Hay mentes enfermizas que ven signos de conspiración de los gobiernos y las grandes corporaciones en todo, sea en la caída de un avión o en el desplome de una bolsa de valores. Pero, sobre todo, en asuntos delicados como la epidemia del coronavirus 2019-nCoV. Por supuesto, no hay porqué negar que siempre habrá quienes traten de sacarle tajada a cualquier asunto, pero es que en la vida hasta la caída de la hoja de un árbol beneficia a algunos y perjudica a otros.

Hace días recibí un video en el que un individuo se las daba de avezado detective y mostraba la supuesta prueba de que este virus es una patraña. El hombre se grabó en un supermercado de Estados Unidos mostrando un desinfectante de marca Lysol, que en letras menudas decía ser efectivo contra diversos gérmenes incluyendo el «SARS coronavirus». El individuo, entonces, afirmaba que esa era la demostración de que ‘el coronavirus no es nuevo’ y que ‘nos están mintiendo’. Solo que nadie ha dicho que sea nuevo, sino que es una nueva cepa, la séptima capaz de infectar a humanos.

Lamentablemente, hoy casi todos creen en esas tergiversaciones que van deformando la verdad hasta hacerla irreconocible, transformándola en otra cosa como cuando se moldea una figura de plastilina. Las redes sociales son un deplorable juego de teléfono roto en el que termina siendo válido lo que cada quien haya entendido, no importa si es algo cercano a la verdad o no. Además, ha hecho carrera que hay el concepto de que hay muchas verdades, que cada uno puede tener la suya, como esa gente que dice que la Tierra es plana.

De hecho, un estudio de la firma Kaspersky asegura que el 70% de los latinoamericanos no somos capaces de distinguir las noticias falsas de las ciertas, y en otras latitudes no están mucho mejor. Pero ello no solo supone que se ha perdido un sano sentido de la duda, una especie de malicia que permite valorar la información y sacar deducciones lógicas, sino también la credibilidad y el prestigio que tenían los medios tradicionales, que ya no generan respeto porque a menudo —y cada vez más— son fuentes de noticias falsas que se emiten con propósitos tanto propagandísticos o ideológicos como meramente monetarios.

No sobra decir que esa ingenuidad que nos está haciendo peligrosamente crédulos, incautos y bonachones, viene tomada de la mano de una ignorancia supina, de una falta de preparación y un nivel educativo que en otras épocas provocaban vergüenza. Solo así se entiende que sobre el coronavirus se viralicen —valga el término— estupideces como esa de que para protegerse de su contagio se recomienda «No consumir bebidas frías como helado o malteadas por 90 días».

Pero muchos, tal vez cuidándose de parecer tontos, se han vuelto conspiranoicos; personas que se convierten en escépticas compulsivas que no creen ni en pruebas científicamente demostrables y que todo lo interpretan en el marco de las teorías conspirativas. Para ellos, el coronavirus no es más que una fábula de los chinos para enriquecerse vendiendo falsas vacunas, crear pánico mundial y hasta provocar una crisis económica planetaria que supuestamente destruiría a sus competidores y dejaría a la China como la única potencia sobre la faz de la Tierra. A más delirante la teoría, mejor.

¿En realidad puede alguien creer que la China se la juegue inmovilizando casi toda su economía para vender unas vacunas o alcanzar un incierto triunfo geoestratégico? China tiene en confinamiento a cerca de 50 millones de personas en la provincia de Hubei, o sea casi la población total de Colombia o de España, y la parálisis es casi absoluta en las principales ciudades, como Beijing y Shanghái, en cuyas calles la soledad asusta. Por demás, no hay vuelos a China y el comercio con el mundo está prácticamente suspendido; es apenas obvio que las pérdidas serán astronómicas.

A pesar de todo, algunos escépticos han llegado al extremo de afirmar que la gravedad del virus se ha exagerado pues este no provoca ni 100 muertes diarias mientras que en el mundo hay enfermedades que sí alcanzan esa cifra y a las que no se les presta mucha atención. Pero olvidan que los muertos por coronavirus solo se registran en Wuhan, ciudad que está en cuarentena, y que si el virus se esparciera por el mundo podríamos tener más de 50 muertos al día en cada ciudad importante, lo que sumaría miles de muertos diarios.

En fin, pero como la teoría de la falsedad del virus es insostenible, hay otros conspiranoicos que sí creen en su peligrosidad y han urdido verdaderos cuentos chinos sobre su origen: que se trata de un arma biológica que salió accidentalmente de un laboratorio de Wuhan; que fue robado de un laboratorio de Canadá; que el gobierno chino lo creó para diezmar la población de ancianos, que ha sido la más vulnerable a su propagación; y la novela que no podía faltar: que el virus fue creado en los Estados Unidos por el gobierno de Donald Trump para destruir a la China, su mayor rival. ¿Y quién puede dudarlo ahora que el odiado multimillonario avanza viento en popa hacia su reelección?

@SaulHernandezB

Publicado: febrero 12 de 2020