Santos ahora está más preocupado por terminar su lista de invitados al banquete con la reina Isabel que gobernar a Colombia.

Cuando la motivación de un político es la satisfacción de su propia vanidad personal o la sed de venganza de sus oponentes, temprano o tarde el pueblo termina cobrándole su perversidad.

Es exactamente lo que le está pasando a Juan Manuel Santos quien desde que llegó a la presidencia de Colombia se dedicó a ganarse el aplauso de la tal “comunidad internacional” y no a gobernar ni a trabajar por el pueblo que lo eligió.

Desde que ascendió al poder, su popularidad entró en barrena hasta llegar a niveles insospechados, sobrepasando la imagen negativa de personajes funestos como Ernesto Samper. A Santos todo eso lo ha tenido sin cuidado porque lo suyo es el reconocimiento global y no la gratitud de los colombianos.

Edificó su proceso de paz con la ayuda de Noruega pensando única y exclusivamente en el Nobel de Paz que tanto lo trasnochaba. Para ello hizo todo lo que estuvo a su alcance e inclusive entregó bloques petroleros a la empresa noruega de hidrocarburos Statoil en el caribe colombiano (Puede leer “No hay almuerzo gratis”). Necesitaba tener contento al gobierno noruego que al fin y al cabo ejerce influencia directa sobre los 5 miembros del comité Nobel de aquel país.

La ley de orden público que es la norma que regula los procesos de paz en Colombia en ninguno de sus artículos indica que un acuerdo alcanzado con un grupo armado organizado al margen de la ley deba ser refrendado popularmente. No obstante, Santos se empecinó en hacerlo pero no porque quisiera darle legitimidad popular a su pacto con Timochenko sino porque vio en el plebiscito una oportunidad espectacular de aplastar a la oposición.

LOS IRREVERENTES han podido confirmar que la persona que más ejerció influencia sobre el presidente Santos para adelantar el plebiscito creyendo que con aquel procedimiento podría salir de una vez y por todas de lo que en la Casa de Nariño llaman “la pesadilla de Uribe” fue, precisamente, el hoy embajador en Italia y tramitador de comisiones Juan Mesa Zuleta.

Santos hizo muy mal sus cálculos. Subestimó el liderazgo de Uribe, soslayó la indignación que en millones de colombianos despierta la posibilidad de que los cabecillas de las Farc no paguen un segundo de sanción penal por los crímenes que han cometido y que a cambio de ello puedan convertirse en los gobernantes de Colombia. Pensó que inundando al país con palomitas de la paz y con mensajes manipuladores como aquel que sostenía que la victoria del NO significaría la más brutal guerra urbana, no solo arrasaría en las urnas sino que además quitaría del camino y tal vez para siempre a la oposición liderada por el expresidente Uribe.

Sin mayores medios económicos, con el grueso de los medios de comunicación en contra, el presidente Uribe literalmente se echó la campaña del NO al hombro logrando conquistar la mayoría de los votos el 2 de octubre.

Por supuesto que la ira de Santos es profunda. Llegará el próximo 10 de diciembre a reclamar su Nobel sin proceso de paz finiquitado. Ese acuerdo nefasto que durante años elaboró a la medida de las necesidades de las Farc no existe, no tiene vida jurídica, debe ser tirado a la basura para efectos de sentarse con toda la calma y bajo las condiciones que impongan los voceros del victorioso NO a redactar un nuevo acuerdo que incluya, por supuesto, los preceptos fundamentales por los cuales el pueblo dijo NO el 2 de octubre.

La gobernabilidad de Santos es cada vez más reducida. El gobierno se le salió de las manos. El ministro del Interior, el samperista Juan Fernando Cristo hace literalmente lo que le viene en gana, contradiciendo las órdenes que le transmite el presidente. Cambio Radical, el partido que lidera el vicepresidente Vargas, más parece una colectividad de oposición al gobierno. Cada vez que tienen una oportunidad, sus congresistas lanzan misiles contra el Ejecutivo. Por su parte, el partido de La U funciona como un club de mafiosos en el que todos se “hacen pasito” siempre y cuando tengan una buena porción de “mermelada”. En el momento en que uno se quede con poquito más que otro, la vendetta será inevitable y hasta divertida pues una confrontación entre personajes de la catadura de Roy Barreras y Armando Benedetti sería como para alquilar balcón.

Todo esto a Santos parece tenerlo sin cuidado. Le importa muy poco si el país se destroza, si la economía colapsa y si la sociedad se fracciona irremediablemente. En este momento, su mayor preocupación es saber de qué color será la tapicería de la carroza que lo transportará por todo Myafair cuando haga su visita de Estado a Inglaterra, o precisar quiénes serán los invitados al banquete que en honor suyo va a ofrecer la reina Isabel.

Ese tipo de estupideces son las que llaman enteramente la atención del presidente de Colombia, cuya agenda gira entorno a los asuntos suntuarios, dedicándole el menor tiempo posible a la solución de los muchos problemas que aquejan a los colombianos.

Mentiroso y farsante, el presidente Santos por más premios que siga acumulando y más banquetes que en distintas ciudades del planeta sigan sirviéndose en homenaje suyo continuará ganándose el desprecio del pueblo que tiene perfectamente identificado que su objetivo no era el de sacar a Colombia del atolladero de la violencia.

Bien vale que alguien le recuerde al presidente Santos aquella frase de Bernard Shaw: “El odio es la venganza de un cobarde intimidado”.

@IrreverentesCol