Chile es la democracia liberal por antonomasia de América Latina. Sus indicadores económicos y sociales son lo más parecido a los de un país desarrollado, tipo Italia o España. Pero, después de décadas de libertad, prosperidad y paz política, Chile se ha sumido, de un momento a otro, en el caos.

En octubre pasado se desató la anarquía. Hubo (hay) incendios, destrucción de iglesias y edificios públicos, ataques a hoteles y actos de vandalismo contra el emblemático Metro de Santiago. 

El país con el mayor ingreso per cápita y el más alto salario mínimo del subcontinente, ve saquear supermercados como si sus habitantes estuvieran viviendo en la famélica Caracas.   

¿Qué causó aquel asombroso y angustiante cambio? ¿Cómo ocurrió que, en cuestión de semanas, el régimen más estable de América Latina esté a punto de ser derrocado? 

La respuesta está en la geopolítica y no en la sociología. El Grupo de Lima, liderado por el presidente Duque y su ex canciller Holmes Trujillo, desconoció la legitimidad del nuevo mandato presidencial que Nicolás Maduro intentó inaugurar en enero de 2019. Inmediatamente, Estados Unidos y la Unión Europea acompañaron al Grupo de Lima en el reconocimiento a Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, como Presidente interino de la República. 

Ese es el hecho que puso en la mira de Maduro y Diosdado Cabello, cabezas del régimen tiránico de Venezuela, a los presidentes de Chile, Sebastián Piñera y de Colombia, Iván Duque. 

Los medios de comunicación ‘progres’ vociferan que hay un “despertar democrático en Chile contra las instituciones de la dictadura de Pinochet”. No. Treinta años de democracia se han encargado de mantener bien enterradas aquellas instituciones. Tampoco es cierto que Chile esté sometido a la coyunda imperialista norteamericana, porque es uno de los países del mundo con más tratados de libre comercio y su autonomía financiera es absoluta. 

Chile vive una situación pre insurreccional y los actores dispuestos a tomar el poder son nativos. Pero las consignas y la financiación del movimiento llegan desde otras latitudes, particularmente desde Caracas y Madrid.  

La primera semana de diciembre de 2019, los comunistas venezolanos fueron anfitriones de sus colegas chilenos. Usaron como pantalla o tapadera un congreso de “medios de comunicación alternativos”. La reunión fue aprovechada para hacer balance de los dos meses de insurgencia y afinar sus planes futuros. 

Florencia Lagos, comunista chilena y exdiplomática en La Habana, en presencia de Diosdado Cabello, quien asentía complacido, le anunció al mundo que hay un plan para derrocar a Piñera e instaurar un régimen amigo de los venezolanos. Su declaración fue clara y directa: “Dicen que no estamos organizados o que esto es una manifestación espontánea. Eso no es verdad. Somos más de cien movimientos articulados en la Mesa de Unidad Social, que tiene dirigentes que el tirano Piñera no ha llamado a dialogar. Vamos a seguir los ejemplos constituyentes de los pueblos de Cuba y Venezuela (…) En la Mesa participan el Partido Comunista, el Partido Progresista, el Partido Regionalista Verde, los Humanistas, la Convergencia Social y el partido Común”.

La consigna de la reunión de Caracas fue clara: no dar tregua a Chile, no dejar respirar a ese país en navidad y año nuevo.  En otras palabras, hacer invivible a la República. Y así se hizo.

Entre el 20 y el 24 de enero, se hizo nuevo balance y planificación de la insurrección en Chile. Como es obvio, en el aquelarre marxista de Santiago no podían estar los jerarcas venezolanos Nicolás Maduro o Diosdado Cabello. La voz llegó desde España en cabeza de nadie menos que Juan Carlos Monedero, quien habló como líder de uno de los partidos de gobierno, Unidas Podemos, y dijo que llevaba un saludo del vicepresidente Pablo Iglesias y de la ministra de igualdad, Irene Montero.  

Monedero se presentó como el fundador (en primera persona singular) del partido de la coalición que gobierna a España. Su tono dejó claro que él es el jefe político del vicepresidente de España, Pablo Iglesias, y que su discurso comprometía al partido de gobierno y, por ende, al gobierno de España.

Monedero habló a los chilenos como una especie de Lenin del siglo XXI. Los convocó a incendiar a América Latina. “A la constitución de Pinochet le quedan días, dijo; el estallido social derrotará al neoliberalismo”.

Monedero, incitó a su público a continuar incendiando a Chile. “Cuando el pueblo quema el Metro, dijo, es como si quemara su propia casa, para dar a entender que quema las naves. Cuando el pueblo está en la calle los poderosos se asustan”. El comunista español aseguró que el vicepresidente Pablo Iglesias, la ministra Irene Montero y él, habían llorado de emoción, oyendo gritar a los chilenos, “el pueblo unido jamás será vencido”.

Monedero fue a Chile a animar la rebelión contra el gobierno democrático y las instituciones chilenas: “El 20% de los privilegiados que se roban el país, los quieren asustados, fragmentados, resignados. Ese pueblo quiere ir más allá, tomar la calle y ganar el plebiscito”.

Azuzó a los violentos: “el miedo tiene que cambiar de bando. Si los privilegiados no os dejan soñar, vosotros no los dejéis dormir. El paro es escuela de ciudadanía.  La desobediencia que está teniendo lugar en Chile, va a generar un proceso deliberativo. La antesala de una revolución siempre es una gran conversación. Chile era un país ordenado. Ahora no, porque la constituyente será un proceso destituyente (sic)”.

Primero fueron Maduro y Diosdado en el congreso de Caracas; en enero fue Monedero, jefe político del vicepresidente del gobierno de España; en marzo, en las elecciones de la constituyente, irán todos les líderes del Foro de Sao Paulo a celebrar la caída del “tirano Piñera” y la reinstauración de un “gobierno de unidad popular”, e decir, del socialismo del Siglo XXI.

@IrreverentesCol

Publicado: febrero 3 de 2020