El llamado de unidad, aún en medio de las diferencias, hace grande a las naciones.  Eso lo entendieron en EEUU.

La semana pasada, en esta tribuna de Los Irreverentes, dediqué algunas líneas al discurso que pronunció el ilustre ciudadano Simón Bolívar el 3 de octubre de 1821, en la ciudad de Cúcuta, con motivo del juramento que lo proclamó presidente de la Gran Colombia.

Me limité a transcribir íntegramente su discurso, aprovechando su corta extensión, e hice algunos comentarios breves, sin pretender jamás interpretar los pensamientos de un hombre de su talla y gloria.  Así quisiera, no podría hacerlo.

Ahora me propongo hacer lo mismo, pero esta vez trasladándonos cuatro décadas adelante, al 19 de noviembre de 1863, cuando otro hombre de esa estirpe bendita, Abraham Lincoln, pronunció un discurso por los caídos de Gettysburg en el contexto de la Guerra Civil estadounidense (1861-1865).  También por su corta extensión, nos damos el lujo de transcribirlo íntegramente:

«Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación; concebida en libertad y consagrada al principio de que todos los hombres son creados iguales.

Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esa nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a dedicar una porción de ese campo como lugar de descanso final de los que aquí dieron sus vidas para que esa nación pudiera vivir. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa.

Pero en un sentido más amplio, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este suelo. Los hombres valientes, vivos y muertos, que lucharon aquí ya lo han consagrado muy por encima de lo que nuestras pobres facultades puedan añadir o restar. El mundo apenas advertirá, y no recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos; pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. Nos corresponde antes bien a nosotros, los vivos, consagrarnos a la inconclusa empresa que los que aquí lucharon hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien nosotros los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún nos queda por delante: que de estos muertos a los que honramos tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron la última medida colmada de celo. Que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, bajo Dios, renazca en libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, jamás perezca sobre la Tierra.

Abraham Lincoln»

Estas palabras son alimento para el alma y el espíritu republicano.  Nos recuerdan que la libertad es una empresa permanente, no la podemos dar por sentada y necesita ser irrigada constantemente con el sacrificio de quienes están dispuestos a entregar la vida en su nombre.

El llamado de unidad, aún en medio de las diferencias, hace grande a las naciones.  Eso lo entendieron en Estados Unidos y se convirtieron en potencia.  Nosotros, por el contrario, hemos dejado morir el legado de Bolívar y tantos otros que ofrendaron su vida por la libertad y la grandeza de nuestra nación.

Ojalá, como dijo Lincoln, seamos capaces de renacer algún día, bajo Dios, en libertad.

@jjUscategui

Publicado: agosto 14 de 2017