Colombia padece amnesia, y en estos días de repliegue, aislamiento y reflexión, es apropiado recordar lo bueno para agradecerlo, así como lo malo para evitar que se repita, y para justificar el título de esta columna, tan solo basta rememorar algunos hechos del pasado reciente.

La nación ya olvidó, que hace algo más de cuatro años, contrariando la racionalidad y la conveniencia económica, financiera y técnica, y desafiando la voluntad popular y del mismo Congreso de la época, Juan Manuel Santos consumó grave e inestimable detrimento patrimonial de la nación, al feriar uno de los activos estratégicos de mayor valor e importancia que haya tenido Colombia en toda su historia; como fue la venta de Isagén.

Y es que la venta de Isagén significó para el país, la pérdida del control de siete (7) centrales de generación de energía, seis (6) de ellas hidroeléctricas y una (1) térmica, con una capacidad instalada de producción de 3.032 MW, que aportaban el 16% de la energía que la nación necesitaba en un momento decisivo para asegurar la autonomía energética nacional, y de ahí que no exista la menor duda sobre la desinteligente decisión adoptada por un gobierno que pronto tuvo el sol a sus espaldas como consecuencia de una larga sumatoria de yerros, desvaríos y despropósitos.

Al parecer la nación también olvidó, que aparte de sus activos al momento de la venta, Isagén tenía en estudio cuatro (4) proyectos hidroeléctricos que duplicarían su capacidad instalada que sumaban 3.430 MW, así como dos (2) geotérmicos, uno de ellos binacional, y uno eólico en La Guajira.

Pero la obstinación de Santos por vender Isagén fue insuperable y solo entendible, por su prurito de disminuir el grave y profundo déficit fiscal que su gasto abusivo, irresponsable y suntuario causó a la hacienda pública y que dejó vacía las arcas de la nación.

Se debe recordar que, durante su mandato, se dilapidaron más de tres billones de pesos en publicidad, para tratar de neutralizar medios, maquillar la mediocridad de su gestión y crear un ambiente favorable a su modelo de paz con impunidad. Nunca antes como en su remedo de gobierno, se silenciaron tantas voces y plumas; entre muchas, la de quien comete las letras que usted está leyendo al ser excluidas de la revista Semana por no ser obsecuente con las patrañas de Santos.

Y qué decir del gasto sideral en que ha incurrió organizando y financiando foros, conferencias, recepciones, convites, y solapadas bebetas y francachelas en Colombia y en el exterior, así como en frecuentes, largos y ociosos periplos, al igual que contratando caros y malos asesores internacionales para que ponderaran y adularan su modelo de paz.

Cada día que transcurre desde el fin de su desgobierno, Santos gana mayor rechazo, repudio y condena por su utilitarismo extremo, por su proverbial deslealtad, así como por sus abusos e indelicadezas.

También gana condena por su cobarde docilidad y complacencia con los cabecillas de la banda narco terrorista de las Farc y por su rudeza y agresividad con la inmensa mayoría de colombianos que no estuvieron ni jamás estarán de acuerdo con premiar la villanía y la criminalidad.

El tiempo corre, y hoy, el Gobierno Santos tan solo es un referente de frustración y desengaño, y de la más descarada y cínica burla al querer de la inmensa mayoría de los colombianos. Es claro que Santos maleó las Cortes y el Congreso, violentó la Constitución, quebrantó la legalidad y legitimó el crimen, la barbarie y el más sanguinario terrorismo.

Es inaceptable que luego de sus ocho años de gobierno, y con un Congreso, dócil, obsecuente y empalagado, Santos no hubiera podido promover y sacar adelante una sola reforma estructural, a pesar de la urgencia que de ellas se tenía en materia de salud, educación, justicia, minería y política carcelaria.

Santos burló la democracia y la voluntad mayoritaria de la nación, traicionó a sus electores y entregó sin reparo alguno el mar de San Andrés y la independencia energética del país; originó el más profundo déficit fiscal, produjo grave estancamiento económico, aumentó la corrupción, encareció los impuestos, redujo la inversión en educación y propicio que hoy Colombia sea un vergel de coca y un paraíso de cocinas de cocaína.

Pero peor aún, Santos defraudó la confianza de las naciones donantes que le creyeron a su proceso de paz con impunidad, tal y como lo demuestra lo acaecido con Santrich e Iván Márquez y otros bandoleros, así como por las espurias actuaciones y decisiones de la mal llamada JEP en relación con los criminales atentados contra la Escuela Superior de Guerra y la Escuela de Cadetes de Policía General Santander.

Con no poca razón, la historia recordará a Santos como insuperable traidor e indelicado dilapidador, y, como el artífice de la mayor impunidad de la que se tenga noticia.

Sobrecoge, pero no extraña, que los corifeos de Santos, que son los mismos de las Narcofarc, hoy intriguen, disocien y desinformen sobre las medidas adoptadas por el Gobierno para prevenir y contener la pandemia del Covid-19, quizás en un infructuoso intento por tratar de solapar la perversidad y villanía del tristemente célebre Nobel de Barro, que terminó enlodando la imagen y la poca credibilidad de la decadente Academia Nobel de Oslo, la que de manera irracional o deliberada premió la criminalidad y la impunidad.

Considero que es poco el culto que le he rendido en esta columna a semejante traidor; y debo confesar que por él voté. ¡Qué horror!

No en vano quienes fuimos sus compañeros en la Marina decimos: Al tartufo fue mejor tenerlo de presidente que de Almirante, si es que hubiera podido llegar a serlo, porque en la Marina no tiene cabida, la intriga, la influencia y la componenda. Ojalá que le dure su paraíso artificialmente creado y mal habido.

@RRJARABA

Publicado: mayo 22 de 2020

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*Rafael Rodríguez-Jaraba. Abogado Esp. Mg. Consultor, Asesor y Litigante. Conjuez. Árbitro. Conciliador. Profesor Universitario. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia. Guardiamarina 5-2 (R) NR-66-064 ENAP ARC.