Uno de los grandes problemas que Iván Duque heredó del gobierno anterior fue el desmonte que sufrió la exitosa doctrina militar que se consolidó con ocasión de la política de Seguridad Democrática. En aras de complacer a sus conmilitones de las Farc, Santos defenestró a una generación de oficiales con la experiencia y el talante para enfrentar en el campo de batalla a los terroristas. 

Hubo que empezar de ceros. A las dificultades con las que se encontró el nuevo gobierno se sumó la errática gestión del primer ministro de Defensa, Guillermo Botero Nieto funcionario que realmente no estuvo a la altura de la responsabilidad delegada. Fue reemplazado por Carlos Holmes Trujillo quien no logró ver materializado la profunda reorganización que puso en marcha desde el mismo instante en que pasó de la Cancillería a liderar la política de defensa y seguridad nacional. 

Las críticas contra el presidente de la República han sido bestiales, siempre desproporcionadas, pero sobre todo injustas. Es frustrante que los más feroces ataques que recibe el primer mandatario provienen, precisamente, de gentes que son de su propio partido o corriente ideológica. 

Muchos no le perdonan que, cuando se presentó el caso de Sántrich, no hubiera ordenado su extradición. Aquel es un debate en el que las pasiones eclipsaron a la sensatez. El presidente de la República, cuando la corte suprema ordenó la liberación de ese capo del narcotráfico, no contaba con las facultades legales para firmar la resolución de extradición. Aquel proceso es claro y las normas son inequívocas. El jefe de gobierno discrecionalmente puede conceder una extradición, siempre y cuando la sala penal de la corte suprema previamente haya emitido la respectiva confirmación de que el proceso cumple todas las formalidades. 

Es rocambolesco que personas que se dicen defensoras del Estado de Derecho y promotoras de la legalidad, fustiguen al presidente por no haber violado la ley (¡!).

En el debate presidencial que adelanta el Centro Democrático, hay por lo menos dos precandidatos -no es del caso mencionarlos- que durante los más de tres años de gobierno no han desaprovechado oportunidad para lanzarle dardos a la administración. Seguramente le apuestan a construir una opción política sobre las ruinas del gobierno. No es muy claro que la jugada sea eficaz, pues al final del día los electores, además de evaluar individualmente al presidente Duque, revisarán al uribismo como un todo. El fracaso de él, significará el naufragio de todos.

Confunden las buenas maneras y el temperamento reposado y sereno de Duque con debilidad. Si algo se puede confirmar de este gobierno es la contundencia con la que se ha enfrentado al crimen organizado. Sin contemplaciones con los criminales, sin ponerse de rodillas frente al terrorismo ofreciendo diálogos claudicantes. Desde el primer momento las reglas han sido claras: para hablar, primero hay que cesar el terrorismo. 

Santos permitió que los cabecillas del ELN estuvieran en Cuba. Duque suspendió las conversaciones con esos asesinos y ordenó su captura a través de Interpol. Los socialcomunistas, comenzando por el temible senador de las Farc Iván Cepeda, alias ‘Don Iván’, se volcaron a reclamar “garantías” para los jefes de ese grupo ilegal. El presidente se ha mantenido firme en su exigencia al gobierno cubano para que los entregue a las autoridades judiciales de Colombia. Punto. 

Las grandes operaciones contra el terrorismo no se hacen en un abrir y cerrar de ojos. La gestación de muchas de ellas toma mucho tiempo. Es el caso de Jaque, plan que redundó en la liberación de 15 secuestrados, entre ellos la excandidata Íngrid Betancourt. Para el buen suceso de esa acción, el Ejército tardó meses interceptando a las Farc y entrenando a los héroes que participaron en ella.

Lo mismo sucedió con Fénix, donde se dio de baja al terrorista alias Raúl Reyes y las otras que permitieron dar de baja a Alfonso Cano el mono Jojoy. Estas últimas, por ejemplo, empezaron a trazarse durante el gobierno del presidente Uribe y fueron ejecutadas durante el periodo de Santos. 

Las estrategias de seguridad bien pueden ser vistas como una escalera. Cada peldaño coronado, facilita el ascenso hasta arribar a la cima. A la captura del narcoterrorista alias Otoniel no se llegó por un golpe de suerte. Fue el resultado de un proceso que comenzó el 7 de agosto de 2018, cuando el presidente Duque impartió la orden de acabar con la estructura que comandaba ese peligroso criminal. La desarticulación fue gradual, golpeando personas clave de la organización, hasta llegar a un punto de no retorno. Otoniel tenía los días contados. Estaba solo, perfectamente aislado y con muchísimas dificultades para movilizarse. Aquel sujeto, que llevaba toda su vida en el monte, perdió la partida. Salvo que la corte suprema -esa que muchas veces se pone del lado de los delincuentes- lo impida, Otoniel será extraditado y terminará su vida en un calabozo en los Estados Unidos, respondiendo por el tráfico de más de 500 toneladas de cocaína.

No. Iván Duque no ha sido un gobernante débil frente a los terroristas. Los ha enfrentado con ardentía y sin vacilaciones. Para mostrar fortaleza no es necesario lanzar alaridos ni proferir baladronadas. Harry Truman era un hombre absolutamente tranquilo y sereno. Muchos de sus críticos aseguraban que él no tenía el talante para defender a los Estados Unidos en la etapa final de la Segunda Guerra Mundial. Su prejuicio reñía con la realidad. A Truman no le tembló el pulso para ordenar el lanzamiento de sendas bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Gracias a ello, la democracia y la libertad prevalecieron. 

@IrreverentesCol

Publicado: octubre 24 de 2021