Luego del plebiscito, la palomita blanca, inocente figura de la solapa presidencial, acaba de regresar a su palomar.

Las cosas que comienzan al revés terminan en un revés. Los resultados del referendo en el día de ayer cambian la correlación de fuerzas políticas del país con respecto al tema de la paz. Sin embargo el hecho en comento tiene efectos que se reflejarían en las elecciones presidenciales de 2018, en lo que respecta al cercano futuro. En el inmediato tiempo para la política interior es satisfactorio el pronunciamiento de las partes. El discurso de Santos al comenzar la noche (la horrible noche de la cual habló en el tinglado de Cartagena hace una semana donde se sentía el aire triunfalista y se firmaba un acuerdo con un bolígrafo engastado en un casquillo de bala de ametralladora), Santos, repito, expresó la necesidad de convocar a una alianza más amplia e incluyente por la paz. El líder de las Farc, a más de su desilusión marcada en el tono, mantuvo la propuesta de paz y ratificó el propósito de alcanzarla. El expresidente Uribe, sin aspavientos, señaló el camino de un pacto entre todos los colombianos, porque la paz es de todos, pero sin trampas ni capitulaciones, decimos nosotros.

Así pues, queda un sabor de intenciones patrióticas de los líderes del debate plebiscitario. Con una nueva y sorprendente reivindicación de Uribe y de los dirigentes distintos a él que también estuvieron por el No, como Jaime Castro, Marta Lucía Ramírez y el expresidente Pastrana. Contrasta la serenidad de los altos dirigentes con la andanada glandular y desafiante de una senadora del Partido Verde (que se quedó biche) contra los ganadores del no. ¡Cívica y tolerante la niña del sí!

¿Quién pagará los trastos rotos en esta procesión de pretenciosas metas a costa del erario público? EL Presidente Santos debería rendir cuentas al Contralor y, sobre todo, a la comunidad, salvo que se esté gastado por adelantado los centavos o limosnas del posconflicto, donadas por los países amigos del acuerdo, acuerdo que no han leído ni leerán. El país de la fantasía que exportamos vía “solución del conflicto armado o guerra civil”, cincelado por la Canciller Holguín y María Emma Mejía, ha quedado desnudo como el cuento del rey. La diplomacia colombiana anda a toda máquina porque el Nobel ya se perdió. La Ministra de Relaciones Exteriores  debe estar viajando a la ONU y por toda A. L. recogiendo un documento derrotado y que indujo a error a tantos presidentes y jefes de estado, (menos a Maduro) así como al Secretario General de la ONU y al mismísimo Papa de Roma, a quien están desplumando a su paloma de congregación.

Es el momento de decir que, así como hubo sacerdotes y párrocos de la base eclesial católica que estuvieron por el no, la Iglesia del cardenalato y de casi todos los obispos estuvieron al servicio del gobierno, del acuerdo y del sí, con el agravante de tener como jefe de debate por el sí al jesuita Francisco de Roux, provincial de la compañía  de Loyola y quien dedicó sus oraciones, homilías y discursos a defender el sí, con la misma intensidad que su Santo Patrono, el Presidente.

La palomita blanca, inocente figura de la solapa presidencial, acaba de regresar a su palomar. Perdió el rumbo de su mensajería colombófila y tendrá que volver a ser cucurrucucú paloma como el ave de la canción mexicana y decirle que no llore, que el rapto no va más. Al fin y al cabo la culpa es de Santos y Timochenko que  la secuestraron del palomar.