Así denominan en las redes sociales a Alejandro Gaviria, el enésimo candidato a la presidencia para el próximo cuatrienio, a raíz de unas declaraciones que ha dado sobre sus increencias religiosas. 

Hay quienes lo descalifican por haber nacido en Chile cuando su padre adelantaba estudios de especialización en ese país, pero el reproche no es válido, pues de acuerdo con la Constitución Gaviria es colombiano de nacimiento por ser hijo de padres colombianos y haberse domiciliado en nuestro país.

Según aparece en las redes, Gaviria ha dicho sin reticencia alguna que es ateo, que le parece bien vivir sin religión, que no hay vida después de la muerte, que no hay premio ni sanción en el más allá y que, en últimas, la vida carece de sentido. No obstante ello, manifiesta interés en la espiritualidad y ha escrito un libro sobre el humanismo.

Vaya uno a saber si su espiritualidad es la más o menos frívola de la Nueva Era. No es, en todo caso, la agónica de los grandes místicos cristianos que, como San Juan de la Cruz, han experimentado la oscuridad de la noche del alma. La inquietud espiritual de Gaviria tampoco se identifica probablemente con la de Mitterrand que, agobiado por un cáncer incurable, buscaba respuestas que le dieran alivio para hacer su tránsito de esta vida mortal a la eterna leyendo a esos grandes místicos y consultando a quienes pudieran ofrecerle alguna luz, como el gran filósofo católico Jean Guitton.

La incredulidad de Gaviria es quizás frecuente en los altos círculos colombianos hoy por hoy. Si se hiciera una encuesta entre quienes aspiran a gobernarnos no sería raro encontrar que no pocos de ellos comparten los puntos de vista de Gaviria. ¿En qué cree, en efecto, Fajardo, que tan áspero se mostró respecto de la religión cuando fue alcalde y gobernador por estos pagos? ¿Qué tal Petro, de quién más podría creerse que es fiel de oscuras deidades africanas que de nuestra luminosa Santísima Trinidad, si bien anda diciendo que es católico e hizo construir iglesias en Bogotá cuando era alcalde, aunque se ha declarado librepensador?  ¿O De La Calle, que en su apetitoso libro de memorias confiesa su agnosticismo y su animadversión contra la religión católica? Ahí dice que dejó de creer en ella, entre otras razones, porque leyó en Steckel que una religión que predique la condenación eterna no puede ser verdadera. Tal vez le convendría leer a San Pío de Pietrelcina, que dice que quien niegue el infierno creerá en él cuando allá llegue.

El ateísmo confeso y tal vez militante de Gaviria puede ganarle adeptos entre los mal llamados progresistas, pero se los restará entre católicos y cristianos preocupados por la suerte de sus creencias que los librepensadores dicen respetar, pero en el fondo aspiran a erradicar.

Hay en los tiempos que corren una profunda fractura espiritual que se pone de manifiesto no sólo en nuestro país, sino incluso en los más avanzados, tal como acontece en USA. El conflicto entre Biden y los legisladores texanos acerca del aborto así lo evidencia.

He sostenido en mis cursos de Teoría Constitucional, Filosofía del Derecho e Introducción a la Política que las bases últimas de la  organización social, la normatividad y el poder dependen de la concepción del hombre que se abrigue. La Antropología Filosófica, que procura responder a la cuarta y última pregunta de Kant, ¿qué es el hombre?, suministra la clave para orientarse en esos tópicos.

Cuando se considera que el ser humano es producto de una evolución ciega y su existencia, como afirmaba Sartre, “es una pasión inútil”, muchas atrocidades son posibles. De Sartre se dice que al final de sus días, bajo la influencia de su secretario judío y presa ya de su declinación final, abjuró de su ateísmo, manifestando que  “No me siento que soy el producto de la casualidad, una mota de polvo en el universo, sino alguien que era de esperar, preparado, prefigurado. En pocas palabras, un ser que sólo un Creador pudo colocar aquí… y esta idea de una mano creadora hace referencia a Dios”.

El asunto de ha prestado a discusión, pero, sea de ello lo que fuere, cuando se piensa que el ser humano es producto de de la casualidad, que su cuerpo es  un mero agregado de células, que su espiritualidad es un epifenómeno de procesos físico-químicos que se dan en  el cerebro, que su dignidad es una convención más o menos cómoda y su vida sólo vale en cuanto le sea placentera, se abren las puertas a iniciativas que podrían terminar aniquilándolo o, al menos, reduciéndolo a su mínima expresión. Es a lo que aspiran los promotores del Nuevo Orden Mundial, que en sus manifestaciones más radicales consideran que la población humana no debería pasar de 500 millones de ejemplares. Su punto de vista sostiene que el hombre no es el rey de la creación, sino un estorbo. Consúltese a propósito de ello la Carta de la Tierra.

Aborto, eutanasia, promoción de los colectivos LGTBI+, redefinición de la familia, abandono de los ancianos a su propia suerte, el infanticidio que predica Peter Singer como consecuencia lógica de las posturas abortistas y quizás la promoción de la guerra o de las pandemias, constituyen consecuencias del falso humanismo que niega a Dios y pretende erradicarlo de la escena pública.

El conflicto espiritual ya se ha hecho patente entre nosotros, así sea discretamente. Por ejemplo, leí en la página 26 de El Colombiano del 9 de septiembre último un escrito que no dejó de sorprenderme. Titula: “El aborto legal, un derecho que toma fuerza”. Si lo promueve un periódico que fue conservador hasta no hace mucho, ahí se va viendo quién lleva las de ganar. Pienso en un escrito que publicaré más adelante parafraseando una célebre novela de Georges Bernanos: “Bajo el sol de Satán”.

Jesús Vallejo Mejía

Publicado: septiembre 15 de 2021