Si Juan Manuel Santos, hace cuatro años, hubiera respetado el dictamen de los colombianos en las urnas y honrado el compromiso que suscribió para reformar y corregir conjuntamente con la oposición ganadora el acuerdo de La Habana, la historia que estuviera escribiendo hoy Colombia, sin lugar a dudas, sería muy distinta.

Pero, el tiempo apremiaba y el gran jugador de póker que resultó más tramposo que hábil, necesitaba un acuerdo firmado para poder presentarlo el día que recibiera el premio Nobel de Paz que “milagrosamente” le acaban de otorgar tras su derrota. Engañando a sus opositores, en vez de hacer las correcciones y reformas según lo acordado, resolvió furtivamente maquillar a las carreras el viejo acuerdo de La Habana, que luego sometió a una extraña “refrendación parlamentaria”,  porque tenía la certeza de que el elector primario tampoco aprobaría ese entuerto disfrazado y, menos aún, una vez conocida la trampa.

Como era de esperarse, entonces, de ese amañado arreglo entre bribones, se puede decir, a grandes rasgos, que esto fue lo que dejó:

La impunidad avalada por un sistema de justicia paralela (JEP), “única en el mundo, creado por los mismos insurgentes para someterse a ese tribunal” y en el que, obviamente, es posible lavar hasta el más nauseabundo de los crímenes cometido por los miembros de las FARC.

Unas víctimas que jamás han sido la razón de ser del proceso, que no han sido resarcidas en ningún sentido, por el contrario, revictimizadas por los mismos verdugos que a pesar de las evidencias fílmicas, fotográficas, etc. que reposan en la Fiscalía, niegan sus crímenes.

La afrenta de tener que soportar unos asesinos, pedófilos, ladrones, traficantes de drogas, etc. a quienes sin pagar un solo día de cárcel, sin reconocer sus faltas y compensar una sola de sus víctimas, les fueron entregadas a dedo curules y hoy están apoltronados legislando en el más sagrado recinto de la democracia.

La desmovilización de unos cuantos guerrilleros (los que están en el Congreso), puesto que los demás, empezando por el más importante de sus negociadores en La Habana, alias “Iván Márquez, siguen en el monte delinquiendo y controlando el narcotráfico, porque además, el del Nobel nos dejó una bonanza cocalera nunca antes vista. Sobra decir, que la entrega de armas fue tan ajustada a la legalidad como todo lo que ha tenido que ver con este espurio proceso.

Quedó también para la historia, el lavado de dinero y bienes más grande que se haya conocido en el país, pues, de los 12 mil y tantos millones que confesaron poseer, solamente se recibieron poco más de dos mil millones pero, en un papel, porque muchos de ellos no aparecieron o ni siquiera eran suyos. Ahora bien, las caletas con dinero y oro, tampoco se encontraron.

Cuatro años ya, de haber sido asaltados en nuestra buena fe, sin embargo, no cejaremos en nuestro empeño hasta alcanzar la paz. Paz fruto de justicia y verdad, sustento de la democracia.

P.S. Cómo será de efectivo ese hoyo negro llamado JEP, que vale la pena que las FARC se apechen de crímenes ajenos como el del líder político Álvaro Gómez.

@cdetoro

Publicado: octubre 11 de 2020