Las horas de Nicolás Maduro en el poder están contadas. Atrás quedaron los años de la cobarde indiferencia de los gobiernos de turno en la región que prefirieron callar a cambio de congraciarse con los petrodólares del régimen antes que hacer lo moralmente correcto y detener los abusos que perpetraba indolentemente la dictadura chavista.

Latinoamérica, en términos sencillos, estaba prácticamente convertida en el grupo de porristas que festejaban cuanto chiste hiciera Chávez y cuanta expropiación realizara en televisión. Esencialmente, estaba jugando a ser Dios con el patrimonio ajeno y los mandatarios regionales posaban de ser los arcángeles que lo protegían de las críticas.

De todos estos países, sobretodo la Colombia de Juan Manuel Santos tuvo una responsabilidad imperdonable. Como el más cercano vecino de la dictadura teníamos la posibilidad de continuar siendo el muro de contención para la expansión de un modelo que cada vez encontraba más adeptos pero que ya empezaba a dar muestras de la futura crisis que se venía.

Sin embargo, Santos, con el propósito de ganarse el nobel de paz, le pidió al régimen que fuera garante del proceso con el terrorismo, lo cual condicionó por completo por 8 años la postura del País frente a los abusos que se cometían en Venezuela.

Afortunadamente, los designios de la vida nos permitieron recuperar el rumbo perdido y la política exterior de Colombia, especialmente desde el pasado 10 de enero (cuando el dictador volvió a posesionarse ilegitimamente como Presidente), tuvo una transformación impresionante.

Como tal, se puso en marcha una estrategia diplomática que será recordada por los libros de historia como uno de los más valerosos y efectivos despliegues institucionales en el hemisferio. La retirada de Unasur (organización servil al chavismo), el reconocimiento de Juan Guaidó como legítimo Presidente, las sanciones económicas, la movilización de toda la comunidad internacional en contra de la narcodictadura y el decidido apoyo de Estados Unidos son las medidas que permiten renacer la esperanza de libertad en el vecino País.

Ahora, sólo falta la estocada final que ponga fin a este detestable ruedo. Si es una acción militar, un golpe de estado o una transición pacífica, la verdad, es una realidad que sólo el paso de los días nos dirán, pero donde sin lugar a dudas el papel que desempeñen los militares venezolanos, sobre todo los que no hacen parte de la cúpula, marcará la hoja de ruta hacia la liberación.

Lo cierto, es que absolutamente nada de esto hubiera sido posible sin la determinación que el Presidente Duque y el Canciller Holmes han puesto en su política exterior. De haber ganado Petro la elección, por menos, estaríamos viendo un letargo institucional que acudiría al falso discurso de la libre determinación de los pueblos para darle oxígeno político al régimen mientras se invisibiliza la crisis humanitaria en el vecino País.

@Tatacabello

Publicado: febrero 15 de 2019