El próximo miércoles 24 de mayo se cierra el plazo para presentar proyectos de innovación social y competir por una bolsa multimillonaria de recursos que Google pone a disposción de entidades benéficas de 5 países latinoamericanos, entre ellos Colombia: Innovación con impacto social.

La buena noticia es que habrá 3 proyectos premiados por cada país con una financiación de 350.000 dólares cada uno, la mala es que en Colombia aún estamos lejos de entender y afianzar ampliamente el concepto de innovación social.  Lo digo por experiencia, llevo varios días con un grupo de estudiantes de un semestre avanzado, de una prestigiosa universidad de Bogotá, tratando de definir cuál sería una buena propuesta para presentar a la convocatoría y debo reconocer que han sido más los tropiezos que los avances.

Existen dos fallas estructurales en todo esto que saltán a la vista cada vez que se abordan estos temas, pero que nos negamos a resolver: 1) La paupérrima inversión de Colombia en ciencia y tecnología (la inversión pública a duras penas alcanza el 0,5% del PIB y pretendemos llegar al 1% en 2018, según explicó recientemente el Departamento de Planeación Nacional); y 2) La educación en el país, en todos los niveles, no promueve ni incentiva suficientemente la creatividad y el emprendimiento.

Paises como el nuestro deberían ser la cuna de la innovación social.  Problemas que en otras latitudes están practicamente resueltos como el hambre, el acceso precario a servicios públicos y la calidad deficiente de la atención en educación y salud, deberían encontrar en las nuevas tecnologías la oportunidad perfecta para cerrar la brecha que tenemos frente a sociedades más avanzadas.  Lamentablemente no sucede así y la brecha, en lugar de cerrarse, tiende a profundizarse.

El problema de fondo puede ser de escala.  Para todos los problemas del país, los colombianos tenemos mega o macrorrelatos que no aportan lo más mínimo al entendimiento de realidades y, mucho menos, al planteamiento de soluciones.  Razón tiene Benjamín Barber cuando sostiene que son los alcaldes de los niveles subnacionales del Estado, y no los presidentes o primeros ministros, los llamados en el siglo XXI a gobernar el mundo.

Debemos conocer en profundidad nuestros territorios y comunidades para diseñar estrategias innovadoras y diferenciadas de desarrollo.  El desafío que le he planteado a mis estudiantes, y que espero logremos poner a consideranción de Google en esta oportunidad, es escudriñar un microterritorio conocido como el “Corazón de la Mariposa” en Bogotá y diseñar una apuesta innovadora de desarrollo para las familias que allí residen.

La pregunta que surge, parafraseando a un notable matemático del siglo pasado, es: ¿puede el aleteo de una mariposa en Bogotá producir un tornado en el mundo entero?  Digo que sí.

@jjUscategui

Publicado: mayo 22 de 2017