Desde alguna montaña de Colombia, el expresidente Juan Manuel Santos grabó un video en el que destacó el segundo aniversario de la firma de lo que él llama “la paz con las Farc”. En dicha grabación de menos de un minuto y en la que se nota que estaba leyendo un libreto, Santos destacó que supuestamente “la paz de Colombia sigue siendo la mejor noticia para el mundo”.

¿Cuál paz se pregunta la mayoría ciudadana? No hay que olvidar que el acuerdo celebrado con la banda criminal que comanda alias Timochenko es espurio, pues Santos en vez de aceptar el veredicto democrático del plebiscito, optó por maquillar el acuerdo e introducirlo a las malas, con la aprobación de un congreso mayoritariamente sobornado por la tristemente célebre mermelada.

El negociador de Santos, Humberto De la Calle, un politiquero que creyó que entregándole el Estado de derecho al terrorismo abonaría el terreno para ser presidente de la República, aseguró que lo acordado en La Habana, era el mejor acuerdo posible. ¿Qué entiende De la calle por “mejor”? ¿Que Sántrich pudiera seguir inundando al planeta Tierra con clorhidrato de cocaína? ¿Que las Farc pudieran seguir tan campantes por todo el país, sin reparar a sus víctimas? El veredicto popular no deja espacio para las dudas. En la primera vuelta presidencial, De La Calle obtuvo el 2.06% de los votos, el resultado más bajo de la historia del partido Liberal, colectividad que avaló su aspiración.

No hay que llamarse a engaños. Colombia no está en paz, ni Santos hizo la paz. Él tranzó con los cabecillas de una banda de mafiosos quienes recibieron inmerecidas prebendas, mientras que el grueso de sus subalternos continuaron en la ilegalidad, disfrazados de “disidentes”.

Nadie sabe cuáles son las armas que las Farc le entregaron a la ONU. ¿Fueron todas, o solamente devolvieron las que estaban en estado de obsolescencia?

Las víctimas de las Farc han sido desoídas, maltratadas, vilipendiadas. Son sometidas a una gran humillación cuando ven a sus victimarios impunes, paseándose por todo el país, sin haber recibido la más mínima sanción, ni haber sido obligados a pedir perdón por sus atrocidades.

El acuerdo entre Santos y las Farc quedó mal concebido. Compromete recursos con los que no cuenta el Estado, motivo por el que es insostenible en el tiempo. Fue totalmente irresponsable diseñar un acuerdo que obliga al tesoro público a desembolsar ingentes sumas de dinero para satisfacer la vanidad de los terroristas. No es admisible que además de mantener intacta su fortuna, los desmovilizados de las Farc reciban ríos de dinero cuyo origen es el erario.

Santos impuso su acuerdo en contra de la voluntad popular, desconoció el sentir de la ciudadanía que quiere la paz, pero no de la forma equivocada como se hizo, pues lo acordado con Timochenko favorece únicamente a los máximos responsables de delitos de lesa humanidad y no se preocupa por garantizar la seguridad en las regiones, ni la presencia estatal efectiva en aquellos lugares que han sido afectados por las dinámicas violentas.

La firma del acuerdo ilegítimo en el teatro Colón de Bogotá posiblemente le solucionó los problemas judiciales a los peores genocidas de nuestra historia, como Timochenko, Pablo Catatumbo o Carlos Antonio Lozada, pero dejó irremediablemente fraccionada a la sociedad colombiana. Aquel no fue un acuerdo de paz, sino un abusivo pacto de impunidad que permitió que muchos de los cabecillas de las Farc pudieran seguir delinquiendo.

No se entiende qué es lo que celebra Juan Manuel Santos, si dos de los cabecillas más peligrosos de las Farc, Iván Márquez y El Paisa, están en condición de fugitivos, traficando cocaína y seguramente comandando hombres armados de las mal llamadas “disidencias”.

Si algo hay que conmemorar por estos días, es el segundo aniversario de una de las peores iniquidades cometidas en nuestra historia republicana: el acuerdo de impunidad que Santos le obsequió a los terroristas de las Farc.

@IrreverentesCol

Publicado: noviembre 27 de 2018