La preocupación más profunda del ideólogo y político Álvaro Gómez H. (q.e.p.d), fue la pobreza que azotaba a Colombia, por eso como buen visionario, defensor de las tradiciones dentro de la modernidad, propuso una revolución que aún no se ha visto en Colombia, una revolución que transferiría un poder y una libertad real a los colombianos, una revolución que no se gestaba sobre el odio, ni cabalgaba sobre el resentimiento, esa revolución que como él bien lo decía:  “Mi Revolución es del Desarrollo”.

Desarrollo que requiere inmensas inyecciones de inversión privada. Desarrollo de grandes empresas agrícolas. Desarrollo con menores impuestos, en un Estado que estimule su pago y cuyos resultados se vean reflejados en el bienestar general. Desarrollo de infraestructuras, vías terciarias, trenes, aeropuertos. Desarrollo con menos trámites y regulaciones. Desarrollo que nos convierta en un país exportador. Desarrollo que sirve para que nos matemos menos, vivamos más tiempo y vivamos mejor.

Restablecer el imperio de la ley es fundamental para lograr los fines de esta revolución, así como atraer capitales extranjeros para impulsar la productividad. La visión tiene que ser de cambio y esfuerzo decidido para sacar a nuestro país del atraso y la pobreza, se trata de elevar las condiciones de vida de los colombianos, no de nivelar por lo bajo. Si no exportamos ni crecemos por encima del 4%, no estamos haciendo nada.

En Colombia se crean más de 300.000 empresas al año con una tasa de supervivencia de menos del 30%, en su mayoría son micro, pequeñas y medianas empresas que entre las aguas de la regulación innecesaria, la burocracia inoperante y los impuestos confiscatorios, se ahogan con gran facilidad. A eso, hay que sumarle que el sistema educativo colombiano no está dando la talla, por ejemplo, en la formación en temas fundamentales como el manejo de finanzas y presupuestos básicos. También falta mayor mano de obra calificada que permita sacar adelante emprendimientos que generen riqueza. Quienes se oponen a esta revolución, dicen que hay que nacionalizar y estatizar muchos bienes y servicios, como si el Estado no existiera. Claro que el estado tiene un papel insustituible, pero tiene que procurar ser eficiente para garantizar la libertad de los ciudadanos, no al contrario.

Resulta que el crecimiento económico no solo hace que vivamos más tiempo, en los sesenta la esperanza de vida estaba por los 52 años y hoy ha llegado a los 72, sino que también permite que vivamos mejor, hace exactamente 200 años cerca del 85% del mundo se encontraba en la pobreza, hoy las tasas son inferiores al 20%. Cada vez más personas pueden acceder a más servicios como internet, agua potable, transporte público, comidas refrigeradas, música online y películas en la sala de sus casas o en sus celulares, lujos que jamás hubiese imaginado un emperador romano. Pero por si esto fuera poco, esto ha logrado la disminución de los índices de criminalidad, en 1990 cuando Colombia abrió su economía, la tasa de homicidios se ubicaba en 72 personas por cada 100.000 habitantes, treinta años después esa cifra es inferior a 25 personas por el mismo número de habitantes, un descenso del 65% que coincide con un PIB que se ha multiplicado por 7 en ese periodo de tiempo, entre otras razones, gracias a la mencionada apertura económica y a las políticas de seguridad democrática y confianza inversionista.

Aún nos falta mucho. Creemos que la manera de aumentar el gasto público es incrementando los impuestos, como si los empresarios no estuvieran asfixiados. Deberíamos enfocarnos en combatir la evasión y profundizar la bancarización para así poder bajar tarifas a medida que aumentamos el recaudo para que los empresarios puedan generas más empleo e invertir en I+D. Teniendo caja disponible, el gobierno puede conseguir mejor financiación para invertir en infraestructura. Claro que todo esto suena fácil, pero tiene su grado de complejidad, se necesita más pasión (voluntad política) y más técnica.

Pero el desarrollo no se reduce al gasto público, aunque países como Japón han logrado unos niveles de desarrollo muy importantes con la construcción de infraestructura, también han entendido que el Estado jamás será alternativa para la sociedad civil, de hecho sus ciudadanos tienen grandes libertades, que combinadas con su cultura y disciplina, han logrado una economía basada en la innovación, con empresas como Sony, Toyota, Honda, Konami y otras miles. La fórmula para el crecimiento de esta gran potencia mundial, ha sido la combinación de gasto público intensivo, financiado con deuda por encima de impuestos, libertad económica con disciplina y alto enfoque en resultados, investigación y desarrollo.

No tuve el honor de conocer a Álvaro Gómez, cuando el régimen lo asesinó para agonía de nuestro país, yo tenía tres años, apenas hablaba. Murió quizá el pensador político más importante de la historia reciente de Colombia, culto, transparente y con una dialéctica privilegiada por su profesión de periodista y por las largas jornadas de lectura que dedicaba para saciar su apetito intelectual.

Mi papá, Roberto Camacho W quien fuera su ahijado y pupilo político, nos enseñaba que la política era la “herramienta del bien común” y que para hacer funcionar esa herramienta había que “ponerle academia”. Traigo a colación este talante que compartían para que nos pongamos de acuerdo sobre lo fundamental: Una revolución para el Desarrollo. Algunos de nuestros políticos prefieren el camino más fácil, saben que es más rentable electoralmente comprar personas que convencerlas, en vez de prepararse para facilitar el ejercicio de los derechos ciudadanos, recuperando la justicia y haciendo un control político eficaz a los gobiernos para que faciliten el emprendimiento, logrando desarrollo para una mejor vida en sociedad.

@JuanPCamachoS

Publicado: mayo 22 de 2020