Bogotá es tierra de muchos y de nadie. De muchos, porque son bastantes los colombianos y extranjeros que llegan a ella y la ven como la tierra de las oportunidades, ya sea de estudio, trabajo o progreso, y de nadie, porque la mayor parte de los foráneos no la quiere, no la siente y si tuvieran la oportunidad saldrían corriendo sin voltear a mirar.

La apariencia de la ciudad lo dice todo. Se asemeja mucho al cuento de la Cenicienta, porque recordemos que a esa mujer la tía y sus primas la utilizaban, hacia el oficio, vestía de harapos y era maltratada, pero al final era necesaria porque sin ella la casa se caería de mugre.

Bogotá es como esa Cenicienta. Es maltratada, muchos no la cuidan, arrojan las basuras por todos lados, rompen sus monumentos, llenan de grafitis sus muros, estatuas; se cuelan en los sistemas masivos de transporte, invaden cada rincón de su espacio público, se violan todas las normas de tránsito, de convivencia y de urbanismo. Sin embargo, muchos llegan y prosperan.

La necesitan pero no la quieren.

Este tratamiento que recibe la capital es injusto y queda revelado en las encuestas que se hacen, porque es simplemente el reflejo de una sociedad que mira más el comportamiento de su semejante que el propio y, además, no actúa para que las cosas mejoren.

Leía la última encuesta de percepción ciudadana del programa Bogotá Cómo Vamos y encuentro que el 46% de los preguntados dijo que ha contemplado la posibilidad de irse de la ciudad.

Dentro de los argumentos que esgrimen están el costo de vida, la inseguridad y la movilidad como principales causas.

La seguridad, como lo dijimos en nuestra columna anterior, es grave porque el 57% de los encuestados dijo sentirse inseguro, es decir que la percepción pasó del 54% en 2017 a la cifra antes mencionada, un aumento de 3 puntos.

Así mismo, en la misma encuesta hay inconformismo por la invasión del espacio público, los servicios y muchos temas más.

Esta es una realidad de a puño, pero también lo es que todo eso tendría una mejora si todos actuáramos unidos. Me explico, nos quejamos de la inseguridad, pero no somos solidarios, vemos que los delincuentes están haciendo de las suyas y no actuamos ni denunciamos; sabemos de los sitios donde expenden drogas y no denunciamos. Nos falta más acción, no se trata de ser superhéroes ni mucho menos, pero sí alertar, apoyar, denunciar. Si todos trabajamos unidos la delincuencia se intimida.

Nos quejamos de la movilidad, pero igual, no actuamos. Un altísimo porcentaje de conductores particulares y de servicio público no respetan las normas de tránsito, es la ley del más fuerte; nadie respeta las normas de convivencia en las estaciones de Transmilenio, impera la ley del que más empuje, se cuele, se baje o suba primero, no respeta turnos, no cede el asiento, pelea, grita y demás; las motos y bicicletas transitan por donde quieren, se atraviesan, golpean a quienes le reclamen, y los peatones no pasan por las cebras, incluso, cruzan las calles por debajo de los puentes peatonales.

Y así es todo, la basura cae en cualquier parte, se invade el espacio público con carros, ventas ambulantes, motos, llantas, lo que sea. 

Con todo esto, la solución de muchos es pensar en irse, pero creo que lo mejor sería que en vez de salir corriendo deberían tener un sentido de pertenencia con la ciudad y no tratarla como a Cenicienta, porque así de harapos, fea, sucia, Bogotá los acogió y les cambió la vida.

@kikecabralesCD

Publicado: noviembre 16 de 2018