre nuestro. Y lo es amoroso y misericordioso hasta el infinito: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”(Juan 3:16).

¿Qué otra religión tiene esta idea de Dios? ¿Quién lo ha presentado en estos términos?

Y si Dios es Padre, todos nosotros, sin excepción, somos hijos suyos y, por consiguiente, hermanos. El primer mandamiento es amar a Dios con todo el corazón y toda el alma; el segundo, amar al prójimo como a nosotros mismos (Marcos 12:28-34). Se sigue de ahí el valor infinito de cada vida humana y la solidaridad que se nos impone a todos respecto de nuestros semejantes. Es lo que acaba de proclamar el papa Francisco en su más reciente encíclica, “Fratelli tutti“, que puede consultarse aquí. 

Esto lo corrobora san Pablo en su carta a los gálatas: “Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gal. 3:28).

Lo que conmemoraremos en la noche del 24 al 25 de diciembre no es tema para un carnaval, ni nada que se parezca a las celebraciones paganas, sino un verdadero momento estelar de la humanidad: el nacimiento del Hijo de Dios, que vino a trazarnos el camino de la vida eterna y a redimirnos de la esclavitud del pecado. Es una fiesta del espíritu.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: diciembre 20 de 2020