Desde su irrupción en el escenario político, el Centro Democrático se ha convertido en el único partido con un programa doctrinario en Colombia. Erigido sobre las ideas del expresidente Uribe, fundamentalmente la de la Seguridad Democrática, el CD ha ido buscando la consolidación para convertirse en una alternativa viable de poder.

Su surgimiento no fue producto de una estrategia, ni mucho menos. Su gestación empezó a darse en el año 2011, no más de 8 meses después de que Juan Manuel Santos asumiera la presidencia y el uribismo descubriera el gran fraude político de que fue víctima Colombia.

La traición de Santos empezó a darse antes de tomar posesión del cargo cuando hizo los primeros anuncios respecto de la composición de su gobierno. Juan Camilo Restrepo, durante los 8 años de gobierno Uribe, fue un férreo opositor del mismo. Sus críticas a las políticas del expresidente eran permanentes al punto de escribir, en coautoría con Iván Cepeda, Ramiro Bejarano, Cecilia Orozco Tascón y Daniel Coronel, el libro “Las perlas uribistas”, un panfleto de mala calidad, cargado de mentiras, imprecisiones y valoraciones mentirosas sobre aquel gobierno.

El electorado de Santos, eminentemente uribista, se sorprendió con el anuncio de que Restrepo, contra quien él –Santos-, meses había conspirado para evitar que llegara a la gerencia de la Federación Nacional de Cafeteros, sería el ministro de Agricultura. Ese nombramiento fue la primera evidencia de una catarata de movidas que al cabo de pocas semanas confirmaron que el nuevo presidente había, literalmente, estafado a nueve millones de ciudadanos que votaron por él para que continuara unas políticas, no que las traicionara.

La primera propuesta de muchos líderes del uribismo, entre los que se encontraban Oscar Iván Zuluaga y Juan Carlos Vélez, fue la de dar la pelea en el seno del partido de La U, para efectos que de que la corriente afín al expresidente Uribe tomara control del partido. Así, se planteó que el exmandatario debía asistir en compañía de los suyos a la convención de aquel partido que tuvo lugar en el año 2012. Esa idea no prosperó, razón por la que quienes defendían la idea de crear un nuevo partido empezaron a ser oídos con más atención.

La gestación del Centro Democrático

Consciente de que era necesario crear una estructura partidaria para tramitar las candidaturas tanto para Congreso como para presidencia en 2014, el expresidente Uribe empezó a debatir con sus personas más allegadas los pormenores de aquella empresa. Acordadas las condiciones, se puso en marcha el proceso. Primero se recolectaron las firmas para acompañar la solicitud ante el Consejo Nacional Electoral el reconocimiento como “grupo significativo de ciudadanos” que respaldaría unas listas tanto para Senado como para las diferentes circunscripciones de la Cámara de Representantes. Un procedimiento similar se adelantó para la inscripción del candidato a la presidencia que enfrentó, sin éxito, a Santos en 2014.

Una nueva forma de hacer política

Una de las principales características del Centro Democrático es su disciplina y su visión particularísima sobre la forma de hacer política. Mientras los partidos tradicionales –conservador y liberal- y La U son colectividades que buscan sus votos fundamentalmente en las entrañas de las viejas maquinarias electorales, los uribistas se han enfocado en lograr respaldos en los sectores de opinión tanto urbanos como rurales, recurriendo a una vieja pero efectiva forma de comunicación que ha empleado el expresidente Uribe a lo largo de su vida política: el dialogo directo y permanente con las comunidades.

Para muchos, la elevada popularidad de Uribe, como presidente y expresidente, se debe a su obsesión por hablar sin intermediarios con las personas. Oír sus propuestas y necesidades y construir con ellas su programa de gobierno. Así elaboró el denominado “Manifiesto Democrático” de 100 puntos con los que ganó en 2002 la presidencia de la República y así logró, contra todo pronóstico elegir a 21 senadores y 19 Representantes a la Cámara, todos ellos si un solo voto propio, en las elecciones de 2014, sin olvidar que alcanzó a sumarle casi 7 millones de votos a Óscar Iván Zuluaga, un hombre con poco carisma y sin una corriente de electores propia.

El Centro Democrático es una colectividad disciplinada, cuyos miembros en el Congreso trabajan articuladamente, bajo la dirección del expresidente Uribe. Organizan metódicamente sus debates y, a pesar de ser una bancada minoritaria, han logrado, gracias a la organización, ejercer con solvencia su función de opositores al gobierno.

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Algunas voces de peso en el Centro Democrático, como el dirigente ganadero José Félix Lafaurie, están promoviendo un cambio en las reglas de juego para las elecciones de 2018. Según él, es necesario que las próximas listas para Senado y Cámara de Representantes sean abiertas. Su propuesta va acompañada del argumento de que la lista abierta promueve el trabajo político de quienes corren por una curul, mientras que la lista cerrada es una invitación a dejar que el peso recaiga íntegramente sobre los hombros del expresidente Uribe.

Aunque respetable la propuesta de Lafaurie, que respaldan algunos congresistas costeños del Centro Democrático y el senador caldense Carlos Felipe Mejía –cuota directa de Oscar Iván Zuluaga-, esta es en extremo riesgosa, pues desnaturalizaría al Centro Democrático y convertiría a la campaña en una competencia para ver quién consigue más dinero y no quién defiende mejor la doctrina uribista frente a los electores.

Es cierto que la lista cerrada puede propiciar una suerte de “pereza” en quienes la integran, pues se confiarían en la inagotable capacidad del expresidente Uribe para conseguir votos y adeptos, pero también es cierto que una lista abierta encarecería monumentalmente la campaña, pues serían 20 o 30 personas, cada uno por su lado, rebuscando votos en todos los rincones del país y, lo que resultaría insólito: personas presentándose como uribistas y al mismo tiempo compitiendo contra Uribe.

En las listas a la Cámara de Representantes, el riesgo es aún mayor. Las listas abiertas, abre una compuerta peligrosísima para que ingresen al partido personas indeseables y dineros sucios. Tener un control férreo sobre las listas en los 32 departamentos de Colombia más Bogotá es un imposible. Nadie podrá impedir que se cuelen personas cuyo objetivo no sea precisamente la defensa de unas ideas, sino la protección de determinados intereses.

Por eso, en criterio de muchos, abrir las listas en las próximas elecciones de Congreso, podría ser una suerte de partida de defunción para el Centro Democrático, pues la disciplina y el cuerpo de doctrina de esa colectividad pasarían a un segundo plano, convirtiendo a aquel partido en una réplica de La U, el liberalismo o el conservatismo, donde los congresistas invierten miles de millones de pesos para asegurar su curul.

@IrreverentesCol