Colombia embriaga. Su geografía exuberante, su belleza inefable, su elocuente diversidad y la riqueza inestimable de sus recursos, son un privilegio y un desafió para quienes tenemos el placer de vivir en ella.

Colombia es nuestra, pero debemos merecerla y para ello, debemos trabajar en favor de su educación, desarrollo y sostenibilidad, siendo claro, que para mantener una esperanza cierta de progreso no basta nuestro afecto y arraigo por el país, tampoco es suficiente, nuestra ilusión en sus posibilidades futuras, es necesario transformar nuestras debilidades en fortalezas, modificar muchas de nuestras costumbres y contribuir decididamente a afianzar nuestra perfectible democracia.

Desde hace más de dos siglos, los pensadores clásicos republicanos sentenciaron, que solamente habría progreso en aquellas naciones donde sus ciudadanos fueran virtuosos y libres, y sus gobernantes tuvieran capacidad para asegurar una convivencia pacífica y civilizada, así como determinación para privilegiar la educación y el trabajo, voluntad y autoridad para mantener el imperio del orden y la justicia, pulcritud para administrar una contribución fiscal razonable, y, sabiduría para prospectar y planear el futuro.

Para la aplicación de estos principios rectores, el tiempo no pasa, su necesidad es imperativa y su observancia obligante. También para construir el futuro, es requisito fortalecer el presente, y para lograrlo, es menester remover todo aquello que obstruye y amenaza la libertad, la justicia y la equidad.

Para soñar la Colombia que queremos, debemos escrutar con rigor su realidad presente, y al hacerlo, advertimos, que la virtud, lejos de reinar, como lo exigía Montesquieu, está amenazada por la infamia.

Como me hubiera gustado vivir en otra época y en una nación en la que se respetara el querer y la voluntad de la inmensa mayoría; donde la sinrazón no fuera la razón; y, en donde reinara la educación, la disciplina y la cordura. Pero aquí nací y aquí permaneceré, y no me resigno ni acostumbro a la indiferencia, a la indolencia, y menos, a la tolerancia y neutralidad cómplice frente al delito.

Perdón por soñar con una patria pacífica, educada y culta; con una democracia sólida con instituciones pulcras, respetadas y respetables; y, con una sociedad en la que reine el orden y la ley, y no la villanía, la envidia, el odio, el rencor y el resentimiento. También perdón, por soñar con una nación civilizada y avanzada, en la que su población rechace, repudie y condene el populismo, el comunismo y la criminalidad.

Pero esa patria soñada no es precisamente Colombia, y para lograr que algún día lo sea, no debemos dejar de educar y trabajar.

Es claro que la violencia que nos asola la ejerce una exigua minoría, conformada por narcoterroristas, agitadores profesionales y por dóciles jóvenes desorientados y desinformados que ven en el comunismo la solución a sus fracasos, frustraciones y problemas, y que ingénuamente creen, que la ofensa, el maltrato y el irrespeto junto a la protesta violenta, les allanará el camino que les espera, el que deberán transitar en medio de una sociedad cada día más exigente, selectiva y competitiva.

Al respecto Federico de Amberes dijo: “Muchos jóvenes quieren triunfar, y sueñan con logros, éxitos, reconocimiento y generosos ingresos, pero para alcanzar esas metas, tan solo hacen lo mínimo necesario no lo máximo posible. Le juegan a la suerte, a la providencia, a la trampa, a la influencia, al favor indebido, al atajo, al esguince, a la prebenda y a la componenda. Les aterra, el esfuerzo, la exigencia, la excelencia y la competencia. Pero si cultivaran la disciplina, no tendrían que apostarle a la suerte, ni ser esclavos de disociadores populistas, ilusionistas comunistas y seudo intelectuales regresivos, retardatarios y decadentes.”

Luego agregó: “Mientras que en los países en vía de desarrollo sigan naciendo niños sin posibilidades ciertas de salud, nutrición, educación y establecimiento, no cesará la pobreza y la violencia, y el populismo comunista lo aprovechará para sembrar ilusiones, esperanzas, anarquía y caos. La mayor debilidad humana es la falta de educación, y el mayor desvarío es la procreación irresponsable y el comunismo se nutre de ello“.

Es lamentable que muchos profesores de establecimientos de educación pública, en cambio de estar forjando y formando a las nuevas generaciones en ciencia, virtud y sabiduría, estén dedicados a promover el odio, la envidia, el rencor y el resentimiento, así como a provocar inestabilidad, anarquía y caos, Estos educadores deberían junto con su alumnos, marchar en protesta civilizada y pacífica contra las Farc, contra el narcotráfico, contra la impunidad de la JEP, contra la corrupción, contra las abusivas tasas de interés, contra los atropellos de los fondos privados de pensiones y cesantías, contra la pernicia del Congreso, y contra las espurias decisiones de la Corte Constitucional y la Corte Suprema de Justicia. Pero no, protestan y marchan con violencia contra la legalidad y la autoridad.

Ojalá que algún día, los colombianos liderados por Fecode y todo el magisterio oficial, marcháramos en reconocimiento y respaldo a nuestras Fuerzas Armadas y sus soldados que sacrifican y ofrendan sus vidas por defender la democracia, la libertad y el orden.

Colombia está en mora de reformar su sistema educativo. No es comprensible que para discrepar haya necesidad de ofender, maltratar e irrespetar, y, para protestar haya que necesidad de destruir y vandalizar.

La nación necesita mejor educación formativa y más educación informativa. No hay mayor fragilidad humana que la falta de educación. Prueba de ello, es ver como provocadores incendiarios y agitadores sediciosos, como los líderes de Fecode y las Farc, Petro, Cepeda y el pornógrafo Bolívar, subyugan turbas e incitan hordas vandálicas para destruir lo poco que tenemos. Es inconcebible ver a supuestos educadores alentando destrucción y a confesos villanos estimulando anarquía.

No más tolerancia con el narcotráfico. No más tolerancia con las fechorías de las Farc. No más tolerancia con la delincuencia. No más tolerancia con el vandalismo. No más tolerancia con la violencia y la barbarie promovida por minorías étnicas abusivas. No más tolerancia con los despropósitos de la JEP. No más tolerancia con las arbitrariedades y tropelías de las altas cortes. No, no más abusos, aberraciones ni desvaríos.

Presidente Duque, Colombia necesita con urgencia actos firmes de gobierno. Presidente Duque, Colombia necesita sentirse gobernada.

@RRJARABA

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*Rafael Rodríguez-Jaraba. Abogado Esp. Mg. Litigante. Consultor Jurídico. Asesor Corporativo. Conjuez. Árbitro en Derecho. Profesor Universitario. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.