Con la aprobación de exequibilidad del proyecto de ley estatutaria que reglamenta el plebiscito especial para refrendar los acuerdos de La Habana, entre el Gobierno Nacional y las FARC, por parte de la Corte Constitucional, queda ratificado que estamos en un régimen presidencialista. La tal separación de poderes que tanto cacaraquean doctrinantes y profesores en las aulas de las facultades de ciencias sociales: no existe en Colombia. No lo digo por la decisión de la corte constitucional, fallo que estaba cantado en medios de comunicación, corillos políticos y en la opinión pública.

El poder que se concentra en la figura del presidente es absoluto. Nadie, medianamente involucrado en los temas del Estado, resiste una llamada presidencial. El poder legislativo llamado a ser contrapeso en materia política del ejecutivo, terminó siendo un apéndice del presidente de turno, tanto, que el congreso que nos regenta en sus diferentes vertientes políticas, esta fusionado en la “Unidad Nacional”, comité de aplausos del presidente Santos. Y qué decir del poder judicial: procurador, fiscal y magistrados pasan por la cernidera presidencial.

El plebiscito que convocará el presidente Santos en los próximos meses es incensario; la misma presidente de la Corte Constitucional, María Isabel Calle, en entrevista para la revista SEMANA, aclaró: “en el orden constitucional el presidente de la República no necesita autorización del Congreso ni de ninguna otra autoridad para adelantar una política de negociación con grupos armados al margen de la ley, como la que actualmente está desarrollando”. El único propósito del plebiscito es eminentemente político y electoral. El presidente Santos, su hermano Enrique, y sus asesores, saben a la perfección que la inventiva electoral del plebiscito para que los ciudadanos decidan entre la paz o la guerra, es un instrumento distractor, perverso, que profundiza la división entre la sociedad con el objetivo de obtener dividendos electorales.

Asegurar con fiereza, que el plebiscito es el acto más importante de nuestras vidas y, que quienes se oponen son aliados de la guerra y del terror, son las primarias de lo que serán las elecciones presidenciales del 2018, el verdadero objetivo del presidente Santos y sus aliados. Santos construyó una tarima electoral, la tarima de la paz, donde subió a la mayoría de los partidos políticos y de los precandidatos presidenciales, la pregunta es: ¿hasta cuándo soportara el sobrepeso la tarima?

El debate electoral del 2016, será la segunda parte del proceso de paz con las FARC.  Santos y los dueños del poder, saben que el partido de la U y el partido liberal, son ya hermanos siameses, uno por gestación, otro por adhesión, son hijos del presupuesto y la mermelada. Los partidos independientes como el partido verde, fracciones de la izquierda y partidos minoritarios -minoritarios en votación y representación, mas no en apetito burocrático y contractual-, están coligados al bloque parlamentario de la unidad nacional, al discurso de la paz, son beneficiarios de las boronas de la mesa del rico epulón; todos estos partidos están ya sometidos y comprometidos a la fórmula presidencial que acuerde Santos con el partido liberal y las FARC: “la paz los une”.

Qué viene, decidir con cabeza fría. El Centro Democrático, el partido que agrupa las tesis del presidente Uribe, no puede seguir tomando decisiones en caliente, con la calentura que emiten las redes sociales, se requiere más que “retiros espirituales”, para decidir qué acción política se toma frente al plebiscito y las elecciones del 2018; deben convocar, no excluir, escuchar las regiones, escuchar al uribismo, no al “zuluaguismo”, no hacerlo sería un error irreparable. No olviden que nada está acordado, hasta que todo esté acordado, el problema del tiempo es de ellos, no de ustedes.

Si la salud se lo permite, Germán Vargas Lleras, será un candidato con grandes posibilidades de triunfo; por ahora su silencio frente al proceso de La Habana, es un activo que le sirve a él, y le sirve a Santos. Con la guerrilla de las FARC se puede esperar cualquier cosa, así los pazólogos digan que no hay reversa en la firma del acuerdo. El pan se puede quemar en un segundo, eso lo sabe Santos, y si el pan se quema, el seguro electoral de Santos es Vargas Lleras. Si se firma el acuerdo, el candidato de cambio radical estará sometido a la danza de los puñales de quienes no le perdonan su silencio frente al proceso de La Habana, y de quienes pretenden imponer candidatos más asequibles como Humberto De La Calle, o Juan Carlos Pinzón. Y el dilema de siempre, el de todas las elecciones, el indescifrable y gaseoso partido conservador, como siempre, tomará determinaciones al final, cuando las encuestas estén al rojo, ellos esperaran la oferta, para como siempre, ser la fuerza que decide, que pobre papel, ellos seguirán siendo comensales del mandatario de turno, así sea “Timochenko”.

@laureanotirado