Haber cedido ante el paro fue un acto de debilidad que lejos de apaciguar la violencia, la enardecerá como mecanismo de presión al Gobierno. El bloqueo sistemático al que están sometiendo al País fue premeditado y desafortunadamente encontró en la inoportuna reforma tributaria la excusa perfecta para legitimar un actuar delictivo que no se detendrá en el corto plazo.

Porque seamos claros, esto no se limita a ese proyecto. Ya se cayó la tributaria, Carrasquilla dejó el Ministerio de Hacienda y las pretensiones del paro antes se incrementan cada vez más. Se pasó de rechazar el IVA a los bienes agropecuarios a exigir una renta básica financiada con emisión del Banco de la República.

En últimas, los promotores del paro pretenden implementar por la fuerza el modelo de País que nunca ha recibido el apoyo en las urnas.  Y lo peor de todo, es que el Gobierno les está dando todos los insumos para que lo logren.

Ahora bien, claro que la Casa de Nariño debe siempre tener abiertas las puertas al diálogo, pero una vez se acude a las vías de hecho cualquier comunicación se ha de cortar de tajo. El Gobierno debería ser enfático en expresar que no cederá a ninguna presión y no se dejará acorralar por actos de violencia. Cuando se permite que las agresiones se conviertan en el principal mecanismo de negociación, lo que se pone en riesgo son cientos de vidas inocentes y miles de empleos.

Desafortunadamente, esta administración ya había incurrido en el mismo error. Recordemos como en 2018, cuando se estaba discutiendo el Presupuesto del 2019, ante la primera marcha donde los mal llamados estudiantes destruyeron Bogotá el Presidente salió corriendo, quizás con buena intención pero con suma ingenuidad, a adicionar $500.000 millones al sector educación. Una semana después, tras la segunda manifestación, el Gobierno ordenó destinar $1 billón dentro del presupuesto de regalías para el mejoramiento de la infraestructura de los planteles educativos.

A partir de ahí, el mensaje fue claro: este es un Gobierno que responde a los paros. Una lastimosa realidad que llevó a Bogotá a vivir dentro del caos absoluto durante el segundo semestre de ese año y que se está repitiendo en estos momentos.

Y no es que esté defendiendo la reforma tributaria. Ese proyecto era un adefesio, un mal invento en el momento más inoportuno posible. Sin embargo, fue un error monumental haberla retirado tras el inicio del paro. Desde su radicación era más que evidente que no tenía futuro político, por lo que tal acción se debió haber hecho con anterioridad a las marchas. Una falla de cálculo que se está pagando caro.

Ahora, estamos en el peor de los escenarios posibles. La incertidumbre económica que generó la fallida reforma disparó el precio del dólar y aumentó la volatilidad de la deuda pública colombiana. Mientras tanto, urge que el Gobierno ejerza toda la legitima autoridad que le confiere la Constitución para controlar los brotes de violencia y liberar el transporte de carga que lleva bloqueado varios días.

Finalmente, y más como un dato curioso que quizás solo ocurre en el País del sagrado corazón, no deja de ser paradigmático que los estratos 1, 2 y 3 hayan salido a marchar con tanta animadversión contra una reforma que buscaba aumentarles los subsidios e incrementarle la carga tributaria a los estratos 4, 5 y 6. Algo propio del realismo mágico nacional.

@LuisFerCruz12

Publicado: mayo 5 de 2021