La frase que resume de mejor manera por qué Juan Manuel Santos no le da la cara al país ante las tantas y serias acusaciones de corrupción que pesan en su contra es esta: “Su marido es un animal de cuatro patas”. La irrefutable “máxima” (a la que adhiero plenamente) se la dijo Roberto Prieto, exgerente de la segunda campaña del tartufo, a la esposa de este último, Tutina de Santos, a lo que la entonces primera dama respondió con resplandeciente claridad: “¿Qué hago, Roberto? Volvió y la cagó. Por eso, hay que mantenerlo guardado”. La anterior es una conversación cuyo contexto ha sido obtenido de una de las muchas interceptaciones telefónicas que la Fiscalía realizó y que dan cuenta de los torcidos de Prieto y Santos, para financiar aquella malhadada reelección que tanto les ha costado a la democracia y a la institucionalidad, amén del consabido encubrimiento y la obstrucción a la justicia que ha quedado develada.

Santos, su familia, cómplices y asesores saben que el día que este sea interrogado, como corresponde, en el banquillo de los acusados, por cualquiera de las investigaciones que impulsa la justicia, quedará enredado en una madeja de la que no podrá salir. La inteligencia no es uno de los atributos de Santos; cosa distinta es que sea más malo que un trago de veneno, cuando de maquinar y ejecutar fechorías se trata. ¡Cómo me gustaría estar en una diligencia judicial en la que el tartufo sea compelido a dar explicaciones! A lo mejor se me cumple el deseo, pues son muchas las causas y bastantes los enredos en los que anda metido: el montaje judicial contra el almirante Arango Bacci, Odebrecht, Reficar, Isagen, el Sena, Banco Agrario, los contratos de las “impolutas” Gina y Ceci, Fondepaz, la mermelada a los políticos y periodistas, el secuestro del dirigente ecuatoriano Fernando Balda, Cemex, y uno que acaba de estallar: el saqueo de Fonade, a través de una serie de contratos de vivienda para varios departamentos, en los que se pagaron sobornos y se robaron hasta los ladrillos. Falta el entuerto de la compra de armas y aviones, negocio por el que el tartufo, siente especial predilección. Ha de haber muchos casos más de corrupción que, de seguro, irán saliendo paulatinamente. El robispicio fue brutal; no en vano el país quedó arruinado, tras la nefanda presidencia del susodicho.

Santos, en Colombia, calla, como el cobarde que es; pero en el exterior dizque da conferencias (no imagino la tortura que implica escuchar los balbuceos de un mitómano incorregible que posa de hombre probo). Esa es precisamente la estrategia: mostrarse como un estadista en otras latitudes, parapetado en el espurio Nobel de Paz que le “regalaron”, al tiempo que en Colombia no cabe duda de que se trata de un manzanillo de la peor estofa, capaz de lo que sea con tal de conseguir sus propósitos. Alguien me dijo en estos días: “A Santos le va bien en el exterior”, y yo le riposté: “Eso es porque no lo conocen de verdad”.

Un líder o por lo menos quien se precie de serlo tiene la irrenunciable obligación de atender los cuestionamientos y sindicaciones que se ciernan sobre él. Esa responsabilidad es la consecuencia directa de la confianza depositada por el pueblo en aquellos que ostentan un sitial privilegiado en el devenir de una nación. Un gobernante no puede, bajo ninguna circunstancia, traicionar a aquellos que lo llevaron a las más altas dignidades. El silencio del tartufo es la prueba irrefutable de que ese sujeto jamás fue digno de sentarse en el solio de Bolívar. Mientras Álvaro Uribe pone el pecho como el patriota que es (incluso ante los señalamientos más absurdos), Juan Manuel Santos se oculta del escrutinio de la justicia y la ciudadanía, como un delincuente cualquiera, en sumarios es los que está untado hasta el cogote.

El gago puede que esté muy mudo, pero los colombianos pensantes no estamos ciegos.

La ñapa I: En circunstancias normales, Juan Manuel Santos no habría llegado a ser presidente de Colombia, pues carece de méritos, inteligencia, gracia, coherencia, corazón, grandeza, honradez y consecuencia, entre muchas otras virtudes

La ñapa II: No me cabe la menor duda: detrás del llamamiento a indagatoria del presidente Uribe, impulsado en su momento por el exmagistrado Barceló, están las garras sucias del tartufo.

La ñapa III: No deja de sorprender el hecho de que, contra lo que pregonan los mamertos de todos los pelambres, el partido más amenazado y con más víctimas mortales de la creciente violencia política, no es uno de sus pares, es el Centro Democrático.

@DELAESPRIELLAE

Publicado: septiembre 22 de 2019