El fin de semana, se alborotó el tablero político por cuenta de dos publicaciones dominicales. Una de ellas, la columna de Jaime Arizabaleta en LOS IRREVERENTES en la que se refirió a la posible candidatura presidencial de Tomás Uribe. La columna, intitulada ¿Tomás, candidato presidencial? planteó el atractivo que despierta el nombre del primogénito del presidente Uribe entre las bases uribistas. 

Paralelamente, la Revista Semana publicó una portada con una extensa entrevista a Tomás, en la que también se tocó el tema de su posible aspiración presidencial.

Él ha sido claro al decir que no está en plan político y recordó que la suya es una vida de empresario. 

A pesar de descartar aspiración política alguna -por ahora-, hay una realidad que no puede ocultarse ni matizarse: el nombre de Tomás Uribe Moreno despierta mucho fervor en la militancia del uribismo a la que le atrae inmensamente la posibilidad de ver a un “Uribe” en el tarjetón presidencial. 

Es natural que a muchos dirigentes del CD que han expresado intenciones presidenciales, la posibilidad de que Tomás entre a la competencia les produzca malestar, pues sin llamarse a engaños él sería un rival prácticamente imposible de derrotar. 

En política no hay nada escrito y aún falta mucho tiempo para las elecciones. Hay que darle tiempo al tiempo y esperar a que la baraja de precandidatos se decante y se pueda determinar quién tiene una verdadera posibilidad de victoria.

Lo primero, es que el Centro Democrático no puede repetir el procedimiento ridículo e impolítico que puso en marcha la errática directora de esa colectividad, la cuestionada Nubia Stella Martínez, en el año 2018, cuando implementó el inédito mecanismo de las encuestas y de los talleres con los precandidatos.

Las circunstancias políticas son delicadas y no hay tiempo para aventuras ni para experimentos tontarrones. El CD tiene el deber de definir las reglas de juego y apostarle a un candidato que tenga condiciones reales de impedir que el país quede en manos del neosocialismo encarnado en Petro o el santismo corrupto y perseguidor que representa Sergio Fajardo. 

No está claro que Tomás efectivamente dé el paso definitivo y resuelva dejar atrás su vida de empresario para introducirse a la sucia, traicionera y peligrosa arena de la política colombiana. Pero esa opción está ahí y obliga a que quienes tienen la aspiración de correr en 2022 con el aval del Centro Democrático y el respaldo entusiasta del electorado uribista, asuman una actitud más activa en la política, porque también hay que decirlo, ninguno de los actuales precandidatos ha registrado una actividad proselitista significativa. 

Una eventual candidatura de Tomás Uribe tiene que valorar los riesgos con serenidad y cabeza fría. ¿Podrá sumar a otros sectores afines al Centro Democrático? ¿Logrará atraer a grupos políticos que sin ser opositores agresivos del uribismo, no han sido aliados suyos en el pasado? 

El tiempo juega a favor del uribismo y de Tomás Uribe, mas no de los precandidatos que no pueden seguir en el estado de adormecimiento en el que se encuentran. 

El mensaje es uno y es claro: si ellos no se despiertan, la fuerza de las circunstancias empujará a Tomás Uribe hacia la carrera por la presidencia de la República, con lo que aglutinará a todo el uribismo alrededor suyo. 

@IrreverentesCol

Publicado: noviembre 23 de 2020