Los agricultores de algodón más que cultivadores del campo, son unos jugadores del agro. Le apuestan a la ruleta del clima y caminan siempre  como trapecistas: una  línea en donde la escasez o el exceso de lluvia los empuja al vacío. Desafían el ecosistema y ruegan para   que la plaga no venga. Saben muy bien que esa contingencia tiene un insecticida ambiental: el agua.

Arrojan sus restos, dependen del subsidio de la demanda y tienen jugadores profesionales en su contra: las políticas públicas y los precios internacionales. Pero como jugador  lo atrae el azar y la suerte; muchas veces los ha acompañado y han acumulado fortunas que en la próxima cosecha se ha esfumado. Están acostumbrados a la búsqueda en el desquite y  así muchos de ellos se han arruinado.

Son hamaqueros por tradición: de la alegría a la  tristeza, de la exaltación a la resignación, de la abundancia a la escasez. Se mete en mis escritos  -sin llamarla- las neurociencias y me recuerdan sus mecidas a las personas maniaco-depresivas. La diferencia, los intervalos de melancolía de nuestros algodoneros son más prolongados.

Quiero entender la desolación de Cerete y otros pueblos algodoneros  de Colombia. Para  saber cómo sepultaron sus sueños  acudo a los expertos  y veo esta radiografía diagnostica: de 385 mil hectáreas sembradas en el país hace tres décadas (cerca de 480 mil empleos)  solo quedan 18 mil hectáreas (15 mil empleos). Los precios se enloquecieron; la industria  textilera solicita hoy 60 mil toneladas y solo se producen 20 mil. Las importaciones acabaron con el entusiasmo nacional pues resulta más barato importar que producir (24% de sobrecostos cuesta la tonelada nacional). Sin subsidios no es posible renacer la que en otra época estaba en los tres primeros renglones de productividad del país. Que falta hacen estas ayudas para maquinarias, adecuación de riegos, productos agroquímicos .El precio mínimo garantizado cumplió su ciclo y acabo con la tranquilidad del productor.(4000 agricultores de algodón). El mayor vacío, según expertos, es la falta de política agraria integral. (Fuentes: Dangond Indalecio (IV/2018), Conalgodon; Dinero (viii/2015).

Cuando veo este encuentro (Agosto 9, Agrosavias, Córdoba) que señala que el camino hacia la paz se adorna con el renacer del algodón, busco las  analogías entre los dos esquivos: la paz y el algodón. Su color blanco y la fragilidad de su cosecha. Necesita todo un entorno amigable para que la semilla germine; la impunidad es la peor plaga para que prospere y la mota alcance su madurez. 

El tallo necesita crecer recto; los vientos de la corrupción o los aguaceros de la politiquería no los pueden torcer Hay que tratarla con manos firmes pero expertas; no se le puede entregar a quienes la negocian al mejor postor para reconocimiento inmediato .El cultivo del algodón es un arte así como lo es también restaurar la justicia social para que la paz prospere con generosidad.

No existe un solo colombiano que no anhele la paz. Generaciones han llorado por nuestras guerras, nuestras familias han derramado lágrimas   y queremos para nuestros nietos una cuna de convivencia en donde respetemos y aceptemos nuestras diferencias. Pero una paz duradera solo se construye cuando el espíritu de reconciliación se nutra de la aceptación de la responsabilidad de los actores del conflicto quienes deben saldar las deudas con la sociedad que lastimaron. Inmunizar la paz con impunidad  es soltar la paloma que la encarna  sin alas y sin brújula.

“Zorayita ere lucero

Zorayita ere primor

en una fiesta de San Pedro

serás la reina del algodón “

La paz es como Zorayita Villamil, este representativo  paseo de nuestros aires sabaneros. Revivir el algodón, rescatar  sus bondades en el desarrollo del empleo y en la generación de bienestar de los pueblos es acercarlos a la legitimidad. La equidad es el escenario donde la paz será coronada como la reina del algodón…No, como la soberana de la nación.

@Rembertoburgose

Publicado: agosto 3 de 2018