Hace 50 años un grupo de bandoleros de origen liberal, denominado “bloque sur” se reunieron en el departamento del Tolima. Se trataba de una estructura de criminales, muchos de ellos analfabetas, que sentaron las bases para lo que más tarde sería la organización terrorista más peligrosa de occidente y considerada entre las más ricas y poderosas del mundo.

Entonces, se presentaron como una organización revolucionaria que combatía la concentración de la tierra y defendía los intereses de los campesinos colombianos.

El paso de los años se encargó de demostrar que ese grupo hizo exactamente lo contrario de lo que decía defender. De acuerdo con cifras oficiales, las Farc se han apropiado a la fuerza de más de 300 mil hectáreas en las zonas más fértiles del país, desplazando a miles de campesinos pobres cuya subsistencia dependía, precisamente, de sus labores agrícolas.

Nacieron para supuestamente defender a los pobres del yugo de los “terratenientes” y existen evidencias suficientes que prueban que alias “Tirofijo” llegó a ser el mayor propietario de tierras, todas robadas, del sur de Colombia.

Se cuentan por miles los campesinos que en estos 50 años de terrorismo han sido asesinados por una guerrilla despiadada que llegó al extremo de incorporar, en la denominada “séptima conferencia”, el reclutamiento de menores de edad como política para efecto de engrosar sus filas, convirtiéndose así en la organización al margen de la ley que más niños tiene en su poder en todo el planeta.

Todas las denominadas conferencias de la guerrilla tuvieron lugar en remotas zonas del país y se desarrollaron en la más absoluta clandestinidad por cuenta de la acción de la Fuerza Pública. En 2007, se llevó a cabo la “novena conferencia”. Estaba en pleno desarrollo la Política de Seguridad Democrática. La mayoría de los cabecillas guerrilleros se habían visto obligados a huir de Colombia. Alias “Raúl Reyes” estaba escondido en la selva ecuatoriana –un año más tarde cayó en la operación “Fénix”-; “Timochenko” e “Iván Márquez” estaban protegidos por el gobierno de Hugo Chávez en territorio venezolano. Por su parte, el “Mono Jojoy” y “Alfonso Cano” se vieron obligados a esconderse en cuevas construidas en medio de la selva. La situación de esa estructura guerrillera parecía irreversible: la derrota militar era inevitable, razón por la que tuvieron que hacer aquella “novena conferencia” de manera virtual, por radioteléfono y a través de emisarios.

Lo que se entendía como un hecho consumado, la derrota de las Farc, fue insólitamente reversado por Juan Manuel Santos que con quiso continuar con la aplicación de la Seguridad Democrática, bandera con la que adelantó su campaña presidencial en 2010 embaucando a más de 9 millones de colombianos que cayeron en la trampa y votaron por él.

Uribe condujo a las Farc a lo más profundo de las selvas. Los alejó de los cascos urbanos en los que hasta 2002 ejercían como amos y señores en buena parte del país. Demostró que una acción decidida por parte de la Fuerza Pública era suficiente para reversar el avance de una guerrilla inmensamente rica y poderosa que amenazaba con tomarse el poder. Sus acciones violentas se adelantaban en las goteras de Bogotá. Un comando terrorista ingresó al centro de la ciudad de Cali y secuestró a 12 diputados a la Asamblea del Valle. Otro, ingresó al barrio más exclusivo de Neiva para secuestrar a los residentes de un edificio de la ciudad.

La Seguridad Democrática fue el punto de quiebre hasta la llegada de Juan Manuel Santos al poder. Si Uribe logró enviar a los criminales a la manigua, Santos fue hasta allá a rescatarlos. Dejó de combatirlos y a cambio los elevó a la condición de interlocutores políticos. Cuando el mundo entero cerraba filas contra el terrorismo, el presidente colombiano rompió la regla estableciendo una mesa de negociaciones en la que el punto de partida fue el de reconocer como legítimo y válido el uso de las armas y la violencia por parte de las Farc.

En menos de 10 años lo que la guerrilla perdió en el campo de batalla, lo recuperó con creces en la mesa de negociación de La Habana. Salieron de Colombia clandestinos, agazapados y regresaron al cabo del tiempo como dirigentes políticos, en lujosos aviones privados, rodeados de todas las garantías, impunes y protegidos por la Fuerza Pública, esa misma que durante décadas ellos martirizaron, asesinaron y masacraron infame e inhumanamente.

Adelantan la denominada “décima conferencia”, una reunión de bandidos que posan de pacifistas. Un encuentro de criminales que no piensan reconocer sus errores ni pedir perdón a las víctimas que dejaron en el camino.

Alegan que es la conferencia para la paz, pero la realizan sin haber devuelto a los niños que tienen en su poder, sin haber puesto sobre la mesa su inconmensurable fortuna para reparar a las víctimas y sin devolver un solo centímetro de las tierras que a lo largo de estos años le han robado a los campesinos más pobres de Colombia.

@IrreverentesCol