Con dinero público, que emana de los impuestos que con tanto esfuerzo pagan los colombianos, la universidad Nacional le paga religiosamente un salario superior a los $20 millones de pesos mensuales al señor Jairo Estrada, profesor adscrito a la facultad de humanidades, en el programa de Ciencia Política.

Estrada, que en el pasado estuvo íntimamente ligado al grupo terrorista de las Farc -así catalogado por el gobierno de los Estados Unidos- ha sobrepasado cualquier límite de lo aceptable.

Conocida la noticia del abatimiento del capo del narcotráfico y jefe del terrorismo de las Farc, alias Jesús Sántrich, el profesor -que valga recordar fue uno de los delegados de la guerrilla en el Senado de la República mientras se acordaban los detalles finales del acuerdo espurio celebrado durante el gobierno de Santos- publicó un trino muy sentido: “Mis honores al comandante Jesús Santrich. La historia sentenciará sobre su rol fundamental en la construcción del Acuerdo de paz Odiado por el régimen (sic); mancillado por algunos de sus excamaradas; querido por nosotros. Santrich, hasta la victoria siempre”.

Tanto en Colombia como en los Estados Unidos, existen sendos preceptos constitucionales que avalan la libertad de pensamiento y expresión. El señor Estrada, cuyos afectos y debilidad hacia el terrorismo y el narcotráfico quedaron perfectamente planteados en el trino en cuestión, se ha metido en un problema gravísimo, pues Sántrich era considerado como un objetivo de alto valor por las autoridades norteamericanas.

Las agencias del orden en Estados Unidos, especialmente la DEA, toman atenta nota de las personas que justifican, encubren, alientan o hacen apología de capos de la mafia como efectivamente era Sántrich, por cuya cabeza se ofrecía la multimillonaria recompensa de U$10 millones de dólares.

La CIA, por su parte, tiene una dependencia denominada ‘Crime and Narcotics Center’ que tiene, entre otras muchas, la función de descubrir las amenazas internacionales en materia de narcotráfico para efectos de pasar la información recopilada a entidades domésticas como el FBI y la DEA. Entre los objetivos se encuentra la identificación de personas, de todos los niveles, que se presten para proteger, así sea comunicacional, política, social o mediáticamente a los enemigos de la sociedad estadounidense.

A la luz de la ley norteamericana, lo hecho por Jairo Estrada no está dentro del marco de lo permitido y lo pone dentro del radar de las autoridades. Es como si alguna persona, en cualquier lugar del mundo, hubiera escrito un panegírico a favor de Osama Bin Laden, luego de su abatimiento en Paquistán en mayo de 2011, o una apología de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán horas después de que un jurado en una corte federal lo condenara a cadena perpetua.

La gente es libre de opinar, pero nunca a favor de los enemigos públicos del pueblo americano y Sántrich era uno de ellos. Se trataba de un jefe de la mafia que inundó a los Estados Unidos de cocaína. Era buscado por las autoridades para llevarlo ante la justicia, esa misma que tenía pruebas suficientes para enviarlo a una prisión de máxima seguridad por el resto de su vida. Al final, la muerte terminó salvándolo de un encierro perpetuo.

@IrreverentesCol

Publicado: mayo 24 de 2021