Se cumplen once meses de pandemia y en este tiempo hemos asistido a un desfile de medicamentos para exponer y tratar el Covid-19, tristemente su eficacia no ha sido demostrada. Sin embargo, el temor, la curiosidad, ciertas normas de supervivencia y autoprotección han empujado su uso.

La lista es enorme, pero vale la pena señalar algunos. Medicamentos antivirales (remdesivir, favipiravir) que no han demostrado utilidad. Inmunoterapia y plasma de personas convalecientes que tienen un sentido lógico han resultado sus ensayos fallidos. La hidroxicloroquina y cloroquina, autorizados en la fase inicial fueron posteriormente no avalados. La polémica ivermectina y famotidina con resultados no contundentes se mostraron como tablas salvadoras.

Es comprensible, el miedo y la infoxicación son los determinantes de esta decisión del uso indiscriminado de medicamentos. La negligencia de probabilidad (asumimos que nos ganaremos el baloto del contagio y que la enfermedad será la variante grave) explican el porqué de esa conducta irracional que contradice lo sistematizado que deben ser la formulación de los tratamientos médicos. En salud y especialmente en momentos críticos tomamos malas decisiones y es la respuesta a buscar la esperanza.

La cercana lejanía de la vacuna es una quimera. Hay que tener en cuenta dos condiciones. La primera: debe cumplir a cabalidad todos los protocolos sanitarios para empezar su aplicación. Lo segundo, la oportunidad en salud y el puesto en la fila que estará Colombia. Sin engaños, no seremos los primeros en utilizarlas. Mientras la idealizada vacuna llega contemplaremos toda una pasarela de medicamentos y ensayos no avalados por la evidencia científica o de los hechos. Las ilusiones y fantasía ayudan más el alma que el cuerpo. Que sigan pues las investigaciones de los más de 150 medicamentos sectorizados en los tres grandes grupos: los antivirales, los que generan anticuerpos y esos que bloquean la reacción inflamatoria de la enfermedad (estudios Recovery, Solidaridad).

Cuando el enfermo desesperado, lleno de oscuros pensamientos, preso de la angustia y con la esperanza alborotada busca un novísimo tratamiento,”lo último”, para erradicar un tumor cerebral o fórmula mágica para solucionar un padecimiento de columna. Quiere encontrar la confianza, seguridad y apoyo en este tipo de tratamiento. Con afecto y seriedad le respondo:” soy un cirujano de penúltima moda”. Lo último no me desvela y no es el magneto para hipnotizar el acto médico. Ofrezco siempre lo que conozco y doy fe de su validez. Aquello que utilizo con mi familia cuando son mis pacientes. No experimento bajo las veleidades de la novedad. Apoyo la innovación y la obligatoriedad de la actualización, pero siembre con la bendición de la evidencia médica.

Aceptémoslo: no hay tratamiento, vacuna o medicamento que erradique Sars-COV-2. La penúltima moda tiene hoy más vigencia que nunca en Covid-19 y especialmente ante la inminencia de rebrote la primera semana de diciembre. Uso correcto de mascarilla y entre estas la N95 está diseñada para bloquear el 95% de las partículas. Esto siempre y cuando entendamos que el virus se propaga por gotitas y por aerosoles. Las primeras cuando la gente estornuda o tose y las segundas quedan suspendidas en el ambiente. La lluvia y la neblina. Otras mascarillas, las de tela por ejemplo, deben tener dos características: eficacia de la filtración y respirabilidad (la fuerza que hacemos parea que el aire de fuera entre). Se debe tener en cuenta que las mascarillas no garantizan un 100% de protección, sin embargo, su eficacia, relacionada con el tipo su buen uso oscila entre 70-92% de efectividad. Sin olvidar también la protección ocular complementaria. ¡Son imperativos sanitarios para la nueva normalidad!

El termino distanciamiento social tiene repercusiones en la patología mental y va en contra del espíritu gregario que como especie poseemos. Prefiero utilizar el distanciamiento físico que no es otra cosa que mantener la distancia entre tú y las demás personas. Si no quiere que la Covid lo crucifique, extienda los dos brazos: esa es la medida prudente y la distancia de seguridad que debemos practicar. Espacios ventilados, reuniones no mayores de 15 personas y prudencia en los sitios públicos (supermercados, iglesias) protegen la propagación del virus. Podemos orar desde cualquier sitio y esta meditación reduce 16 veces el riesgo de la presencialidad de la visita a los templos. Cuidando a los otros nuestras plegarias tienen mayor trascendencia y hacen la liturgia de la salud pública más efectiva.

Las medidas de higiene personal son antiquísimas, pero se nos había olvidado los resultados de las buenas costumbres. La eficacia de las pequeñas grandes cosas. El lavado de mano, destacado en el Manual de Carreño (Del aseo. Capitulo Dos, 1853) son normas de vida. Veinte segundos de lavado con jabón varias veces al día y especialmente en los “momentos de verdad” es la clave. Ríndale tributo al maestro Villamil y convierta esta medida en un habito de componer espumas. El jabón mata al coronavirus al destruir la capa externa que lo protege. Las manos limpias, eslogan ideal para la pandemia del covid y la pandemia de la corrupción que tienen confinado al país.

Como anillo al dedo llegó esta semana un artículo muy serio publicado por Hendrick Streck, Alemania, sobre la existencia y permanencia del virus en la superficie: ¡no son viables, no sobreviven! Mencionan además la poca probabilidad de infectarse en una peluquería, supermercado, tienda de ropa. Esta última información divulgada no hará que las costumbres sanitarias y los cuidados de superficie los modifique. La higiene personal y de tu entorno son las piezas claves que disminuye la propagación del Covid. Diferenciemos la actualización científica de la última moda y ésta no puede cambiar los protocolos. Analicemos la razonabilidad y eficacia de las conclusiones y para eso hay buscar la sistematización que ofrece la evidencia médica.

@Rembertoburgose

Publicado: noviembre 20 de 2020