Al llegar a la residencia del aquel patriarca olvidado, en el barrio El Prado, fui recibido con un fuerte abrazo de Gloria, su abnegada esposa; me agradeció con devoción el estar ahí. Hacía ya más de un año que nadie lo visitaba: el esplendor y el reconocimiento del pasado se fueron diluyendo, con el transcurrir del tiempo, y los recuerdos propios y ajenos se esfumaron, se los llevó -como suele pasar- uno a uno el viento.

Alfredo De La Espriella fue un referente importante para mí: de niño, escuchaba los cuentos maravillosos sobre un pariente renacentista, irreverente y surrealista, que además de gran historiador, cronista y periodista (este último oficio lo estudió en Buenos Aires y Madrid), escribía obras de teatro, que también dirigía; fundó la Universidad Autónoma del Caribe, junto a su gran amigo Mario Ceballos, y que, para acabar de completar, fue “bautizado” por el mismísimo Gabriel García Márquez, con el rimbombante nombre de “el oráculo de Barranquilla”, porque no había nadie que conociera la historia de “Curramba” tanto como él. Su amor por la Arenosa lo impulsó a crear en el año de 1983 el Museo Romántico, un lugar mágico, que nació como reconocimiento y homenaje a Barranquilla, precisamente para rendirle tributo a la cultura y a la tradición de esa maravillosa ciudad.

Durante muchos años, De La Espriella redactó, con maestría y picardía, el Bando, una clase de “decreto real” que da a conocer el nombre de la soberana de la fiesta popular más importante de Colombia, el Carnaval de Barranquilla, del cual era una especie de guardián, cultor y protector. Todas las actividades culturales las combinaba con artículos para periódicos como El Tiempo, El Heraldo y La Prensa, entre otros. “El periodismo es un ejercicio de la cultura, un servicio de la comunicación social”, solía decir. Algo bueno tiene el que uno esté absorto en un “universo paralelo”; por lo menos así no se da cuenta de la decadencia que rodea esa actividad, otrora decente y preocupada por la comunidad.

En una mecedora, viendo por la ventana en lontananza, como quien observa un barco que parte para no volver, estaba sentado el gran Alfredo De La Espriella, con 93 primaveras encima, rodeado de libros y recuerdos que daban cuenta de la gloria que un día tuvo: fotos con expresidentes y gentes importantes, condecoraciones a granel, títulos honoríficos de varias claustros universitarios y retratos de las innumerables recepciones y encuentros en los que fue el alma de la fiesta, por su personalidad arrolladora y repentista. Todo ese esplendor se ha ido para siempre, junto con su memoria: Alfredo no reconoce a nadie y carece de recuerdos cercanos, solo hay una cosa que sigue intacta en su mente: la historia de Barranquilla; sobre ese hito conversamos plácidamente durante una hora, mientras él devoraba como un niño un pastel de chocolate que le llevé. Increíblemente y pese a la enfermedad que lo aqueja, Barranquilla sigue indeleble en el corazón y la cabeza de Alfredo De La Espriella: no me cabe duda de que la ciudad es su verdadero gran amor.

El Museo Romántico funcionaba en una vieja casona republicana de El Prado, constaba de varias salas y espacios relativos a la historia de la Arenosa y el departamento del Atlántico. Allí uno podía encontrar desde la máquina Remington con la que escribía sus novelas Gabo, hasta un baúl del libertador Simón Bolívar y los primeros registros del inicio del Carnaval. El Estado le dio la espalda al esfuerzo de Alfredo De La Espriella, y hace casi dos años el museo debió ser clausurado, por falta de recursos para su funcionamiento. “Alfredo le dedicó su vida al museo, y lo dejaron tirado después de tanta dedicación y amor. No salía de ahí nunca: el museo era todo para él; le dedicaba más atención que a nuestra propia hija. Tanto esfuerzo para nada; hasta la sede nos quitaron”, me dijo Gloria, su esposa, con los ojos aguados y una gran tristeza y amargura en sus palabras. “La ingratitud y el olvido flotan densos en el ambiente de esta casa”, pensé.

“Muchacho, ¿sabes una cosa?” -mirándome fijamente antes de despedirnos me dijo el gran Alfredo De La Espriella-: “Barranquilla es la ciudad más importante de Colombia, porque le dio al país tres acontecimientos que cambiaron para siempre su historia: la navegación fluvial por el río Magdalena, la navegación marítima por el Caribe, y la navegación aérea. Barranquilla le dio alas a Colombia, pelao”. “Pienso exactamente lo mismo: el aporte de “Curramba” a la construcción de esta nación es incalculable, y lo que falta”, le señalé con afecto y reverencia.

El encuentro con don Alfredo De La Espriella me ha hecho reflexionar sobre lo siguiente: nos pasamos la vida tratando de ser relevantes o buscando cambiar un mundo que no tiene arreglo, y dándoles importancia la mayoría de las veces a cosas que quizá no lo son tanto, porque olvidamos lo fundamental y nos distraemos con lo accesorio. El ser humano busca de manera irracional ser inmortal y trascender, sin llegar a comprender la fragilidad de la vida y lo efímero de la existencia.

Dedicarle la mayor parte del tiempo a otros menesteres distintos de la familia y los amigos es un craso error, porque, al final del día, sin importar cuánto hagas, cuando caiga el telón y el ineluctable paso del tiempo haga de las suyas, solo seremos recordados por aquellos que nos aman.

La ñapa: No se equivoquen: la indagatoria no es una condena anticipada; es un medio de defensa.

@DELAESPRIELLAE

Publicado: agosto 18 de 2019