Los últimos acontecimientos, en los que el candidato chavista Gustavo Petro literalmente se inventó un supuesto complot que culminaría en su asesinato en la ciudad de Cúcuta, dan fe del estilo peligroso de ese aspirante.

De manera irresponsable y temeraria, Petro y sus principales seguidores aseveraron que existía un plan criminal en el que estarían involucrados algunos miembros de la policía.

Para generar caos y confusión, Petro aseveró en los medios de comunicación que la camioneta en la que se transportaba en Cúcuta había recibido impactos de bala. Esa teoría fue desmontada de forma tajante por el CTI de la fiscalía, entidad que después de hacer un riguroso examen científico determinó que las abolladuras en la carrocería y los daños en los vidrios del vehículo en cuestión no fueron consecuencia de armas de fuego.

Petro, que sabe como pocos de asuntos bélicos por su experiencia en el crimen y el terrorismo, lo debía saber desde el primer momento, pero equivocadamente resolvió recrear un atentado para victimizarse y llamar la atención de los medios de comunicación.

Su espectáculo lo llevó al extremo inaudito de anunciar que golpearía las puertas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington. ¿Se atreverá a sostener en esa comisión las mentiras que ha dicho en Colombia?

Petro, como en su momento lo hizo Chávez, ve complots, atentados y conjuras en todas las esquinas. El desaparecido tirano venezolano, para mantenerse en el poder, llenó de miedo a su pueblo, alertándolo sobre inminentes invasiones “imperialistas” que solo existían en su imaginación.

Petro está repitiendo la lección al pie de la letra. Exacerba los ánimos de sus seguidores, aseverándoles que las “mafias” quieren impedir su ascenso al poder. Su objetivo resulta evidente: radicalizar la polarización que hay en el país, alentando la lucha de clases.

Petro gobernó a Bogotá estimulando el odio hacia “los ricos”. Cuando su gobernabilidad estaba en aprietos, llenaba la Plaza de Bolívar de seguidores suyos, ante quienes pronunciaba discursos incendiarios, debidamente cobijados con el slogan de la “Bogotá Humana”.

Ahora, como candidato presidencial, se ha dedicado a promover el odio a lo largo y ancho del país. Cuando se le cuestiona, se limita a negarlo, respondiendo que la suya es una “política del amor”. Recrear atentados terroristas, amenazar con expropiar la tierra, señalar temerariamente a los banqueros y descalificar a la policía nacional, es una actitud que se encuentra en las antípodas del amor.

El modelo de país de Petro es totalmente regresivo y antidemocrático. Una sociedad progresa cuando sus líderes fomentan la vida en concordia, respetando el régimen de libertades humanas y estimulando el progreso económico a través del libre mercado.

Basta con mirar lo sucedido en Venezuela, país en el que en tan solo 20 años la economía fue destruida y su débil democracia aplastada. Pasarán muchas décadas para que aquella nación vuelva a observar unos niveles mínimos de libertad y progreso.

Al modelo de Petro, que es el de Chávez, se enfrenta la posibilidad de un gobierno transparente, concentrado en lo fundamental: el estímulo de la empresa privada, la generación de empleos, el fortalecimiento democrático, la lucha frontal contra la corrupción y la politiquería y el desmonte de los acuerdos con las Farc que lesionan gravemente a la democracia.

El país, literalmente, se verá avocado a escoger entre la libertad y el yugo del socialismo del siglo XXI. No hay que ir muy lejos para saber lo que nos puede suceder en un gobierno populista y retardatario encabezado por el revoltoso y paranoico Gustavo Petro y el modelo de libertad y progreso que ofrece la coalición del NO que el próximo domingo designará a su candidato presidencial y que según todas las encuestas sería el aspirante uribista, Iván Duque.

Así pues, el desafío es el de impedir que nuestra menoscabada democracia termine en manos de Petro, quien evidentemente terminará de hundirla en el fango socialista al que fue introducida por Juan Manuel Santos.

@IrreverentesCol

Publicado: marzo 7 de 2018