Por: David Meza Pretelt

Con el fracaso del proceso con la guerrilla que tomaron más de cuatro años en negociar desde La Habana, son los negociadores los mayores culpables de producir y promover un documento que generó rechazo en la ciudadanía.

Transcurría el año 2012 cuando Juan Manuel Santos decidió revelar que venía adelantando unas negociaciones secretas y a espaldas de los colombianos con el grupo FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), que para ese momento era considerado como terrorista y narcotraficante por la gran mayoría de países y entidades internacionales.

Previo a esto hay un factor en el que no se ha hecho énfasis, ya que para Santos solo fue posible iniciar negociaciones con las FARC, gracias a los acercamientos que en el pasado había hecho Álvaro Uribe a través de su comisionado de paz Frank Pearl, pero que se vieron frustrados en su momento porque el presidente Uribe no toleró el grado de violencia que implementaron las Farc, asesinando incluso un alto oficial de las Fuerzas Armadas en aquel momento.

Con las bases de una voluntad de paz y negociación sentadas por Uribe, Santos decide a través de Frank Pearl y Sergio Jaramillo, asesor de confianza y alto consejero en Palacio de Nariño, dar continuidad a una salida negociada al conflicto a través de conversaciones secretas que fueron denunciadas por Francisco Santos. Jaramillo comprobó que hacía parte de aquel sector que militó en el uribismo durante el gobierno pero luego dio el salto de 180º al santismo.

Jaramillo debe en gran parte su carrera política y en las altas esferas del sector público a Álvaro Uribe y Martha Lucía Ramírez, dos de los más grandes promotores del NO a los acuerdos de la Habana. Empezó como asesor en asuntos de Derechos Humanos para el Ministerio de Defensa de Ramírez y a pesar que participó en la elaboración de las políticas de seguridad democrática, borró con el codo lo que hizo con la mano, ya que fue el artífice también de unos acuerdos llenos de concesiones y prebendas para la guerrilla de las FARC a los que los colombianos este 2 de Octubre le dijeron NO.

Este comportamiento cambiante y traicionero lo llevaría a identificarse con una figura del mismo calado: Juan Manuel Santos. Con él iniciaron trabajando juntos en el Ministerio de de Defensa y ya daba visos de cumplir labores de lavaperros, en situaciones como aquella en la que repartió panfletos entre la prensa desprestigiando al Coronel Hernán Mejía.

Colombia lo ha conocido recientemente como un hombre de paz y entre los áulicos del SI, le fueron dedicadas muchas alabanzas, pero tal vez muchos de los que creen esto deberían echar un vistazo a unos documentos aún más famosos que el fracasado plebiscito, los conocidos Wiki Leaks.

En los Wiki Leaks, aparecieron varios mensajes enviados por William Brownfield, que en ese momento era el embajador de Estados Unidos en Colombia. En uno de ellos afirmaba que: “Jaramillo fue también un interlocutor clave USG, habiendo jugado un papel clave en la negociación del Acuerdo de Cooperación de Defensa y el pendiente despliegue militar colombiano a Afganistán”. Es decir que ese “hombre de paz” al que hoy muchos le piden que no abandone su cargo de negociador, es el artífice de la presencia de soldados colombianos defendiendo a la OTAN (Organización del Tratado Atlántico Norte) y disparando contra rebeldes afganos al otro lado del mundo.

Y eso no fue todo, Brownfield describía a Jaramillo en las comunicaciones publicadas por Wiki Leaks como alguien que se “había centrado en cuestiones de política mundial, como los derechos humanos, la diplomacia pública en contra de las FARC en el exterior, y el Plan Nacional de Consolidación” siendo Jaramillo una figura clave en su momento para mostrar el verdadero rostro narcoterrorista de las FARC a nivel mundial. Para después como comisionado afirmar lo contrario y apoyar el posicionamiento del grupo guerrillero ante la opinión pública, como lo ha hecho en reiteradas entrevistas recientes.

Su paso por la cartera de defensa dejó desazón entre las Fuerzas Militares, grandes hombres de armas como el Almirante Arango Bacci y el Coronel Hernán Mejía fueron víctimas de maniobras políticas de las que Jaramillo fue partícipe, como lo han denunciado ellos mismos.

Tras esta trayectoria camaleónica y al pasar a convertirse en un alfil de Santos en el proceso con las FARC, Jaramillo fue premiado con la administración de los recursos del Fondo de Programa para la Paz. Un fondo que puede gastar a diestra y siniestra, de manera directa y sin licitaciones; tan solo este año ha gastado alrededor de 10 millones de dólares, gasto que a propósito pierde toda justificación con la caída de los acuerdos en las urnas y que se espera la Contraloría vigile con toda atención.

