Colombia no podía estar exenta de los estragos causados por la temporada de huracanes en la cuenca del Mar Caribe. Ella ha padecido durante ocho años su propia tempestad. Como el huracán Irma a su paso por la Florida en USA, el huracán Juan Manuel deja un país arrasado y sumido en una gran devastación en todos los órdenes. Nadie le ha hecho tanto daño a Colombia como él. Deja un país con la explosiva metástasis del cáncer de la corrupción. Deja un país sin sentido del orden y la autoridad. Deja un país desinstitucionalizado y en una confusa e incierta mezcla de los tres poderes públicos entre sí. Es tal la incertidumbre que pareciera que nunca jamás hubiésemos sido una república, como si estuviéramos en los inicios de un Estado que apenas se funda. Ha borrado de tajo doscientos años de ordenado republicanismo. Y ha removido en su fuerza telúrica los cadáveres insepultos de la inmoralidad y la falta de ética. Pareciera que viviéramos en las cavernas de la anarquía, como si acaso estuviéramos en la Edad de Piedra de la democracia.

Pero el centro gravitacional, en el cual gira a velocidades destructivas y ha sido el ojo de este huracán despiadado, es el proceso de paz con el grupo narcoterrorista de la Farc, cuyo poder de devastación no se debe a su gran poderío económico, ni militar, sino al vaivén de los anhelos de un presidente por ganarse un Nobel de Paz. Nunca antes como el huracán Irma, un Nobel de Paz ha producido tanto daño a una nación.

Y pareciera que los astros estuvieran alineados para tales efectos, tuvimos la mala ventura de contar con un pésimo aliado como lo fue Barack Obama, después del huracán Juan Manuel, nadie le ha hecho tanto daño a Colombia como él, que en vez de lanzarnos el salvavidas de la justicia y el orden, nos dejó a la deriva de la fuerza telúrica de un país que puede quedar en manos del Socialismo del Siglo XXI y por lo tanto del inicio de una nueva violencia.

Pero por fortuna, y con mucha ilusión se vislumbra un cambio en este caos, y como cualquier nación devastada por un huracán tocará reconstruir de nuevo las instituciones, y partir prácticamente de cero para recuperar el tiempo perdido. Y como todo huracán y toda tempestad esperamos se diluya aguas adentro del océano de la esperanza, lo que debe traer de nuevo la calma de otros buenos tiempos.

@rodrigueztorice

Publicado: septiembre 21 de 2017