En Colombia siempre hemos tenido la manía de poner a valer a las personas más de lo que merecen, máxime si se trata de extranjeros. Recuerdo que en 1997 vino a Bogotá el periodista peruano Jaime Bayly. Todos los importantes del país –desde el presidente de la República– literalmente hicieron fila para que los entrevistara.

Su paso por Colombia fue todo un acontecimiento. Poco después nos enteramos de que si bien Bayly gozaba de evidente notoriedad en la comunidad latina de Estados Unidos, tampoco era Larry King ni David Frost ni Oprah Winfrey.

Para no alargar mucho el cuento –porque la lista es larga– no sobra recordar el caso del español Baltasar Garzón, quien aquí nos tramó con el cuento de que había mandado a detener al dictador chileno Augusto Pinochet.

Después el mundo entero supo que era un prevaricador y que por eso fue inhabilitado en su país para ejercer como juez o magistrado. Fue tal la pleitesía que en Colombia se le tributó al lagarto de Garzón, que hasta la Fiscalía le adjudicó millonarios contratos como asesor vaya uno a saber de qué.

Hecho el anterior recordatorio, me pregunto quién es el tal Jesús Santrich para que tenga al país patas arriba luego de su captura como narco el lunes de la semana pasada en Bogotá.

El Tiempo lo describió así el domingo anterior: “Seusis Pausivas Hernández Solarte, conocido como Jesús Santrich, nació hace 52 años en Toluviejo, Sucre, pero pasó buena parte de su infancia en Pasto, Nariño. En el bachillerato se enganchó con la Juventud Comunista Colombiana (Juco). Después, siendo estudiante de derecho de la Universidad del Atlántico, se afilió a la Unión Patriótica, y de allí saltó a las filas de las Farc, en 1991, cuando cumplió los 25 añosSantrich empezó su militancia en el frente 19 del Bloque Caribe de esa guerrilla y tras la dejación de armas fue elegido congresista”.

La revista Semana, el año pasado, definió a Santrich como un individuo “radical, apasionado, políticamente incorrecto” y como “el hombre que a pesar de su ceguera fue el arquitecto del acuerdo de paz por parte de las Farc”. Y agregó: “Su madre le inculcó la lectura de Gabriel García Márquez, su padre la historia y la filosofía, y sus tíos y tías le abrieron la puerta de los idiomas y el pensamiento latinoamericano. Bolívar tenía un lugar de honor en su familia, así como José Martí y el autor que más lo ha influenciado: el peruano José María Arguedas”.

Pues bien, el señor que nos quisieron presentar como una especie de hijo de Bolívar, de Martí y de Arguedas, y como el muchacho incomprendido y genio que pasó su infancia devorando la obra de García Márquez, no es más que un vulgar narcotraficante que en meses deberá ser extraditado a Estados Unidos por el próximo mandatario colombiano.

Santrich es el mismo personaje que en Oslo, Noruega, en octubre de 2012, se burló de los miles y miles de colombianos que padecieron el terrorismo de las Farc. “Quizás, quizás, quizás”, fue su respuesta, cantada y entre risas, cuando un reportero le preguntó si su organización narcoterrorista estaba preparada para pedirles perdón a sus víctimas.

Santrich es también el sujeto que casi le pega a un periodista de RCN TV por haber cometido un “pecado capital”: consultar por los abortos obligados en las filas de las Farc. “Cretino”, le dijo al comunicador, quien seguramente se salvó de una golpiza por la invidencia del otrora guerrillero.

Las redes sociales también fueron un deleite para Santrich y se convirtieron en el arma perfecta para atacar y contraatacar a Raymundo y todo el mundo. En sus ratos libres, cuando no estaba en reuniones para coordinar envíos de cocaína a territorio estadounidense, o cuando no estaba echando carreta en las universidades, Santrich cargaba contra todo lo que se moviera a través de su cuenta en Twitter. “Estúpido”, “rata inmunda” o “imbécil” eran los calificativos que utilizaba para todo aquel que osara criticarlo a él y por supuesto a las Farc.

Más de una semana ha pasado desde el arresto de Santrich, entre otras cosas por ser socio del mexicano cartel de las drogas de Sinaloa, según las autoridades. Uno que otro mamerto, cual plañideras, se han rasgado las vestiduras por su detención y han pedido su libertad con el argumento de que es un golpe de muerte al ilegal proceso de paz pactado entre Juan Manuel Santos y las Farc.

Es hora de ser grandes en Colombia. Hay que dejar de pararles bolas a delincuentes como Santrich. Que responda ante la justicia por lo que al parecer hizo. La agenda de un país como el nuestro no puede detenerse por un bribón que se disfrazaba de político cuando en realidad era un narcotraficante.

Es más, las Farc, que tanto dicen combatir la corrupción, deberían hacer un alto en el camino y aceptar que uno de sus cabecillas tomó el camino equivocado pese a que Santos le había garantizado impunidad a cambio de que en adelante se manejara bien. Si las Farc siguen insistiendo en que es víctima de un montaje y por ende inocente, más razón nos darán a quienes creemos que Santrich traficaba drogas con la aquiescencia de sus superiores.

Señores de las Farc: por Santrich no se preocupen que él se defiende solo. A lo mejor en una celda de Estados Unidos tendrá la oportunidad de releer a García Márquez y a Arguedas. Quien quita que, adicionalmente, escriba sus memorias y cuente todos los horrores que cometió en las filas de las Farc por más de 25 años.

@CancinoAbog

Publicado: abril 18 de 2018