No me gusta llegar de baja nota al quirófano. El cirujano debe ser el líder que transmite positivismo al equipo. Saludé con afecto a mi paciente; una mujer alegre de provincia, con una patología de columna. Me notó “trasnochado”, por lo que me preguntó si había operado esa madrugada. “No, estuve en casa descansando”, le respondí. “¡Vaya descanso!”, pensé. Solo unas horas antes había muerto, más que un colega, un compañero mío. Juntos realizamos cirugías de columna durante varios años. La noticia me impactó, aunque sabía de su padecimiento: un cáncer hematológico, que a la final produjo su muerte pero que, con todo, no había podido liquidar la inquietud, la curiosidad para indagar sobre la relación causal de la enfermedad. De hecho, unos días antes de su fallecimiento, habíamos estado especulando sobre otro caso clínico complicado que los dos habíamos evaluado.

Mientras organizaba el protocolo quirúrgico –rutina de oficio por ya más de 30 años–, contemplé el equipo de Rayos X, una herramienta invaluable en este tipo de cirugía. Pero esta vez se me antojó diferente: su color, su tamaño, su peso… Entendí los riesgos ocupacionales para el cirujano de columna. Recordé lejano el concepto de las radiaciones ionizantes y cómo su energía puede dañar el ADN y provocar cáncer especialmente en la sangre. Las probabilidades son muy bajas y es dosis dependiente de la susceptibilidad individual. Y esa, solo el azar la determina. El sorteo celestial de la longevidad.

Más de 100 años con RX y cerca de 50 con CT Scan o tomografía computarizada. Gratitud infinita por estos medios que nos han permitido descubrir los enemigos ocultos dentro de nuestro organismo. Aun así, a veces minimizamos sus riesgos, por considerarlos remotos. (Se estima que el 2 por ciento de todos los cánceres serán por radiación).

De manera que somos ligeros al ordenarlos, y no calculamos su efecto acumulativo. La medicina defensiva y la garrocha médico-legal nos impulsan a ello, sin mayor respaldo clínico. Y como lo hacemos cotidianamente, lo percibimos manso. Pero este método diagnóstico es en realidad un miura al que hay que acercarse con todas las precauciones del caso.

Dejé de fijarme en la máquina y volví a la realidad. Anestesié mis emociones y sin contratiempos concluí la cirugía. La jornada de la consulta y los múltiples problemas de los pacientes diluyeron el día. Pasadas las 9 de la noche, mi asistente me informó que una mujer había solicitado la última cita, como una emergencia.

Ingresó acompañada de su esposo, quien la apoyaba de un brazo, y bajo el otro traía un cargamento de estudios. Típico de quien busca una segunda opinión. Me pareció que cojeaba. Cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo: “Doctor, su colega me iba a intervenir la próxima semana, pero esto que le sucedió… terrible. Nos vimos en la obligación de buscarlo a usted para que me opere”.

Pensamientos y recuerdos mil confundieron mi lucidez cansada. Mi compañero inerte, en la sala de velación, al mismo tiempo que a mi consultorio acudía una de sus pacientes buscando alternativas para vivir. Entendí su sufrimiento. Nuestra vocación: consolar y ayudar. Nuestro deber: erradicar el dolor. Lo que no logré comprender fueron las paradojas de la vida con sus bofetadas. A esas horas de la noche, robándole el tiempo a mi familia, se aparecía ante mí insistente la sentencia condenatoria según la cual “todos somos briznas que el viento lleva”.

@Rembertoburgose

Publicado: octubre 4 de 2019