La corrupción erosiona a Latino América, con excepción de Chile y Uruguay, que han tratado de hacer la tarea de tener a la transparencia como modelo de vida.  En los últimos lugares aparecen Venezuela, Bolivia y Haití. Colombia en un puesto 83 de 167. Es decir ni aquí ni allá. Sin salir de ese lugar medio desde hace muchos años, quiere decir que no avanzamos.
De la corrupción mucho se habla y poco se hace. Todos con gran sabiduría hablan de ella pero no se meten al fondo a resolverla y acabarla. Existe la creencia entre la gente que no la combaten porque se afectaría la política y la gobernabilidad. O sea que estamos al revés. Se protege a corruptos para tener más votos y favorabilidad, cuando debía ser exactamente lo opuesto. Es ese temor de los gobernantes a la clase política que los somete y con tal de tener sus votos no sólo en las elecciones, sino en el congreso, asambleas y concejos, dejan pasar muchas cosas. 
El corrupto no tiene en cuenta a los ciudadanos, a las instituciones, tampoco le da importancia a lo público y llega a no considerar su mala imagen como problema. Es tal la ansiedad de tener recursos o hacer daño que nada lo perturba. 
Con los años la corrupción se ha ido metiendo en casi todas las actividades de la vida, tanto públicas como privadas. Además dejó de ser el robo de recursos lo que más la caracteriza. Hoy se distingue por decisiones que se toman con sentido político e ideológico independientemente de las normas. 
Me explico, en Colombia, para no hablar de otro país, algunos hechos son delitos o actos de corrupción según quién los cometa. Es decir hemos llegado a la relativización de la corrupción. Esta circunstancia deteriora la credibilidad, la confianza, incentiva conductas abusivas y fomenta la injusticia. 
Vemos ante nuestros ojos como la justicia de nuestro país y los organismos de control someten a juicios interminables y dictan sentencias y condenas contra personas inocentes, y al tiempo sin ningún asomo de vergüenza consideran libres de culpa a otros por el mismo hecho o delito. Todo esto pasa ante el silencio de esas mayorías que saben que está mal hecho pero no tienen la fuerza o las ganas de pronunciarse. Todo se comenta en corrillos, y rumores van y vienen, al final queda una sensación de insatisfacción con las instituciones palpable en todas las encuestas, pero sin acciones que lleven a solucionar semejante problema. Es el distorsionamiento de la realidad por quienes tienen el poder o imparten justicia, según sean sus gustos o enemistades políticas e ideológicas. 
Ese miedo que todos sentimos ante el llamado de la justicia es real, es pánico, por no sentirse cómodo con un fiscal o un juez a pesar de ser inocente.  Esta es la situación de mis compañeros del gobierno de Álvaro Uribe Vélez. No me cansaré de decirlo y de escribirlo mientras me sea posible.
No permitamos la relativización de la corrupción y por consiguiente de la justicia. No es correcto este acomodamiento al sol que más alumbre, en este caso el gobierno de turno. Han logrado que muchos ciudadanos vean a la política y al sector público como un deshonor, como temas a los que es mejor no acercarse porque están contaminados.
No podemos olvidar que la política y el sector público son claves en el desarrollo del país, no permitamos que volvamos a ser un país inviable. La indiferencia y aceptación de hechos que sabemos injustos, lleva a esas minorías activas y organizadas a hacer lo que les venga en gana, sin consideración a las leyes. Tenemos voz y tenemos que usarla. Defendamos a inocentes y no permitamos impunidad para culpables. Colombia no puede quedarse callada ante la relativización de la culpa que estamos viviendo, cuando se da impunidad a autores de delitos de lesa humanidad como las Farc y se condena a inocentes por haber pertenecido al gobierno de Álvaro Uribe Vélez que siempre combatió al narco terrorismo y hoy se opone a decisiones del gobierno por considerarlas inapropiadas para un país que respete el estado de derecho. 
No pueden existir fuertes exigencias éticas, morales, políticas para unas personas y algunos temas, mientras existe un relativismo ético, moral, político para otras. ¡Así no es! 
P.D. Invito a leer el libro de Plinio A Mendoza, Cárcel o Exilio, así como a leer la entrevista de María Isabel Rueda en El Tiempo del pasado 19 de Septiembre.
@AliciaArango