El partido conservador, colectividad que tiene una importante fuerza electoral tendrá que decidir en los próximos días el nombre de su candidato para las elecciones presidenciales de 2022.

Uno de los aspirantes para quedarse con esa designación es el exministro de Hacienda Mauricio Cárdenas Santamaría quien, de ser ungido, sería el tercer candidato de Juan Manuel Santos, junto a Alejandro Gaviria y Sergio Fajardo.

La figura de Cárdenas ha estado vinculada a la corrupción. Como ministro de Transporte de Andrés Pastrana, estuvo a punto de ir a la cárcel por el escándalo de Dragacol y en el de Santos se constituyó como el estructurador de la operación de corrupción más grande de la historia reciente, echando mano del presupuesto nacional para repartirlo, a través de los denominados “cupos indicativos” -título pomposo que le pusieron a los nefandos auxilios parlamentarios- entre los congresistas amigos del régimen.

Eso que popularmente se conoce como la mermelada nació y se repartió indiscriminadamente desde la oficina de Cárdenas Santamaría en el ministerio de Hacienda y Crédito Público.

Los conservadores se harían un harakiri político si toman la decisión de designarlo. Difícilmente la militancia del partido fundado por José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez no se sentirían representados por alguien que entiende a la política como una operación de transacciones, donde las ideas y la doctrina no juegan papel alguno.

Desde hace años, el conservatismo se ha mantenido al margen de los debates presidencial, absteniéndose de presentar candidato propio, hecho que lesionó gravemente la vocación de poder de ese partido.

La última vez que los azules participaron con candidato propio fue en 2010, con Noemí Sanín quien fue aplastantemente derrotada en la primera vuelta, por Santos y Mockus, Vargas y Gustavo Petro, al obtener menos de 900 mil votos.

Ahora, se sabe que el otrora glorioso partido conservador volverá a la gesta por la presidencia, enviaría un pésimo mensaje entregándole su representación a una persona como Mauricio Cárdenas claramente no representa el ideario de la colectividad que durante 171 años se ha constituido en el baluarte de los principios morales de la nación y, como se lee en el programa fundacional redactado  en 1849 por Caro y Ospina: “El partido conservador reconoce el orden constitucional contra la dictadura, la legalidad contra las vías de hecho, la moral del cristianismo y sus doctrinas civilizadoras contra la inmoralidad y las doctrinas corruptoras del materialismo, la libertad racional contra la opresión y el despotismo, la igualdad legal contra el privilegio aristocrático, la tolerancia real y efectiva contra el exclusivismo y la persecución, la propiedad contra el robo y la usurpación, la seguridad y la civilización, en fin, contra la barbarie”.

El exministro de Santos no es un hombre de doctrina. Lo suyo son las componendas y los arreglos propios de la política menor que pudo financiar la francachela de la ‘Mermelada” subiéndoles de tajo el IVA a los colombianos del 16 al 19%.

En tiempos de turbulencia, cuando el populismo amenaza con acabar a la democracia, los partidos con tradición histórica y peso específico en la sociedad -como efectivamente es el conservador- tienen el deber de presentar propuestas y candidatos serios, capaces de atajar a los enemigos de la libertad democrática. ¿Cárdenas tiene ese perfil? La respuesta salta a los ojos de cualquiera. Además de su compromiso ineludible con la corrupción, está su antecedente al servicio del acuerdo ilegítimo entre Santos y la banda criminal de las Farc. Él, en su condición de ministro de Estado, coadyuvó al robo del plebiscito y a la confección del absurdo presupuesto que la nación destina para complacer a los antiguos jefes de esa banda terrorista. Nadie puede impedir que él sea candidato presidencial. La democracia lo permite, pero eso no significa que pueda hacerlo bajo la sombrilla de un partido que representa todo lo que Mauricio Cárdenas Santamaría no es.

@IrreverentesCol

Publicado: septiembre 15 de 2021