Humberto de La Calle, el que negoció la rendición del Estado, monta su candidatura presidencial generando odio hacia el uribismo.

Humberto de La Calle, a sus más cercanos amigos les repite una y otra vez que él es “un ave tormenta”, dando a entender que, a pesar de los cambios pendulares de la política, él ha podido mantenerse vigente –léase, con puestos y contratos- en los diferentes gobiernos, desde 1990, cuando César Gaviria lo nombró como ministro de Gobierno –hoy Interior-.

Aquel no fue su primer cargo. En 1982, a los 36 años, fue nombrado como registrador nacional del estado civil. Luego, con ocasión de la toma del palacio de Justicia y posterior asesinato de sus magistrados, De la Calle fue nombrado de manera temporal en la sala de casación penal, mientras fueron designados los nuevos integrantes de la corte suprema de justicia.

En 1993, figuró como precandidato liberal a la presidencia. Samper, apoyado por el narcotráfico, ganó la consulta, pero le ofreció ser su vicepresidente. De la Calle no dudó un instante en aceptar y se prestó para ser su fórmula. El, tan minucioso en su cosas, tan dedicado a los detalles para evitar que algo importante se le pase por el enfrente sin detectarlo, no sintió el monumental estruendo que causó el ingreso de miles de millones de pesos de la mafia para financiar dicha campaña.

De la Calle no vio ni oyó nada. Cuando se descubrió que el proceso 8000 podía enlodarlo, en un gesto de fingida indignación, renunció a la vicepresidencia.

Vino el gobierno de Pastrana. Se hizo nombrar embajador de Colombia en Inglaterra. En medio de una gran crisis que amenazaba con tumbar al presidente, De la Calle se movió con astucia y logró ser llamado a Bogotá para asumir como ministro del Interior.

Así, configuraba un triple salto mortal: de gavirista, pasó a ser samperista y luego pastranista; todo “un ave de tormenta”.

Con Uribe no le fue muy bien, pero igual debía sacarle algo al gobierno de turno. Dado que para él no hubo nombramiento, su esposa Rosalba hizo de las suyas para que se le designara en un importante cargo en la embajada de Colombia en España. La señora quería estar cerca de una de sus hijas que estudiaba en Madrid. Aquel motivo fue suficiente para lagartear el puesto.

Designado como negociador de Santos con las Farc, De la Calle se empleó a fondo en el proceso. A pesar de estar vigente en los últimos gobiernos, aún le faltaba llegar a la cima: la presidencia de Colombia. Descubrió que en La Habana podía estar el peldaño que debía escalar. No negoció pensando en los intereses supremos de Colombia, sino en función de sus desmedidos anhelos de poder.

Lo de él no fue un gesto de grandeza, generosidad y desprendimiento hacia Colombia. Si así hubiera sido, al otro día de la firma del acuerdo final se habría largado para siempre de la escena política. No fue así.

Durante la campaña del plebiscito, De la Calle amedrentó a la ciudadanía, metiéndole miedo a la gente y amenazando con guerra si el NO ganaba en las urnas. Aseguró que de perderse el plebiscito “no hay acuerdo y el proceso de paz se acaba”.

A pesar de las amenazas, el pueblo que mayoritariamente estaba en contra de algunos aspectos del acuerdo, votó mayoritariamente por el NO.

El proceso no se acabó como había aseverado el negociador De la Calle, sino que continuó y él, como parte interesada, promovió el robo que se le hizo a la democracia.

Ahora, cuando todo está consumado, De la Calle cocina a fuego lento su candidatura presidencial. Advierte que el país no puede permitir el triunfo del candidato presidencial del Centro Democrático. Según él, el futuro presidente del uribismo “acabará” con el proceso de paz.

Como siempre, está mintiendo. En el Centro Democrático nunca se ha dicho que se va a acabar con el proceso. Al contrario. Se ha manifestado que hay aspectos del acuerdo que resultan inaceptables y que deben ser cambiados. Pero hay otros que no generan reparo, como son la concentración de guerrilleros –que debe ser efectiva y verificada-, el desarme –cumpliendo protocolos reales como la revisión de los números de serie de las armas y un inventario detallado de las mismas- y la desmovilización.

De la Calle ha planteado un desafío interesante en el sentido de que el próximo presidente o es él o son los opositores. Aquellos que el 2 de octubre del año pasado votaron NO en el plebiscito, tendrán una bella oportunidad en las próximas elecciones presidenciales para poner en su sitio al “ave de tormenta” que ferió la democracia colombiana, pensando en sus intereses políticos.

@IrreverentesCol

Publicado: marzo 29 de 2017