Cada día que pasa se descubren nuevas mentiras sobre el proceso de paz entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y la banda de las Farc.

Desde cuando en 2012 el jefe de Estado anunció con bombos y platillos la iniciación de las negociaciones entre su administración y la guerrilla, siempre se nos dijo a los colombianos que el objetivo del proceso de paz era que los herederos de “Tirofijo” dejaran las armas y optaran por el mundo de las ideas y la política.

Desde luego que nadie iba a esperar que “Timochenko” o “Iván Márquez” aparecieran en el Parlamento imitando o superando el verbo encendido de Gaitán, de Alzate Avendaño o de Londoño y Londoño. Cualquiera es solidario con las limitaciones de esos caballeros –“Timo” y “Márquez”–, y tal vez por eso es entendible que hayan escogido el camino del homicidio, del secuestro, del narcotráfico y de la extorsión. Es que al olmo no se le pueden pedir peras. Faltaba más.

Pero lo que nunca nos imaginamos en el país es que de dejación de armas poco y que, por el contrario, a los narcoterroristas les iban a entregar armas amparadas y compañía de seguridad desde la que, seguramente, causarán mucho daño y miedo a la gente de bien.

Doctor Santos: no abuse más de nosotros, no se burle más de la poca paciencia que nos queda: no nos salga ahora con el cuento de que no tiene ningún misterio entregarles armas a más de 1.000 bandidos de las Farc para que sirvan de escoltas. Usted mejor que nadie sabe que vaca ladrona no olvida el portillo.

Imaginémonos unas escenas. Es domingo por la tarde, cielo brillante por el sector de Chía, en Cundinamarca, o por el de Llano Grande, en Antioquia. Decenas de familias de bien, trabajadoras, llegan en sus carros a almorzar, a pasar un rato agradable en un restaurante. Hay niños y también mujeres.

En el mismo sitio imaginario, intempestivamente, hace presencia un otrora integrante del llamado secretariado de las Farc. De entrada, hay un problema: no hay parqueadero para las 10 camionetas blindadas en que llega el ex jefe rebelde. Sus escoltas, más de 30, exhiben sus modernas armas con disimulo y, sin querer queriendo, intimidan a los inermes civiles allí presentes.

Esa es una primera posibilidad de escena en la que, pese a todo, no hubo sangre ni violencia directa. Una segunda escena da cuenta de que el ex comandante guerrillero desciende de su camioneta con sus escoltas armados y, con voz temblorosa por la ira, les dice a los particulares que están en el restaurante: “Ustedes no saben quién soy yo”.

Desde luego que la gente sabe perfectamente quién es el sujeto. Por eso el establecimiento público es desocupado en el acto y el dueño se queda solo con sus nuevos clientes. Al final, y después de beber y comer hasta la saciedad, los tipos armados piden la cuenta y el pobre hombre –también con la voz temblorosa, pero por el miedo– dice que el servicio es una cortesía de la casa y que no deben nada en nombre de la paz de Colombia.

Señor Nobel de Paz 2016: dirá usted que soy un exagerado y que en vez de imaginación tengo delirios. Permítame decirle que no, que infortunadamente tengo razón.

Le cuento por ejemplo que algunos de esos caballeros que eventualmente se pueden aparecer armados a los restaurantes de Chía o Llano Grande eran expertos en reclutar menores de edad para sus filas armadas. Recientemente el estadounidense Marc Gonsalves aseguró que, durante los cinco años que permaneció secuestrado por las Farc, más de la mitad de sus custodios eran niños con fusiles al hombro.

Le cuento más, señor presidente. Cómo le parece que, en julio de 2001, un comando de las Farc asaltó el edificio Miraflores, en Neiva, y se llevó secuestrado a un considerable grupo de personas. Entre los rehenes figuraron doña Gloria Polanco de Losada y sus hijos Jaime Felipe y Juan Sebastián, ambos menores de edad en ese momento.

Con los años los tres fueron liberados, previo pago de gruesas sumas de dinero a la guerrilla. El esposo de la mujer y padre de los dos muchachos, Jaime Losada Perdomo, fue asesinado en 2005, también por las Farc.

Doctor Santos: ¿usted se imagina a los secuestradores de Gloria Polanco y de sus dos hijos y a los asesinos de Jaime Losada portando armas amparadas por la ley? ¿O se imagina a los terroristas que mataron a los diputados de Valle del Cauca con pistolas con salvoconductos? Yo sí me los imagino, pero la verdad es que se me hiela la sangre.

Señor Nobel de Paz: para terminar, le cuento que hace poco a mi oficina fueron dos muchachos hijos de un gran amigo de la casa. Mejor dicho, presidente, gente de bien y muy pobre.

En algún momento de la conversación me comentaron que estaban sin trabajo y que habían oído decir que el gobierno estaba empleando escoltas y con buena paga –$1’800.000 al mes–, que ellos iban a presentar sus hojas de vida porque, aparte de que habían estado en el Ejército, no tenían antecedentes penales.

Me tocó explicarles que esos puestos eran para los desmovilizados de las Farc, y que en este caso el hecho de que ellos (mis dos amigos) no tuvieran antecedentes en vez de ser un honor era una desventaja.

“Ahora sí entiende uno porque nadie quiere a Santos”, me dijeron al unísono.

@CancinoAbog

Publicado: marzo 10 de 2017