Debo reconocer –como todos los colombianos– que en mis cuentas no estaba la excelente votación que el domingo pasado obtuvo el candidato Sergio Fajardo.

Casi 4,6 millones de sufragios fue un resultado de ensueño para el exgobernador de Antioquia y exalcalde de Medellín. Si Fajardo hubiera hecho campaña en la Costa Caribe, y escogido mejor su fórmula vicepresidencial –que no le pone un voto, pero sí le quita–, seguro que en este momento sería el finalista para la segunda vuelta presidencial junto al doctor Iván Duque.

Pero bueno, los colombianos escogieron el domingo y creo que escogieron bien, al menos en un 50%. La victoria aplastante de Duque sobre Gustavo Petro fue una muestra clara de que en Colombia no queremos vivir como en Venezuela. Fue una muestra evidente de que aquí no queremos tener como gobernante a una fotocopia de Hugo Chávez o de Nicolás Maduro. Fue una muestra contundente de que los colombianos amamos la democracia y, por consiguiente, detestamos todo lo que tenga que ver con socialismos y comunismos y Castros y Ortegas y Chávez y Maduros y Diosdados y Correas y Lulas y Dilmas y Kirchners y Evos.

El triunfo de Duque, adicionalmente, es una derrota para el peor gobierno de la historia de Colombia. El tartufo Juan Manuel Santos debe estar de muerte. Qué pensarán de él en el exterior. Me explico: un Premio Nobel de Paz y hacedor de un proceso de negociación con la guerrilla al que el Pueblo colombiano le tira la puerta en la cara. Y se la tiró por falso, tumbador y mentiroso. Se la tiró porque en el plebiscito del 2 de octubre de 2016 se sintió robado. Todo un “estadista” como Santos sintiéndose por encima del Pueblo. Eso solo nos pasa a los colombianos.

De mi parte, he sentido en el alma lo sucedido con Germán Vargas Lleras. Yo voté por él porque –para mi gusto– tenía las mejores propuestas para el país. De todos modos, yo era consciente de que todas las encuestas no podían estar equivocadas. Y a Vargas ninguna le favorecía. Vargas se hundió por su lealtad con Santos. Lástima que un hombre de su estatura política –léase Vargas– no hubiera entendido que nunca le debió haber aceptado el cargo de vicepresidente al llamado Judas del siglo XXI. Vargas tenía y tiene la suficiente polenta para moverse sin la ayuda de un petardo como Santos.

Vargas, después de lo que pasó el domingo, tiene que entender que la política colombiana cambió y que si quiere ser jefe de Estado debe contar con el visto bueno de quien desde hace 20 años mueve los votos en el país. Álvaro Uribe fue ocho años presidente de Colombia. En 2010, ese mismo Uribe, hizo un milagro como los de Fátima o Lourdes: logró que un tal Santos fuera presidente pese a que en su vida no había sido siquiera edil de Usaquén. En 2014, también Uribe, puso los votos para que el exministro Óscar Iván Zuluaga fuera gobernante; no obstante, Santos como candidato-presidente hizo un fraude del tamaño de una catedral. Y ahora Uribe lleva de la mano a la Casa de Nariño a Duque. Quien niegue esa parte de la historia o es un ciego o es un necio o es las dos cosas a la vez.

Si Dios me da vida, no tengo duda de que votaré por el doctor Duque en segunda vuelta. Por Petro no votaría ni para los cuadros de la guerrilla ni para el concejo de Ciénaga de Oro. Duque, en cambio, es un demócrata. Duque es un hombre preparadísimo al que le cabe el país en la cabeza. Duque es un político que no nos defraudará.

“Pero (Duque) está muy joven”, me han dicho varios de mis amigos al hacer notar que solo tiene 41 años. Mi respuesta para ellos ha sido la misma siempre: a los 36 años Simón Bolívar ya les había dado la libertad a seis naciones –incluida Panamá.

Otros conocidos me han hablado de la posibilidad de que Duque, como lo hizo Santos, traicione a Uribe. Mi argumento para ellos: a nadie se puede comparar con Santos porque este sujeto es, ante todo, un pésimo ser humano, un hombre que es capaz de traicionar a su propia familia y un individuo sin escrúpulos que ha mentido y miente en todos los escenarios de su vida.             

@CancinoAbog

Publicado: mayo 31 de 2018