Da terror mencionar su nombre. Solo mencionarlo da escalofríos, por eso es mejor no nombrarlo. El país nunca pudo ser el mismo después de su largo periodo presidencial. El Estado vio con preocupación la separación de poderes durante su gobierno y en peligro la institucionalidad de doscientos años de vida republicana.

Hizo lo que le dio su gana, por sentirse, no sabemos gracias a que providencia, que era inmune a todo. Los escrotos no le cabían en su humanidad, si es que la tiene.

Se “pasó por la faja” cualquier obstáculo u oposición, por su puesto utilizando las arcas del Estado, en un Estado donde casi todos tienen un precio. Él sabía cómo nadie, porque es un gran jugador, que es muy difícil abstenerse a una buena oferta económica o a una generosa prebenda política, en un conglomerado político donde la moral y la ética es un dinosaurio en extinción.

Pero lo peor, no ha pasado la horrible noche de su pésimo gobierno, el mal no es fácil combatirlo y mucho menos extinguirlo, y que puede tomar décadas recuperar el tiempo perdido y el buen sendero por donde marchaba la nación antes de su arribo, al que llego engañándonos a todos ya que el mal tiene múltiples disfraces.

El país nunca había estado tan divido, como no se veía desde la guerra de los mil días. Y con unos niveles de violencia tan espantosos que es ya endémico, y es cosa de la vida cotidiana. No solo en la ruralidad profunda perdida en el narcotráfico y el abandono estatal, sino violencia y delincuencia urbana, como él lo había prometido en alguna ocasión.

Claro, dejar llenar un país de cocaína, a los niveles que padecemos, que otro podía ser el resultado. Parece que no era solo un acto de vanagloria de su profusa megalomanía, sino una estrategia del Foro de Sao Pablo.

Hoy la herencia de su gobierno todavía nos gobierna, porque dado su estatus de hombre de clase social alta, venido de lo más granado del estamento político, con mucho poder recibido por herencia, casi de origen monárquico y “envestido por Dios”, su mandato es casi ley. Y porque como buen apostador se dio cuenta que en el poder judicial radica el verdadero poder, después de la constitución del 91.

Y que podía campear perfectamente en este, dado el origen generalmente humilde y venido de familias de clase media baja de los magistrados y jueces de la nación, que en su complejidad aprovechan para aplicar el desquite del menor consuetudinariamente oprimido, contra el mayor absolutamente privilegiado. Como cuando Caín se desquito de Abel.

Hoy el mal les hace agua en la boca, porque él y sus huestes ven sus aspiraciones, el triunfo definitivo de la vileza, casi coronado con el candidato presidencial de su preferencia, al que se unió ya de frente, del que dice cuidara su legado. Su legado de caos, marxismo, anarquía, delincuencia, miseria, cocaína, impunidad y mucha violencia.

@GabrielTorices

Publicado: mayo 5 de 2022