El odio es el eje central de la carrera de Gustavo Petro. Por odio se vinculó a la banda terrorista del M-19, organización que incendió la democracia colombiana. Bueno es recordar que esa estructura fue la responsable de incorporar en Colombia los secuestros extorsivos.

Como congresista, promovió debates signados por el odio. Sus señalamientos, casi siempre temerarios y carentes de sustento o evidencias, tenían el objetivo de destrozar moralmente a quienes se oponen a sus ideas totalitarias y radicales.

Llegó a la alcaldía de Bogotá promoviendo la caduca y peligrosa lucha de clases. Con su discurso incendiario polarizó a la capital colombiana. Dedicó su periodo a las arengas y a la toma de decisiones que generaron desasosiego en la ciudad, incumpliendo su función de administrar. El caos se apoderó de Bogotá bajo la mirada cómplice del entonces alcalde Petro.

Fiel a su estilo de pasarse por la faja el ordenamiento legal, pisoteó a la institucionalidad, luego de que la procuraduría general de la nación, con base en pruebas del desgreño y de los errores que la administración distrital cometió en el proceso de desprivatización de la recolección de basuras, resolvió destituirlo e inhabilitarlo para ocupar cargos públicos.

En vez de respetar el fallo, decidió continuar incendiando a la ciudad. Desde el balcón del palacio Liévano –sede de la alcaldía-  Petro, rodeado de enardecidos seguidores, desafió y desconoció la sanción impuesta.

En momentos de dolor y tristeza como el atentado terrorista que se vivió en días pasados en la ciudad de Barranquilla, Petro aprovechó la tragedia para intentar asignarle la responsabilidad del hecho a lo que él mismo llama “mafias del poder”. Viendo en retrospectiva, pareciera que el exalcalde de Bogotá tenía interés de desviar la atención para que los ojos se posaran sobre quienes no tuvieron responsabilidad alguna en esa bomba.

Horas antes de que la banda terrorista ELN se adjudicara esa acción demencial, a través de su cuenta de Twitter, Petro corrió a aseverar que “apenas algunas hipótesis que coloca a las mafias en el Caribe como posible autoras (sic) del atentado, que han aumentado su capacidad de terror a partir de sus fuertes vínculos con el poder político que algunos gremios y parte de la sociedad colombiana han prohijado e incluso, aplaudido”.

El tono de Petro es sospechosamente parecido al que horas después de ese desafortunado trino utilizaron los terroristas del ELN en el comunicado que emitieron , reconociendo la autoría del acto que cobró la vida de 5 policías y dejó a más de 40 heridos.

El ELN, con todo el cinismo del caso, pretendió justificar el atentado, señalando a la Fuerza Pública de “defender los intereses de los ricos y poderosos”.

Lo más preocupante es la similitud argumentativa entre Petro y el ELN. Mientras el candidato presidencial escribía en Twitter que “…El atentado a la Policía debe ser analizado a profundidad. Tiene el objetivo del amedrentamiento a partir de la sangre. Esta violencia debe ser aislada socialmente para derrotarla. Las mafias estan (sic) saltando en capacidad militar y control territorial”, el ELN sentenció que “El castigo al consumidor de sustancias psicoactivas, mientras se mantienen alianzas con las mafias del narcotráfico, a pequeña y gran escala, que blanquea sus capitales con negocios y empresas que gozan de ‘buena reputación’”.

Para Petro, las “mafias” son las responsables de la violencia y el ELN, en consecuencia, ordena atacar a esas “mafias” que son protegidas y “defendidas” por la Fuerza Pública.

Discursos como el de Petro, cargado de resentimiento y llenos de frases incendiarias, son combustible para la violencia, para la polarización, para generar divisiones dañinas en el seno de la sociedad.

Y eso que la campaña hasta ahora comienza. Petro, muy bien ubicado en las encuestas, radicalizará su discurso posicionándose como el verdadero y peligroso candidato del odio.

@IrreverentesCol

Publicado: febrero 1 de 2018