Conocido el resultado del plebiscito del pasado y cercano 2 de octubre, el carácter colectivo de los colombianos, al menos de los que votan y comprometen su destino con la nación, hizo aparecer el lado fascista de sectores que estaban por el sí. Por eso apareció en las redes esta consigna: “¿Por qué no fusilamos a todos los antioqueños?”. Del mismo lado se cobijaron con el argumento de un periodista británico que escribe en español en un diario de esa misma categoría: los colombianos son unos ignorantes que cavan su propia tumba. Otros diarios europeos y latinos no se explicaban por qué se quemó “la paz” en Colombia. Y los escribidores zurdos del norte de Bogotá, una ciudad que queda muy lejos de Colombia, donde ganó el sí, repitieron que la gente inteligente como ellos, fueron derrotados por los “retrasados mentales” que, en una mezcla de posiciones religiosas y argumentos mentirosos, ganaron en el plebiscito.

Bogotá D.C., con ciudadanos por el SÍ y por el NO, es una metrópoli donde el SÍ tenía las de ganar porque concentra el mayor volumen de burócratas al servicio del gobierno nacional: Presidencia, todos los Ministerios y todos los altos mandos militares, incluidos los marinos de la Armada de agua dulce, las principales guarniciones, todas las empresas comerciales del estado, las empresas de servicios públicos,  el Congreso, las embajadas y consulados, la más grande universidad oficial, la Alcaldía del Distrito Capital y su inmenso ejército de empleados públicos mayor, en el sitio, que el del gobierno nacional. Esa es la “pequeña diferencia” con cualquiera  de las demás ciudades de Colombia. Y explica la diferencia inclusive con el departamento de Cundinamarca.

Visto el mapa de Colombia por regiones y para el caso del referendo, se observa que el croquis de los departamentos que abrigan el más amplio conjunto de amplias capas sociales cultas, las clases medias de la provincia colombiana, excepto Bogotá, son las regiones donde ganó el no, lo cual desmitifica la manida concepción de la Atenas suramericana del norteño bogoteño, que todavía conservan la mentalidad centralista excluyente que sindica a las regiones de sus derrotas políticas. De allí su menosprecio por los Presidentes de la República que no sean nacidos y formados en su corral.

Para mayor mal de su perspectiva clasista y capitalina, esa que se alza por encima de Monserrate, no para ver al resto de Colombia, sino para oliscar las orillas del Sena o de la Florida, fueron las regiones periféricas, algunas en manos de la guerrilla,  las votantes por el sí. Los sermones jesuíticos de que el mundo se acababa si ganaba el no, los recogió el carro de la basura, mientras levantaba la cabeza más de medio país. Mientras exista ese tumor engreído, fanfarrón y jactancioso de superioridad que pende de un fatuo cociente intelectual, herencia de la colonia,  los colombianos de provincia seremos críticos severos de comportamientos contra la ciudadanía democrática y los propósitos pluralistas de la nación. Por eso, además del contenido argumental, ganó el NO.