Cuando comenzaron a entregar las armas la guerrillas liberales durante el gobierno militar que desalojó a Laureano Gómez del poder presidencial, a mediados de la década del 50 del siglo pasado, las denominaciones comunes utilizadas por la gente y la prensa eran, más o menos, así: chulavitas: la policía, de carácter municipal, ejercía la violencia institucional.  Manzanillos: los liberales. Godos: los conservadores. Chusma o chusmeros: los grupos incendiarios que quemaban los locales de la prensa. Corte de franela: degollar con machete a los prisioneros. Bandidos (maleantes, facinerosos, malhechores): la guerrilla liberal o la comunista que también se denominaba “los comunes”.

Los acontecimientos que componen la historia sucesiva de los pueblos, permite dar a luz nuevas calificaciones que enriquecen la cultura verbal de los habitantes. Como Colombia se transformó en un país de ciudades, en los siguientes y terminales cincuenta años del siglo XX, el lenguaje también explicó lo que ocurría. Y los términos del habla popular dejaron entrever lo que ocurría. En  Medellín, la marihuana alcanzó la tarjeta presencial gracias a los escándalos e irreverencias de los “nadaístas”, un grupo de intelectuales que concurría a un café del parque de Bolívar. El lumpen ingenioso inventó el lenguaje marihuanero, el caminado a lo bacán con un tumbadito de reojo. Camaján: el fumador de la yerba que tiraba paso por la carrera Junín. Chupar piña: besar a la novia con lujuria. Amacice: de amacizar, apretar, brillar la chapa de la correa contra el vientre de la pareja al bailar. Patrón: jefe de grupo de marimberos o de sicarios del  mundo de la coca pocos años después. Mula: la mujer que transportaba droga de contrabando. Coronar: éxito en la exportación de droga. La Virgen del Kilo: lugar de peregrinaje donde reposa una   escultura religiosa, que según los mafiosos (o mágicos) les hizo el milagro.

No se quedó allí la mutación del idioma. Una línea brotó de la tecnología internet y sus ramificaciones y que se observa a montón en los estudiantes de secundaria, universitarios e institutos tecnológicos. Y otra línea es la que engendró la violencia guerrillera, con la adenda citadina del nuevo lenguaje popular barriobajero: el parlache. EL parlache es el lunfardo del Medellín de hoy, objeto de estudio académico, de uso corriente entre  la gente por su arribo coloquial. Algunos ortodoxos lo consideran la corrupción del lenguaje. La otra corrupción idiomática es la que se libra en el espacio político que hace parte de la guerra de la palabra, que tiene connotaciones penales inclusive. Retenido: el secuestrado por el grupo armado criminal que lo denomina así porque el delito político lo muta, lo  cambia como un  acto altruista de la rebelión. Altruismo: calidad humanitaria  que despenaliza cualquier crimen hecho en nombre de la revolución o del marxismo. Por lo tanto deriva en delito político. Homicidio culposo y agravado: la legítima defensa de un ciudadano que se ve amenazado en su integridad o en la protección de su familia, sus bienes o la obligatoria solidaridad ciudadana. Mamerto: hombre, mujer o niño que piensa y actúa como militante, simpatizante o “idiota útil” de los comunistas o chavistas, incluyendo a los “progres” de la nata plutocrática nacional y los gamberros ideológicos de la Gran Prensa.  Bandidos: calificación expresada por Timochenko, Don Rodrigo Londoño, sobre los disidentes de las Farc en armas.

¡Vaya, vaya, vaya!¡Eureka con pandereta! Por fin dijo algo que está en el Código Penal de la humanidad. Lo coloca al lado de la ciudadanía buena y lo obliga a ser consecuente. El lenguaje no es tramposo. Es el espejo de la fragilidad de los hombres. Es la mejor manera de medir el papel de las ideas y los dogmas. El tramposo es otro.

Jaime Jaramillo Panesso

Publicado: septiembre 24 de 2018