Pero al hablar de los “negociadores de paz”, que por cierto estaban en La Habana representando a los colombianos pero irónicamente nadie los eligió como tales, si por un lado llueve, por el otro no escampa.

Humberto De La Calle es la versión más tradicional y acartonada del político colombiano, que encontró el reencauche a través de un discurso engañoso sobre paz y las negociaciones Santos – Timochenko.

Para definirlo se puede recordar una frase que hizo famosa otro dinosaurio de la clase política Horacio Serpa; cuando durante una de las tantas crisis del gobierno Samper lo definió como “ni chicha, ni limoná”.

Desde sus tiempos en que organizó el indulto al M-19 como ministro del gobierno de Cesar Gaviria y empoderó a este grupo guerrillero, ha mostrado cercanía con estos sectores. Además, en su época como Registrador Nacional empatizó con los miembros de las Farc, con los que años después se sentaría en La Habana a escribir los acuerdos que desembocaron en fracaso electoral.

Ha sido reconocido por muchos como gran académico y estudioso pero su trayectoria como servido público lo ha implicado con sectores sumergidos en grandes escándalos, para la muestra: su Vicepresidencia durante el gobierno Samper que no hizo más que defenderse de acusaciones de la infiltración de narco-dineros.

Situación frente a la que De La Calle al verse el agua al cuello, con graves declaraciones como las de Pallomari; que lo implicaron en reuniones con los hermanos Rodríguez Orejuela durante la campaña presidencial. En vez de respaldar a su presidente y fórmula demostrando que es un hombre leal a la palabra, prefiere dimitir e irse a ver todo el lío por transmisión televisiva desde su cómodo asiento de Embajador en España. Mientras se iba acomodando en el gobierno de Pastrana apoyando su aspiración presidencial, cuando fue este el mayor contradictor de Samper.

La historia de De La Calle ha sido de grandes hazañas para mantenerse en la cumbre del poder, apoyó la creación de la Vice Presidencia para después convertirse en el primero en ocuparla y la abandonó cuando le resultó conveniente.

Hoy da el mismo mensaje, se mantuvo al frente de las negociaciones cuando estas implicaban una catapulta a su posible presidencia o por lo menos a compartir un Nobel de Paz, pero al ver que la mayoría del pueblo se ha manifestado en contra de los acuerdos a pesar de las grandes inequidades que se dieron en el proceso electoral, decide dimitir para disimular una posición de derrota y buscar solidaridad entre la gran minoría que votó SI, un sofisma de distracción para mantenerse como negociador.

Y fue De la Calle Lombana quien inmoló el plebiscito introduciendo un factor que aunque  han tratado de negarlo y taparlo de todas las formas es inocultable: la ideología de género. Grave error que movilizó grandes grupos de apoyo a los valores familiares y religiosos con motivaciones respetables que se unieron al NO y le dieron un impulso de rechazo, no solamente a las peticiones de las Farc, sino a las ideas que el Gobierno Nacional trató de introducir de forma subrepticia y desleal dentro de un acuerdo de paz y dejación de armas entorno a las políticas de género.

Frente a la presencia de representación del pueblo en las negociaciones de paz hay que hacer varias reflexiones. Se deduce como una de las primeras razones del fracaso de estos 4 años de negociación: la escogencia de jefes negociadores que no son “ni chicha, ni limoná”, no generan simpatía en la población, no la comprenden, no representan sus intereses, ni estudian sus necesidades. Llegaron a La Habana y permitieron que la guerrilla, un grupo que al sentarse en la mesa cargaba el mote merecido de narcoterrorista, les impusiera su voluntad en temas tan definitivos como la agricultura, la justicia y la reparación, mientras manejaron abultadas chequeras del gobierno como Fondopaz.

El NO es una solicitud del pueblo, no solamente a la renovación en la materia del texto de los acuerdos, sino en cuanto a la composición de la mesa de negociación y las condiciones de la misma. El NO implica un cambio de negociadores, sus renuncias, si deciden escuchar al pueblo deben ser irrevocables.Después de eso habrá que analizar otros factores. Como la sede, porque es intolerable que una cuna del terrorismo de Estado como Cuba, donde no hay respeto por las libertades del individuo sea el lugar donde se llegue a la paz.

El mandato del pueblo es por la paz, una paz sincera e incluyente, que como afirmaba Juan Pablo II exige cuatro condiciones esenciales: verdad, justicia, amor y libertad. Cuando un proceso se hace entorno a la mentira se pierden estas cuatro condiciones y está condenado a recibir el rechazo de la ciudadanía, pero ahora el llamado es a trabajar sobre lo recorrido, conformar una mesa de negociación que represente al pueblo colombiano y alcanzar una paz que no sea para 16 mil sino para 49 millones de colombianos.

@DMezaPretelt